• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Minificción de los jueves: Victor Carreño

Víctor Carreño siente la extranjería como elemento determinante / Cortesía

Víctor Carreño | Cortesía

(Venezuela, 1968). Ensayista, traductor, narrador, novelista, profesor universitario. Ha publicado: “Poetas románticos ingleses” (2009), “La voz del resentimiento: lenguaje y violencia en Miguel de Unamuno” (2006) y la novela “Cuaderno de Manhattan” (2014). Estos textos pertenecen al libro inédito “El ángel fugitivo”

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El jefe de la tribu

La vida de la tribu estaba en peligro. Traidores e invasores, intrigas y corrupción la amenazaban. El jefe, recién ungido, prometió salvar a sus gentes del caos. El mensaje no era nuevo, pero él pretendía cumplirlo a cualquier precio. Empezó por invocar a los grandes tótems de la tradición, cuyas citas le prepararon sus escribanos, para ahorrarle las horas de estudiarlos. Los tiempos prometían ser duros y exigentes, y la comunidad tal vez se acercara a la ruina.

Muchos partieron al destierro.

Él siempre recordaría que en el pasado era peor, y que él fue el elegido para evitar la catástrofe inminente de los indolentes y desleales para con la patria. Los seguidores volvían a asentir callados, y los que no, supieron conocer la disciplina. No importaba si los excesos sobrepasaban las expectativas de algunos fieles. Con las bocas abiertas, ni las moscas tuvieron tiempo para azuzarlos, cuando se vieron enterrados en el cementerio de las víctimas ilustres.

El método fue impecable, aunque el territorio de la tribu hubiera quedado desolado. ¡Fue purificado! El reino todavía duró unos años más o menos, y los monumentos lo recordaron. Cuando el jefe por fin se convirtió en momia, y sus guardianes en polvo, la gente pasó frente a sus estatuas y ni siquiera recordó quién era el personaje.

Pero sus poetas tenían todavía unas memorias por concluir. Fueron actas finales de una pesadilla de la que un día se despertó. Manual para los que sobrevivieron a esos tiempos ruinosos, y para quienes se convertirían en futuros salvadores de la tribu.

La muerte de tío Tigre y tío Conejo

Tío conejo siempre engañaba a tío tigre con sus astucias de mosca muerta. Se disfrazaba entre los matorrales y tentaba con sus movimientos el hambre del felino. Y terminaba pisándole las narices a tío tigre, quien se daba cuenta mal o tarde. Y todo acababa en burlas y risas. Pero un día acechó a su rival descansando y notó por primera vez que no podía atraer su atención. Ensayó nuevos disfraces, apariencias y tentaciones, pero la fiera permanecía inmutable. De tanto fingir, intentó descubrirse y acercársele a los colmillos. Y de tanto esperar, murió de creer que debía tener miedo y era intolerable no tenerlo. No se dio cuenta, el muy astuto, de que tío tigre no hacía trucos. Simplemente había muerto.

La casa y la llave

Un hombre solo vivía en una casa sola. La casa no tenía patio, cocina, sala, ventanas. En verdad, tenía solo un cuarto y una cama (además) para dormir. Era una casa normal, si ignoramos que solo podía abrirse desde dentro. Todo iba muy bien, hasta que un día la llave se perdió. Si solo puede abrirse desde dentro, ¿cómo pudo perderse la llave en la casa? Algunos pensaron que el hombre estaba mal de la vista o de la mente, por eso no podía encontrarla. Otros creyeron que la causa había que buscarla afuera: alguien o algo externo le impedía encontrar la llave. Otros dijeron: no hay causa, la llave simplemente se perdió. Por último hay quienes opinaron: ¿no será mejor que se quede en casa?

Después de tantas interpretaciones, ¿de qué cosas no sería capaz si algún día llegara a encontrar la llave? 

La bruja

La llamábamos la bruja. No se elevaba de repente sobre la tierra, no hacía ningún prodigio, pero cuando se presentaba a nuestras oficinas, todos desaparecían. Ella era una persona normal, excepto por su silencio. Nosotros tampoco hablábamos mucho, pero era por otras razones. No era la de aquella mujer entrada en años, de la que huían todos, sin conjuros ni mutaciones.

Hasta que llegó el día en que la ciudad tembló. La gente repitió las mil y una frases comunes sobre el peligro latente. La bruja no dijo nada. Salió del trabajo temprano, contra todas las voces que aconsejaban no salir a la calle.

La vimos atravesar lentamente los pasillos del edificio, sorprendidos. Cansados de oír los mismos discursos, decidimos abandonar también nuestras oficinas y seguir a distancia el paso de la mujer. No sabíamos adonde nos llevaba y ya la noche estaba encima de nosotros. En un instante se perdió de nuestra vista, y descubrimos un miedo antiguo, abrazados en la noche, sin saber qué hacer.

Allí, en silencio, comprobamos una vez más nuestra respetuosa incredulidad hacia las brujas.

El ángel fugitivo

Al principio de la creación, hubo unas  discusiones entre los ángeles de Dios y Lucifer, por el destino del hombre en la tierra. Como el pleito no se resolvió, cada uno partió por su lado con su Señor, proclamando sus ideales y banderas. En esta confusión, hubo un ángel que andaba despistado (y al parecer siempre fue así), y no supo diferenciar entre los dos bandos. Como no se había inventado el limbo todavía, fue expulsado del cielo y del infierno por igual. Era inmortal, sin embargo, y buscó refugio en la tierra. Vio las guerras y desastres del tiempo, y fiel a su naturaleza, huyó de los grandes acontecimientos, arrimándose al lado de los que nunca figuraron. La envidia luego (pecado que ni a los inmortales falta) surgió en el cielo y el infierno. Y concibieron un plan para él. Desde entonces, existe la estirpe de los que siempre dudan, y nunca tendrán paz consigo mismos.