• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Minificción de los jueves: Raúl Jorge Lima

Raúl Jorge Lima / Foto jsk-sde.blogspot.com

Raúl Jorge Lima

Argentina, 1940. Abogado, historiador, periodista y narrador. Ha publicado, entre otros: "Cuentos de lesa literatura" (1996), "Ciudad con duende" (2001 y 2016),"A vuela pluma" (2004), "Cuentos pendientes" (2005) y "Rosendo Brid, del pago de Areco" (2012)

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Indigenista

Ese 12 de Octubre, Manuel Pérez Muleiro (Manolo para sus amigos del Centro Gallego), pronunció un encendido discurso lamentando que Colón llegara a América para desgracia de sus habitantes, que vivían en un edén.

Cuando llegó a su casa lo comentó con su esposa, Francesca Campussano Tagliapietra (La Tana para sus amigas de la Società Unione e Benevolenza). “Estos gringos han de aprender a respetarnos a nosotros, los pueblos originarios”, afirmó con énfasis. Salieron apurados: debían inscribir a su hijo Nahuel Caupolicán (Tommy para sus amigos del Rowing Club), en el colegio inglés del barrio (doble turno).

 

Duelo

Explicó, lloroso, que ya no soportaba ver sufrir a su esposa, que el suyo fue un homicidio por piedad (“Eutanasia”, apuntó su abogado, con aire paternal). Sus Señorías, conmovidos, fueron benévolos: la pena quedó en suspenso.

Ahora a cumplir con los trámites de rigor: cobro del seguro, cola less para su secretaria, dos pasajes a la isla Margarita…

 

Mal entretenido

Los enormes bloques de piedra, transportados en balsas por el Nilo, una vez en tierra son cargados sobre troncos de árboles, que obran a modo de toscos rodillos. Cada pocos metros, cientos de esclavos sacan los troncos de atrás y los ponen adelante, y así sucesivamente, hasta llegar trabajosamente al lugar donde se erige la pirámide.

El pequeño Ramsés, buscado por su madre desde temprano, es encontrado mal entretenido en sus tontos pasatiempos. Tomándolo de una oreja, le ordena regresar y llenar de una vez el papiro con los jeroglíficos indicados por el maestro.

El viento y la arena van tapando el experimento en que malgastaba su tiempo: una plataforma que transportaba guijarros, asentada sobre dos ejes y cuatro ruedas.

 

Hubo más noches

Transcurridas mil y una noches, el sultán dijo a su esposa:

―“Amable Scheherezade, he comprobado que tus cuentos son inagotables. Perdono tu vida, estoy seguro de que no me defraudarás”.

Scheherezade besó sus pies y le aseguró que no se arrepentiría de su generosidad.

Pero, a partir de esa noche, Scheherezade no contó más cuentos y apenas contestaba con monosílabos a los intentos del sultán de entablar conversación. Solo recobró su locuacidad cuando, al cabo de nueve lunas, la llevaban a decapitar.

Gritaba Scheherezade: ―“¡Tengo nuevos cuentos, tengo nuevos y entretenidos cuentos!”.

Dijo el sultán: ―“Cuéntaselos al verdugo; quizá logres retardar un instante la caída del hacha”.

 

Distinta suerte

En una cárcel de Sevilla y allá por el mil seiscientos, un hidalgo manco llenaba cuartillas y cuartillas con las aventuras de un tal Alonso Quijano, que logró salvar de la mirada escudriñadora de sus carceleros. Las publicó con el nombre de “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha” y gustaron tanto que hubo una segunda parte y hasta una falsificación.

Por esos años, en su casona de la Mancha y en noche de duermevela, Alonso Quijano soñó con un preso al que le faltaba una mano, perdida en alguna batalla entre cañonazos y aire salino. Cuando despertó escribió un cuento, al que tituló “Don Cervantes de Lepanto” (perdido para la posteridad, ya que su ama lo incineró junto con sus libros de caballerías).

El preso manco del cuento de Alonso Quijano vivió sesenta y ocho años sobre la tierra y, pese a algunos pecadillos, logró ingresar en el cielo. En cambio el hidalgo que sirvió de modelo al Quijote, lleva cuatro siglos en un infierno donde a diario es atormentado por inclementes demonios: críticos literarios, profesores de Letras, autores de microcuentos...

 

Peligro de los molinos

El ingenioso hidalgo Alonso Quijano leyó sus supuestas andanzas, escritas por un tal Cervantes. Tanto le gustaron, que resolvió emularlas y salió a los caminos de la Mancha, con un escudero.

Al divisar las altas figuras en el horizonte, dijo para sí: buen comienzo; conozco el episodio y esos tiesos molinos me servirán para reeditar la hazaña. Con lo que arremetió lanza en ristre, al grito de “¡son gigantes!”, “¡son gigantes”!

La Familia de Gigantes de Navarra, que caminaba rumbo a la Gran Feria Anual de Castilla, lo molió concienzudamente a golpes y lo dejó por muerto.

 

Desengaño

La señora del doctor Jekyll se enamoró de Mr. Hyde. La fascinaron sus modales bruscos, el modo brutal de hacer el amor, su pelo hirsuto que le salía hasta por las orejas. Una noche se enteró del terrible secreto y desde entonces encuentra a su amante torpe, grosero, desagradablemente peludo.

 

Alivio

Cuando salió de la ducha, se enfrentó al espejo; al no verse reflejado en él, por un momento tuvo la sensación atroz de haberse convertido en un vampiro. Luego cayó en la cuenta de que el espejo estaba empañado. Aliviado, lo limpió con un ala y salió volando por la ventana.