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Minificción de los jueves: Rodolfo Lobo Molas

Rodolfo Lobo Molas / Foto: El Esquiu

Rodolfo Lobo Molas / Foto: El Esquiu

Argentina, 1954. Poeta, narrador, piloto de aviones, locutor, periodista. Está publicado en gran cantidad de antologías de poesía y minificción 

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Caperucita y el lobo

Todos los veranos iba al bosque a visitar a la abuelita. Ansiaba ese tiempo de verdes exuberantes porque entre la vegetación la esperaba el lobo, con quien –luego que se sacara el disfraz de feroz animal– daba rienda suelta a su ardoroso amor. Después los jóvenes inventarían la conocida fábula para esconder su romance. La abuelita que sufría de demencia senil, jamás pudo desmentir nada y fue así cómo la historia llegó a nosotros como si fuera un cuento.

 

El canto de las sirenas

Ulises no amaba a Penélope e inventaba viajes para alejarse de ella, aunque de tanto en tanto volviera a Ítaca.

Aquella vez en que regresaba del castillo de Circe no necesitó taparse los oídos con cera, pues el canto de las sirenas jamás perturbaría su espíritu, ya que en ese entonces mantenía un apasionado romance con Penémacros, el más joven y apuesto marinero de su tripulación.

 

Desencuentro

Se citaron el domingo en la esquina del parque. Sin haberlo dicho ambos sabían que allí comenzaría el romance. Llegaron puntualmente pero no se encontraron. Se esperaron. Al cabo de un rato –y desde las opuestas esquinas donde aguardaban–  cada uno se fue con su decepción a cuestas. Se cruzaron cerca de la fuente, pero  el ruido del agua silenció el toc toc de los bastones blancos.

 

Seducción

Adán deambulaba solitario por el Paraíso. La víbora aprovechando la circunstancia desplegó sus encantos y lo sedujo. Cuando Dios advirtió esto, dijo: No, no; no es bueno que el hombre esté solo, y creó a la mujer. Adán, entusiasmado, empezó un romance con Eva. La serpiente, despechada, urdió el plan de la manzana.

 

Salinidades

La historia bíblica de Sodoma y Gomorra en verdad también ocurrió en otras partes, solo que las Sagradas Escrituras no lo consignan.

Es así que en muchos lugares –al igual que la mujer de Lot– otras mujeres se convirtieron en estatuas de sal. El inexorable paso del tiempo fue desmoronándolas y hoy sus restos llegan a nuestras mesas en artísticos saleros.

 

La cigarra y la hormiga

La hormiga se preparaba para enfrentar el invierno. El gato subió por el tronco del árbol, pasó a la hormiga que iba con su carga y cuando estuvo a punto de comerse a la cigarra, ésta le dijo: –no nos dejes sin fábula.

 

Perder la cabeza 

Nunca entenderé cómo hay hombres que pierden la cabeza por una mujer –meditaba Juan en las sombras– mientras Salomé le sacaba brillo a una bandeja de plata.

 

El carpintero

José revisaba las maderas recién llegadas a su carpintería. Separó un grupo de ellas pensando que deberían estacionarse más tiempo para un mejor secado y mayor robustez. Y así fue: treinta y tres años después –secas ya– se erguían sólidas y en cruz al final del Calvario.