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Minificción de los jueves: Raúl Brasca

Raúl Brasca es autor de cuentos, microficciones y ensayos / Fotografía tomada de Internet

Raúl Brasca es autor de cuentos, microficciones y ensayos / Fotografía tomada de Internet

(Buenos Aires, 1948)  Narrador, ensayista, antólogo, difusor de la minificción. Ha compilado catorce antologías de la minificción que conforman el gran panorama del género. Además, ha publicado cinco libros de cuento  y varios de minificción, entre ellos: “Las gemas del falsario” (2012), “A buen entendedor” (2010), “Todo tiempo futuro fue peor” (2007).  Es uno de los más grandes representantes de la minificción latinoamericana

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La voz del resentido 

Me mostró las fotos y los ardientes mensajes de texto de sus amantes en la pantalla del celular. Apabullante. No tiene cualidades físicas notables ni es muy inteligente. Las seduce con una serena simpleza que pasa por sencillez  y una mirada limpia falsamente desvalida. No finge, es una impostura de la naturaleza.

Vínculo indisoluble

Una mujer que no quiere a un hombre. Un hombre que no soporta que la mujer no lo quiera y la asedia.  La mujer que cultiva atentamente la mayor indiferencia hacia el hombre. El hombre que, estratégicamente, deja de asediarla. La mujer que advierte su necesidad de que el hombre la asedie y lo provoca. El hombre que vuelve a la carga satisfecho. El hombre y la mujer que por una vez coinciden y se eligen. Como rivales. Para toda la vida.

Sirenas verdaderas

Ya no más esas absurdas mujercitas con voces de cristal inventadas para satisfacer sin gasto el orgullo viril de los pusilánimes. Nosotras, las sirenas reales, cantamos nuestra victoria. Y no tan dulcemente como se cree. Los verdaderos  hombres acuden a nuestra isla en tropel y nos quedamos sólo con los mejores. Los que no sirven quedan libres y siguen su camino. El ingenioso Ulises sólo era bueno para tramar historias. 

Mujer que ama

Él citó a Canetti, dijo: “la felicidad, ese despreciable objetivo vital de los analfabetos”. Ella se encogió de hombros, lo amaba, admiraba su desapego de todas las formas de consuelo, su obstinación en desmantelar las trampas, su afán por ser en la verdad absoluta. Pero pensaba que la felicidad  bien valía el analfabetismo. 

Revelación de la música

a Lucía

Sentado al piano sobre la banqueta de terciopelo, el adolescente estudia "Elegía" de Massenet. La ejecuta una y otra vez con dulzona morosidad; las notas languidecen como el propio muchacho que, aburrido, aparta los ojos de la partitura y recorre vagamente la pared hasta detenerse en la tela. Allí, un par de flamencos rosados hunden sus largas patas en un estanque azul de ultramar. El adolescente entra en el cuadro, irrumpe con violencia entre las aves y, con dos golpes secos, les quiebra las patas. El sonido de los huesos quebrantados resuena en la sala de música. Los martillos del piano enloquecen: un vertiginoso "staccato" de notas azules salpica la pana de los sillones Luis XV. Las cuerdas se estiran tanto que emiten graznidos dolorosos. Algunas se cortan con un estampido y un disonante batir de plumas sobre agua decrece hasta morir. El muchacho vuelve a su sitio. Palpita de agitación y lo inquieta un oscuro sentimiento. Ha conocido una música perversa, agónica y equívocamente sensual. Le ha parecido soberbia. 

Lluvia

Me persigue la palabra lluvia. Pienso lluvia, una larga caída que dura tiempo humano, como si viajara en tren del cielo a la tierra mirando por la ventanilla el espacio que fuga hacia arriba. Pero desnudo de tren. Sin embargo estoy sereno, lo que sucede me es habitual y nada puedo hacer para evitarlo. Me detiene el techo de un automóvil. Ahí me deslizo, ruedo hacia abajo por la chapa lustrosa y me reúno con otros. Somos un torrente veloz que se escurre entre risas por la cuneta.

Pienso lluvia, mi larga caída, claro. Pero sin quejas.

La participación del público

Cuando salió al escenario aquel famoso lanzador de cuchillos y pidió al público una ayudante, todas las muchachas levantaron la mano. La elegida se paró contra la placa de madera con los brazos en cruz y el lanzador preparó cinco cuchillos que lanzó con inaudita velocidad. Los dos primeros clavaron a la madera las manos de la muchacha; otros dos le cortaron las orejas con la precisión de un cirujano, y el quinto le atravesó limpiamente el corazón. El público aplaudió a rabiar, pero cuando el siguiente lanzador requirió también una asistente, las muchachas se hundieron en sus butacas procurando desaparecer. Sabían que era un principiante. 

Ultima elección

a Juan Sabia

El pez resuelto al suicidio evita veloz la red en la que moriría con sus compañeros, pasa de largo frente al anzuelo del pescador rutinario que hojea una revista, y traga sin dudar el de un chico que recordará mientras viva los espasmos terribles de su asfixia.

Recurrencia

–Podría decirse que entonces usted nació de nuevo– dijo ella.

No sé por qué curiosa asociación de ideas esa frase trivial me trajo a la memoria el episodio del huevo. Debió de ser porque mucho de lo que nace, nace de un huevo. O quizá por la simple afinidad sonora entre "nuevo" y "huevo". O por ambas cosas. Lo cierto es que ella me hablaba y yo no le respondía, seguía pensando en el huevo. El huevo se había instalado en mi mente y no dejaba lugar para otra idea. Sucedía lo mismo que con el zapallo de Macedonio: crecía y crecía incorporando aquello que lo rodeaba. Unas excrecencias calcáreas que me brotaron en el cuero cabelludo, se extendieron con tal rapidez que muy pronto el huevo  excedió el tamaño de mi cabeza que quedó dentro de él. Y cuando quise reaccionar,  ya me vi encerrado, flotando en tibia albúmina. No sé cuánto tiempo estuve allí. Sé que, cuando rompí el cascarón, ella estaba esperándome.

–¿Otra vez, