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Papel literario

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Minificción de los jueves: Umberto Senegal

Umberto Senegal / Foto Nataly García Montoya

Umberto Senegal / Foto Nataly García Montoya

(Colombia, 1951). Poeta, cuentista, ensayista, educador, editor y fotógrafo. En minificción ha publicado: “Cuentos atómicos” (2006),  “Relación del cuento atómico”  (Antología, 2006), “Visitantes” (2009), “Quién patea un perro muerto” (2010), “La uva de los filósofos” (2010), “Alucinamientos” (2013) y “Microrrelatos para cronopios” (2013). Estos textos pertenecen a su libro inédito “Mientras Borges duerme”

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Anatomía

Está bien, señor, no es necesario discutir más. Dios y el diablo sí existen. Sus argumentos son más concluyentes que la prueba matemática de la existencia de Dios, formulada por Gödel. Pero entonces… ¿qué me dice usted de mi nariz y mis orejas? Tóquelas, obsérvelas. ¿Existen o son irreales? Tampoco existen y esto sí no puede usted negármelo.

Ese síndrome estremecedor

Aquel muerto tenía el síndrome de Cotard, pero al revés. Creía estar vivo. Que lo acariciaban. Que podía comer frutas y oler su perfumado aroma. “Estoy vivo”, insistía, mientras los demás muertos se burlaban de  la extraña enfermedad de su compañero.

Catorce

Catorce ancianos de sexo incierto siguen sentados junto a la entrada de la catedral de Notre Dame. Con sus brazos levantados, señalan en la misma dirección. No hablan. A nadie miran. Apuntan en esa dirección y nada más. La gente que pasa cerca, no tiene interés en observar hacia el sitio señalado. Un mimo llega y los observa. Creemos que es Marcel Marceau. No estamos seguros. Se desplaza entre ellos manoteando, a su vez, hacia uno de los rosetones. Uno tras otro, los ancianos de sexo incierto voltean a mirar.

Mártires

Unos, entredormidos; los otros, extenuados por el trabajo e impasibles a cuanto sucedía fuera del bus o pudiera ocurrir dentro de este. Solo importaba llegar a sus cubículos y nada más. El de hoy, había sido otro día gris. Mañana sería un día más, como millares de días anémicos  en la ciudad. Poca gente viajaba en el vehículo rematando su recorrido a esa hora de la noche. La abstraída mujer, solitaria en una de las sillas traseras, fue incapaz de reaccionar cuando el hombre que de imprevisto se sentó a su lado le hizo sentir la punta del cuchillo en su costado derecho. No voy a robarte ni te haré daño, anticipó como si fuese alguien conocido susurrándole tan cerca. Escúchame sonriendo. Lo miró espontánea a sus ojos: no tenía aspecto de ladrón. Sobresalía un pequeño lunar en su mejilla. El fuerte olor a madera húmeda le despertó confianza. Las uñas de la mano que apretaba el cuchillo lucían como si hubieran acabado de hacerle la manicura. Solo quiero que me masturbes y nada más, ordenó el hombre seguro de sí mismo al contemplarla sumisa. La chaqueta de jean que traía en el brazo, la extendió sobre sus piernas, presionando otro poco el cuchillo para persuadirla. No fue necesario insistir. Con destreza, la mano izquierda de la mujer deslizó el cierre de la cremallera y se introdujo, hurgando por entre sus pantaloncillos, hasta encontrar el húmedo y erecto pene del hombre. Lo extrajo. Sin disimular su satisfacción, empezó a masturbarlo con brutal pericia, rogando para sus adentros que el viaje se retardara y el hombre no eyaculara tan rápido, como los demás.

Visita

Mamá, hoy no podrás ir a mi sueño.

¿Por qué, hijito?

Porque vine al tuyo y pienso quedarme.

Entonces despiértame, para yo poder despertarte.

Lead

Para el preámbulo de su conferencia sobre el microrrelato, el docto investigador,  especialista en teoría del cuento hiperbreve, seleccionó una categórica cita que desde el comienzo de su intervención impresionara a la concurrencia. Tenía mucho para enseñar sobre el género. Tan enfocada cita de un teórico  a quien admiraba por ser europeo, incitaría la imaginación de los asistentes. Encontró entre sus apuntes otras citas igual de impactantes, imposible de eludirlas. Las puso en el comienzo de su conferencia. Cada cita mejoraba la anterior. Acotaciones ajenas y epígrafes relacionados con el tema darían solidez a su exposición. El alto nivel intelectual de los espectadores así lo exigía. Sus papeles siguieron pariendo citas, cada una más trascendental que la anterior. Eruditas, analógicas y deductivas. Doctorales casi todas, eran significativas para revestirse de autoridad ante quienes lo escucharían. El lead de su texto se dilató. Aumentaron las líneas, párrafos y hojas plagándose de citas introductorias cuya proporcionada exposición daría mayor validez a la conferencia. Cuando finalizó su introducción, toda la gente comenzó a retirarse, sin darle tiempo para iniciar la exposición de sus particulares planteamientos.