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Minificción de los jueves: Rogelio Guedea

El autor de las novelas “La mala jugada”, “El crimen de los Tepames” y “Vidas secretas”, publica en “Papel Literario” algunos de sus microrelatos | Cortesía

El autor de las novelas “La mala jugada”, “El crimen de los Tepames” y “Vidas secretas”, publica en “Papel Literario” algunos de sus microrrelatos | Cortesía

Rogelio Guedea (México, 1974) poeta, narrador, ensayista y profesor universitario en Nueva Zelanda, no sólo es un muy prolífico autor, sino también uno de los mejores escritores mexicanos de la actualidad. Ha publicado catorce libros de poesía, cinco de ensayos, uno de crónica, una traducción, cinco novelas, compilado cuatro antologías, y es columnista en diarios mexicanos y tuitero. Además, tiene ocho muy buenos libros de minificción, desde “Al vuelo” (2003) hasta “Viajes en casa” (2013). Estos textos inéditos pertenecen al libro “Ética para peatones”, de próxima aparición en la editorial española Almuzara

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Perseverancia

Es cuando uno se baña que se da cuenta que todos los objetivos que uno quiere alcanzar deben hacerse poco a poco. Nada se hace de la noche a la mañana: ni un árbol, ni un pájaro, ni una mesa. No se sube una alta colina de dos zancadas, ni un arte se aprende en tres días. Nada (ni siquiera los malos hábitos) se crean en un parpadeo. Lo confirmé mientras me bañaba la otra mañana. Siempre acostumbro bañarme sólo con agua fría al final de la ducha, porque dicen que templa los nervios y los domestica, pero lo que hago es poner la llave en el máximo de agua fría y meterme debajo de la regadera. Obviamente aquello resulta insoportable, no hay quien lo aguante, así que termino dando un salto hacia atrás, aterrado de que me caiga una gota más en cualquier parte del cuerpo. Es agua helada, que baja de las montañas llenas de nieve, insufrible, sobre todo en invierno. Sin embargo, la mañana que refiero decidí hacerlo gradualmente, poco a poco. Abrí ligeramente la llave de agua fría y me puse debajo, la sentí fría pero soportable. Cuando sentí que el agua fría ya no me parecía tan fría, pues mi cuerpo se había acostumbrado a tal temperatura, abrí ligeramente más la llave. El agua fue más fría, pero seguía soportable, pues a mi cuerpo le fue más fácil alcanzar tal temperatura. Repetí la misma operación hasta que tuve toda la llave de agua fría abierta, y mi humanidad, completa, debajo de ella, dejando que empapara mi cabeza, mis hombros, mi espalda, mis entrepiernas, mis pies. La sentía fría, pero nunca como otras veces en que la abría toda y me metía de súbito, saltando como un chapulín hacia atrás. Estuve debajo de la regadera algunos minutos y entonces pensé en lo importante que es hacer las cosas gradualmente y sin desesperarnos, incluidos los trabajos más insignificantes, como cortar el pasto, podar un árbol o barrer el patio. No hay que esperar nunca el último minuto para cumplir nuestros deberes, porque seguramente nos frustraremos al ver que no pudimos terminarlos.

Vida espiritual

El Internet, las redes sociales, nos dejan ya pocos resquicios para los hallazgos, parece que todo está dicho, visto y oído ya, nada puede ocultarse, eso que pensamos ya alguien lo había pensado antes, eso que leímos ya alguien lo había leído antes, eso que descubrimos ya antes alguien lo había descubierto, nada ha quedado oculto, agazapado, todo está desvelado y expuesto a la mirada de todos, tal vez por eso en el futuro lo íntimo será un lingote de oro, peleado y buscado, más defendido, y aquel que logre un hallazgo será un privilegiado o un ungido, aquel que conserve un enigma un tocado por el cielo, yo cada vez busco más los espacios hacia adentro, las habitaciones ignotas, las cortinas cerradas de las ventanas que sólo permiten mirar de adentro hacia afuera pero no a la inversa, y es un acto heroico para mí, algo que he descubierto cuando he encontrado a poetas, por ejemplo, de los que nadie habla, los que no aparecen citados una y otra vez en las redes sociales, suplementos literarios, antologías, pero cuyos poemas me estremecen hasta las lágrimas, poemas que acaso apenas han salido de las cuatro orillas de la página que habitan, ni siquiera me atrevo a hablar de ellos en las reuniones entre amigos, ni los he desvelado siquiera a mi mujer abiertamente, sólo así, como al margen, como cuando hablamos con la comisura de los labios, y no por egoísmo sino porque son tesoros, conquistas de uno solo, conversaciones que uno hace con uno mismo, en esas noches en que todos duermen, poemas que cambian la vida de otra manera, a través de otras vías distintas, usan rutas desconocidas, atajos hacia formas de eternidad más silenciosas, y secretas, para mí.

Buenos hábitos

El vecino de al lado construyó una pequeña cerca de alambre recosido hace poco más de dos años. Yo vi cuando llegó una tarde en su pequeña camioneta, bajó con un remolcador el rollo de alambre y lo arrastró hasta los límites de mi propiedad. Desenrolló la malla y la colocó entre dos árboles, sobre cuyos troncos clavó sus extremos. La cerca quedó bien tensada, de una orilla a la otra, porque además fijó su base con unas púas de acero. A los pocos días trajo una pequeña planta, que sembró justo en medio de la cerca. Era una enredadera. Esa mañana, al verme pasar por el corredor lateral, el que comunica mi jardín exterior del interior, me detuvo para decirme que no tuviera reticencias en cortar las ramas que obstruyeran mi jardinera o incluso aquellas que se extendieran hasta mi barda. Le dije que no se preocupara, que yo haría lo propio, de haber necesidad. Luego hablamos de los muertos recientes, sobre todo de la vecina de enfrente, arrancada inesperadamente de la vida por un cáncer inmisericorde. No había dejado hijos chicos, pero sí un marido que nadie sabía cómo iba a sobrevivir sin ella. Nos despedimos quedando en que tomaríamos el té apenas acabara la temporada de lluvias. Los meses pasaron y la enredadera crecía, con sus tentáculos de azúcar. El vecino la iba dirigiendo. La podaba y recortaba sus lianas, que se asían a la malla ciclónica. La enredadera se extendió hacia un lado y hacia otro, en dirección a los árboles, con las ramas tupidas de hojas. Hace unos días salí y vi la cerca completamente poblada por la enredadera. Una enredadera frondosa, como un algodón de nieve. ¿Qué habría pasado sino hubiera tenido esa cerca? ¿Qué habría pasado si las manos del vecino no hubieran dirigido sus ramas hacia uno y otro extremo? Algunos hijos son enredaderas, pensé. Pequeñas plantas que uno siembra al pie de uno mismo para que crezcan y se enreden en la vida. Ocupan de nuestras piernas, de nuestra espalda, la guía de nuestras manos, para escalar, y entonces suben, suben hasta rasgar el cielo, por nuestro cuerpo. Nuestra cabeza es la tierra en la que están hundidas sus raíces. Pero sus alas ya no nos pertenecen.