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Minificción de los jueves: Silvina Vital

Silvina Vital / foto hacedoresdepalabras.blogspot.com

Silvina Vital / foto hacedoresdepalabras.blogspot.com

(Argentina, 1972). Cuentista y minicuentista. Además es traductora del inglés.  Los siguientes textos son inéditos

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Buenos deseos

Cuentan que en un siglo lejano, antes de Cristo, un niño moreno inventó un sistema monetario inviolable y que gracias a él su pueblo logró impensados avances en casi todas las áreas. El sistema consistía en intercambiar mercaderías tangibles por buenos deseos. Así, si un hombre requería de un buey y de un carro para su trabajo, accedía a ellos intercambiando tres deseos por el buey más un deseo por el carro. Y así obraban todos los hombres, intercambiando objetos por buenos deseos, sucesivamente y en armonía. Consta en registros tallados en piedra que la práctica duró varios cientos de siglos y que no hubo nunca necesidad de jueces ni condenas porque nunca hubo disputas. Los últimos ancianos de la tribu morena contaron antes de morir que el sistema y la armonía toda colapsaron un día cuando llegaron unos hombres altos de tez trigueña que pretendieron poseer los bueyes y los carros a cambio de unas cuantas canicas de colores brillantes.

 

Molinos de aire

Sin decir una palabra me puse otra vez de pie; el horizonte se veía ya barrido de nubes y de todo misterio así que no había excusa para no acercarme a él. Mi silueta en movimiento iba cayendo al suelo pesadamente con los pasos y se oscurecían fugazmente los pastos. Mi lanza apenas hacía sombra. Pensaba en el viento venido de los molinos y me temblaban las ropas. El horizonte cobarde se alejaba con mi marcha pero los molinos valientes –los molinos valientes redoblaban la apuesta y soplaban con más fuerza. Atrás quedaba mi caballo, mi armadura y mis aliados; caminaba yo como un Quijote confundido ahora pero dispuesto a darle batalla al viento. Con las ropas en retirada y los cabellos tirantes hacia atrás me paré más o menos de cara al primer molino, con mi lanza erguida a mi derecha. Cerré los ojos y me aferré a mi lanza. La hondonada de aire fresco entrando en mis pulmones hizo el resto. 

 

Pecados

Inusual mañana fría de septiembre y ni un pez para el pescador y su hijo. Dos cañas, de pescador y de hijo. Se tensa la cuerda precaria de la caña improvisada del hijo, amarrada de un lado del bote. El niño enrolla apresuradamente la cuerda y quita velozmente el pez del anzuelo. Rebana un costado apenas del pez y devuelve el pez al mar, aún vivo. El cuerpo mutilado del pez desaparece en las aguas azules, y el niño engancha el trozo de carne de pez al anzuelo de su caña precaria –anzuelo y carnada otra vez valientes al agua.

 

Entelequia

“Entelequia” es un término filosófico griego que puede ser traducido como “tener el fin en sí mismo”. Fuera del ámbito filosófico, el término se usa en castellano con el sentido de “cosa irreal”. Yo, sin dudarlo, he decidido creer en la filosofía y en los griegos. Para los griegos, el árbol es entelequia de la semilla –el objeto hacia el que la semilla tiende sin influencias externas con el fin de realizar todas sus potencialidades. Así, podría yo explicar que un poema exquisito es entelequia de mis palabras inconexas y defectuosas; que un universo de caricias cálidas y extremas es entelequia de mis manos tiesas y frías; que un rapto de apasionada locura es entelequia de mi sonrisa tímida; y que una infinitud de paraíso puede ser entelequia de la mirada oculta tras mis opacos ojos de barro.

 

La boda

Nasreen cumplió trece años justo antes de la boda; las familias concretaron el acuerdo unas pocas semanas antes. Una vez desposada, Nasreen se trasladaría del otro lado del país para iniciar una próspera y fecunda vida de familia. Su madre cumplió a tiempo con sus deberes de adoctrinamiento previos al matrimonio, y Nasreen aprendió. La familia del novio entregó algunas joyas y una docena de cabras, y prometió una letrina propia para Nasreen. Las mujeres en la casa de la mujer-niña bordaron el vestido rojo para la boda, y dispusieron las mejores piedras y abalorios. Las manos de la novia ya estaban tatuadas así que poco quedaba ya para la ceremonia.

Nasreen llegó al recinto escoltada según la tradición popular; el novio esperaba a su prometida sentado en una especie de tronco. Siguiendo sus estrictos deberes de novia obediente, no se mostró la niña ni demasiado alegre ni demasiado triste. Sin embargo, en un instante de descuido Nasreen se puso de pie desafiando la docilidad pretendida. Se acercó al novio y le habló en voz alta, directo a los ojos. “17 + 5”, preguntó Nasreen. La música cesó de repente y el aire se detuvo. “17 + 5”, repitió. El novio titubeante respondió: “18”. 

Nasreen observó al novio con ira; luego recogió su vestido y sus velos, miró las gentes alrededor y giró en dirección a la puerta. “No habrá boda”, enunció Nasreen. Y caminando altiva, aún groseramente ataviada, cruzó el portal de entrada y desapareció para siempre entre las sombras de la noche.