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Minificción de los jueves: Santiago Eximeno

Santiago Eximeno / Foto walpurgis--nacht.blogspot.com

Santiago Eximeno / Foto walpurgis--nacht.blogspot.com

(España, 1973). Narrador y poeta. Se especializa terror, steam punk, ciencia ficción y lo fantástico. Es muy prolífico y ha publicado siete novelas, seis libros de relatos y poesía. En minificción, sus libros son: “Bilis” (2009), “Capriccio” (2010), “¿Quién es el Cruciforme?” (2010), “Gas Mask” (2012), “Un escarabajo de siete patas rotas” (2013) y “Refranero zombi” (2013). Además, compiló las antologías “Efímeros” (2006) y “Grand Guignol” (2014)

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En mi piscina

En mi piscina habita el fantasma de un niño ahogado. Se acurruca en un rincón y con mirada triste me suplica que la llene.

Te quiero

Como todas las mañanas, mamá me prepara el desayuno. Sonríe mientras me sirve la leche. Papá me pasa la mano por el pelo, bromea. Me hace cosquillas y se burla de mi hermana pequeña, que lucha en su trona por tomar otra cucharada de su papilla. Termino el desayuno. Mamá me abraza y me besa. Papá también. Me revuelve el pelo. Antes de salir por la puerta, mamá me coloca la mochila a la espalda. En su interior están los explosivos.

Dormido

La mujer avanzaba entre la multitud, sosteniendo al niño entre sus brazos. Nadie prestaba atención, nadie le miraba. Hora punta, salida del trabajo, vuelta a casa; todos se refugiaban en sus propias preocupaciones. Al pasar a mi lado vi que la mujer lloraba.

Fue entonces cuando pensé que el niño no estaba dormido. 

De cartón

Tengo un papá de cartón. Sí, ni habla ni me abraza ni me dice buenas noches, pero es mejor que el tuyo. No me grita. No me pega. No me odia.

Vivo en tu armario

Vivo en tu armario, oculto entre tus ropas. Por el día duermo, una de mis cabezas apoyada sobre tus zapatillas viejas, el cuerpo colgando de una percha de plástico. Por la noche me despierto y te espío por la rendija que tu madre deja abierta. Sé que sabes que vivo aquí, sé que se lo has dicho muchas veces a tus padres.

Solo por eso te odio.

Por descubrirme.

Me gustaría salir y despedazarte con mis dientes, hacerte pagar lo que me debes por delatarme.

Pero no lo hago. Me escondo entre tus ropas y espero, como he hecho siempre, soportando mi miedo en silencio.

Porque yo no acecho; yo me oculto.

Me oculto del monstruo que vive debajo de tu cama.

Ella trabaja en una guardería

Ella trabaja en una guardería, él es gerente en una gran empresa. Han discutido por la niña, como siempre. Asia –así se llama su hija, el deseo confeso de su madre– está en una edad difícil: hace unos meses cumplió los dos años y, como dice su abuela, todos los días son fiesta. Rabietas y llantos continuos que doblegan una y otra vez a sus padres, que desmoronan los castillos de paciencia que con tanto cariño erigen, que les llevan hasta la temible frontera del odio. A veces, como hoy, ambos sienten la necesidad física de hacer daño. Ambos sienten odio.

Él siente deseos de romper cosas, de golpear en el rostro a su hija, de humillar a su mujer. Siente, en una palabra, odio. Pero lo controla, lo retiene y cuando llega a la oficina, canaliza todo ese odio sobre sus empleados: humillándolos, vejándolos, despreciándolos.

Ella ha aprendido a hacer lo mismo.

Él es gerente en una gran empresa.

Ella trabaja en una guardería.

Alivio

–Se me resbaló –ha dicho ella.

Y el bebé está en el suelo de la cocina, inmóvil.

El bebé.

Ella.

No quieres recordar sus nombres. No te atreves.

–Lo siento –ha dicho ella.

No te ha mirado, no te mira. No quieres que lo haga. Piensas en la pregunta que te haces todos los días. Cómo vas a poder mantenerlos sin traer un sueldo a casa. Sin un trabajo fijo. Sin confianza, sin amor propio, sin nada.

–¿Qué vamos a hacer ahora? –dice ella.

No lo sabes.

Cualquier cosa.

Cualquier cosa menos sentir alivio.

De amores olvidados 

–Estoy esperando a mi mujer –dice el anciano. Vendrá en el próximo tren.

Yo me siento a su lado, sonrío. El metro llega y se marcha, llega y se marcha, llega y se marcha.

El anciano sonríe.

Imagino que no tardará mucho en venir un familiar a recogerle.

Tiempos revueltos

Mario abraza a la joven. Ella llora, él le entrega su pañuelo. Mario sube al tren. Ella se seca las lágrimas, intenta sonreír. Los últimos cuatro días han sido maravillosos. Enamorarte de un soldado durante la guerra solo te traerá tristeza, recuerda que le decía su madre. Cuando el tren abandona la estación ella continúa en el andén, agitando su pañuelo.

A Mario le quedan treinta días de permiso. En el vagón cuenta los pañuelos que guarda, suficientes para la media docena de estaciones en las que el tren se detendrá antes de llegar al frente.

La madre de la animadora

¿Sí, señora? No llore, por favor, no la entiendo ¿Cómo? Sí, sí, la hemos encontrado. Sí, en el bosque. ¿Perdón? ¿Quiere saber cómo está su hija? Deme una M. Deme una U. Deme una E. Deme una R. Deme una T. Deme una A.

Alicia

Este es mi regalo, abuelo. Ábrelo. Deja que te ayude si no puedes. ¿A que es bonito? Un pequeño cuaderno de princesas con cien hojas de colores. Mira, puedes arrancarlas, así. ¿Lo ves? En cada hoja he escrito una palabra. Cama, mesa, silla, armario, lámpara, espejo, baño. Todo lo que tienes aquí, en tu cuarto, en la residencia. Mira, las hojas son adhesivas. Ahora te ayudaré a pegarlas todas. Todas menos una, la que he prendido a mi vestido nuevo. Mira, he escrito en ella Alicia. Así no tendrás que improvisar más excusas cuando no logres recordar mi nombre.

Justificado

Tu madre murió cuando eras pequeño. Eso me dijo mi padre la primera vez. Ni una sola palabra más. Con los años, con la bebida, fue aportando detalles, concretando fechas, hasta que una noche ebria me susurró entre lágrimas que mi madre había muerto como consecuencia de mi venida al mundo. Al nacer la maté. Siempre me he sentido culpable por ello. No he tenido valor para suicidarme, para aceptar el ojo por ojo y el diente por diente. Al menos he tratado de afrontarlo, de conducir mi vida por el camino más justo, de hacer las cosas del modo correcto. Aunque no lo he logrado, he tratado de perdonarme. Y dicho esto, como bien sabéis, tenemos que proceder antes de la semana veintidós, así lo marca la ley. ¿Estáis seguros de querer interrumpir este embarazo?

Bajo un árbol

Cae una nuez. La niña mira hacia arriba, hacia las ramas del árbol, pero no ve a la pequeña ardilla. En el bosque ya ha anochecido y la niña tiene los ojos hinchados de tanto llorar.

Todavía cree que su padre volverá a buscarla.