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Mínima visita a Eichmann y la banalidad del mal

Mínima visita a Eichmann y la banalidad del mal

Mínima visita a Eichmann y la banalidad del mal

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Varios años tardó el servicio secreto de Israel en averiguar que Ricardo Klement, residenciado en Buenos Aires, Argentina, era realmente Adolf Eichmann. Había escapado del campo de detención, en las proximidades de Hamburgo. Trabajó como leñador y usaba el nombre de Otto Heninger. A través de Odessa, la organización clandestina de los nazis, en 1950 viajó a Italia. Un franciscano le consiguió un pasaporte de refugiado: en él tenía siete años menos de edad y se identificaba como soltero, católico y apátrida. En Argentina fue obrero en una lavandería, vendedor y empleado de una granja de conejos. En 1952 logró que su esposa y sus hijos viajaran a reunirse con él. Con el nombre de Klement se casó con su misma esposa. En el fondo, estaba harto de su anonimato. Alardeaba de su identidad ante gente de su confianza. En 1955 le había dado una entrevista a un periodista holandés, ex miembro de las SS, que había sido publicada en Der Stern.

El 11 de mayo de 1960, al final del día, apenas se había bajado del bus que lo devolvía a su casa, en operación fulminante, Eichmann fue atrapado e introducido en un vehículo, en el que fue trasladado al lugar donde permaneció recluido hasta que le condujeron a Israel, donde llegó el 22 de mayo. El juicio se llevó a cabo en Jerusalén, en 1961. Al año siguiente Arendt escribió el libro que sería publicado en 1963: narra la audiencia pública en la que tres magistrados enjuiciaron al teniente coronel de las SS, Adolf Eichmann, “aquel hombre de estatura media, delgado, de mediana edad, algo calvo, con dientes irregulares y corto de vista”.

 

Polémico ensayo

Sostiene Arendt que la acusación se centró en los sufrimientos causados al pueblo judío y no siempre en las actuaciones de Eichmann. El tribunal actuaba bajo el convencimiento de que sólo un tribunal judío podía hacer justicia al pueblo judío. Al contrario de lo que hubiese cabido esperar, la atrocidad de los relatos no atizó la posible dramatización sino que enfrió la escena. Todavía más: en la opinión de Arendt, narrar los hechos exclusivamente desde la perspectiva judía, deformó la realidad, incluso la realidad judía.

Aun cuando Arendt explica la disposición de las autoridades de la comunidad judía alemana, a establecer negociaciones con los nazis como resultado de la “imperecedera y omnipresente naturaleza de antisemitismo”, aquello no impidió la panoplia de ataques que recibió, lo que a la postre posiblemente contribuyeron a la proyección de su libro.

 

Eichmann y Alemania

Una consideración fundamental de Eichmann en Jerusalén: al pueblo alemán no le importaban los asesinatos masivos de judíos. El juicio, en su enfoque general, más que poner luz sobre la actuación detallada de Eichmann, ponía en el banquillo a la vasta red de cómplices en las instituciones y la sociedad alemana.

Arendt llama la atención sobre un hecho asombroso: que Eichmann se declaró “inocente, en el sentido en que se formula la acusación”, y a nadie se le ocurrió preguntarle en qué otro sentido se consideraba culpable. Su argumento: los cometidos fueron actos de Estado, que no podían ser juzgados fuera de su país, porque ningún otro Estado tenía jurisdicción para ello. Pero además añadía que no mató judíos de forma directa, sino que colaboró y toleró que eso ocurriera. Fue un obediente. Alguien que cumplió con celo y precisión las tareas que le habían sido encomendadas. Que además, confesaba que no guardaba animadversión alguna hacia los judíos y que tenía razones personales para no odiarles (tuvo una amante judía). No se arrepintió. Llegó a decir: “el arrepentimiento es cosa de niños”.

 

Un hombre pequeño

Eichmann, sujeto de enrevesamientos y explicaciones tortuosas, un mentiroso de fuste, un repetidor de frases hechas, un mediocre que, hasta su ingreso en el partido nazi y en las SS en 1932, no había logrado sobresalir en nada, se convirtió en especialista en asuntos judíos. Eichmann había leído a Theodor Herzl y comulgaba con la tesis sionista. De ella podría derivar una “solución política”, alternativa a la “solución física”. Dictó conferencias dentro de las SS y escribió folletos que defendían esta tesis. De hecho, participó en negociaciones en Hungría cuyo resultado fue que unos pocos miles de judíos salvaron sus vidas.

