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Minificción de los jueves: Sergio F.S. Sixtos

Ilustración de “Día de Pesca” por Sergio Sixtos / Tomada de Cuentos Hispanoamericanos de Ciencia Ficción

Ilustración de “Día de Pesca” por Sergio Sixtos / Tomada de Cuentos Hispanoamericanos de Ciencia Ficción

Ciudad de México, México, 1974. Ingeniero metalúrgico y minificcionista. Es especialista en Ciencia Ficción  

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Desayuno con mermelada

La hora del desayuno, mi hermana sintoniza el noticiero en la televisión, el comentarista narra con solemnidad: "Se cayó la torre de Pisa"; seguido por una breve semblanza histórica del monumento y a otra cosa mariposa.

–Una lástima, tan bonita torre –dijo mi mamá sin dejar de untar mermelada al pan.

Papá dio un largo sorbo al café e impasible siguió leyendo el diario.

Mi hermana simuló ser una torre que caía con sonidos de onomatopeyas incluidos.

Miré la imagen de los escombros de la torre y sin saber por qué comencé a llorar.

 

Eco diferencial

En 1833 Charles Babbage presentó su máquina diferencial a la Royal Astronomical Society. Uno de los miembros de la institución era  sir William Sterling quien durante la hora del té comentó a su familia la presentación del portentoso ingenio mecánico, entre muestras de admiración de los presentes, describió el aparato de dimensiones similares a un carruaje sembrado de engranes de acero y hierro colado. El hijo menor de sir William, interrumpió a su padre en la descripción del artificio para señalar que él junto a sus compañeros del instituto habían descubierto una cueva con características similares al artilugio que describía, es decir, uno gritaba una operación matemática y la cueva devolvía el resultado en forma de eco. Madame Sterling esa noche envió al pequeño Peter a la cama sin cenar.

Al día siguiente Peter junto con dos de sus compañeros emprendieron una excursión a la cueva, en la entrada gritaron una multiplicación de fracciones y el eco devolvió la respuesta correcta, con un par de lámparas de queroseno se internaron en la caverna.

Una semana después Peter Sterling regresó a casa, no se volvió a saber nada de sus amigos, Peter se encontraba en estado catatónico y solo era capaz de decir: el hombre pálido se los comió a todos, está detrás de nosotros. Con gran pesar de la familia, Peter Sterling fue internado en una clínica psiquiátrica, donde lo trataron por años con choques eléctricos. Todos los días primero de cada mes una devastada madame Sterling visitaba a su hijo, lo escuchaba murmurar durante horas sobre comida, sangre y un hombre pálido que se encontraba oculto en algún lugar detrás de ellos.

 

La era de las maravillas

En un pueblo de Baviera, Albert Spiegel llegó como aprendiz del afamado maestro relojero y orfebre Franz Mayer. Albert, joven ambicioso de origen humilde, aprendió las habilidades del viejo maestro. En cinco años Albert dominó los misterios de la metalurgia, sabía los intrincados secretos de los mecanismos perpetuos, combinó materiales inverosímiles creando amalgamas perfectas. Por un escándalo local abandonó Baviera. Recorrió Europa del Este y Asia Menor bebiendo el conocimiento de otras fuentes, de otras manos. La fama de inventor consumado, de artista genial le procedió en las cortes europeas. Catalina la Grande, le encomendó al Maestro la construcción de un reloj de colosales dimensiones, tan alto como el Palacio de Invierno. El reloj funcionó con una precisión matemática tan exquisita, que solo se retrasaría una vez cada mil años. Fabricó para Luis XVI un autómata de apariencia humanoide, de mecanismo sigiloso, capaz de conversar con una clarividencia bíblica y tomar decisiones de vida o muerte. La corona británica encargó la creación de un ejército de insectos mecánicos tan diminutos como el polvo, laboriosos como hormigas y mortales como avispas. Políticos ambiciosos y generales sin escrúpulos se encargaron del resto. La plaga del polvo mecánico se extendió por el mundo, todo ser viviente sucumbió a su paso. La era de las maravillas mecanizadas había llegado.

 

Palabráfago

Era un animal literario y se alimentaba de palabras; acechaba entre matorrales y en el momento propicio saltaba sobre la víctima, destrozándola. Era un palabráfago consumado, el mejor de su tipo. Las palabras pequeñas, en un principio lo saciaban, pero a medida que crecía, el hambre también lo hacía. Buscaba frases completas, con adverbios y adjetivos incluidos; se lanzaba a la carrera y en menos de un suspiro, daba alcance a la frase y la deshacía a dentelladas.

El animal literario creció y pronto las frases, dejaron de ser las presas favoritas. Comenzó a observar los cuentos y cuando probó el primero, no pudo parar, ya no hacía distinción entre la longitud del cuento, ni el género al que pertenecía; mas su presa favorita fue siempre el cuento de fantasía. Una tarde, escuchó un sonido monumental, se acercó con cautela y ante él, se encontró con la novela. Era una bestia gigantesca, de más de mil páginas, la siguió durante días, esperando el momento adecuado para atacar: obtuvo miles de palabras por semanas y algunas heridas. Cazaba, dormía y se restablecía  de las magulladuras (era su rutina). Un día, el animal literario se adentró por un sendero oscuro, siguiendo una cadencia musical que nunca antes había escuchado, eran palabras que rotaban y se transfiguraban, y el animal literario cayó cautivo de la poesía.