 

Lo esencial

No distinguía el bien del mal. Tenía una “incapacidad casi total para considerar cualquier cosa desde el punto de vista de su interlocutor”. Imposibilitado de pensar desde la perspectiva de otra persona que no fuese él mismo. Era impermeable a la realidad. Frente a todo, se remitía a sí mismo. El autoengaño, sugiere Arendt, era para él una suerte de requisito moral para vivir. Tenía un repertorio de clichés que expresaban la satisfacción que sentía por sí mismo.

“La asombrosa facilidad con que Eichmann, tanto en Argentina como en Israel, admitía sus crímenes se debía no tanto a su capacidad criminal para engañarse a sí mismo como al aura de mendacidad sistemática que constituyó la atmósfera general, y generalmente aceptada, del Tercer Reich”.Y esta es una comprensión invalorable que aporta el libro de Arendt: hace patente que en los regímenes totalitarios se instala una “atmósfera” de mendacidad como cultura compartida en el poder: mentir se convierte en el hábito común, en la señal de la identidad compartida.

 

La palabra del líder: la ley

En marzo de 1938 fue designado responsable de la “emigración forzosa”, de la expulsión de los judíos de Viena. Su actividad fue elogiada: en ocho meses logró que 45 mil judíos salieran de Austria. Se jactaba de ello. Sus éxitos le cambiaron la personalidad. Le ascendían. Adquirió la categoría de maestro de las deportaciones. A medida que el régimen incrementaba su locura antisemita, Eichmann fue haciéndose cada vez más importante, hasta 1943, cuando todas las instituciones se dedicaron a matar judíos y a competir unas con otras.

Eichmann reconoció que podía no haberlo hecho, pero aquella posibilidad le parecía ajena, imposible. Obedecer era su única posibilidad. Sabía y reconocía la criminalidad, por ejemplo, de los Einsatzgruppen, pero aun así siguió adelante. Su defensa sostenía que Eichmann era no más que una pequeña pieza del engranaje. Cumplía con su deber (de hecho citó a Kant en su defensa). “Las palabras del Führer tenían fuerza de ley”. Una orden era una Ley. Lo que para Eichmann era un trabajo para los judíos era la muerte.

 

La sociedad cómplice

Arendt formula esta cuestión: quién en el Tercer Reich, en el ahogo del modelo totalitario, podía advertir u oponerse al aplastamiento del otro. Se pregunta si Eichmann podía ser consciente de la enormidad de los actos en los que estaba comprometido, en un ambiente dominado por el objetivo de eliminar a un pueblo. Vivía en una cultura de debacle moral absoluta. De hecho, Eichmann estuvo en Wannseey cumplió las funciones de secretario. Y su testimonio revela que allí nadie se opuso a la Solución Final. Predominaba la indiferencia o la complicidad. Y ese colapso moral, en determinados momentos y lugares, también alcanzó a las víctimas, cuando aceptaron que había categorías de judíos que podían tener privilegios en comparación con otros judíos.

 

Más allá de lo humano

Una consideración crucial es esta: que aquellos actos habían sobrepasado de tal manera la condición de lo humano, que no podían ser juzgados por tribunal alguno. Y todo ello estaba asociado a una dificultad, casi una impotencia, de contar lo que había pasado: “Se vio cuán difícil era contar lo ocurrido, cuán difícil contarlo en términos que no fueran los términos transformadores del lenguaje poético, que para relatar aquellos acontecimientos se necesitaba una pureza del alma, una inocencia de corazón ignorada del propio sujeto, una rectitud mental que tan sólo los justos poseen”.

El mal había adquirido la característica que lo distingue: que no se presenta como una tentación. Lo que había ocurrido es que se había instaurado una conciencia que consistía en el deber de aniquilar, no a una persona, sino a un pueblo entero. No sólo se puso en debate qué puede o no un tribunal, es decir, la insuficiencia de los regímenes legales vigentes entonces, sino que no había normas suficientes para los hechos que se habían cometido: la modernidad había patentado, llevado a  unos niveles antes inimaginables, la realidad del crimen contra la humanidad.

 

 

 

FICHA DEL LIBRO

Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal

Hannah Arendt

Editorial Lumen

España, 2003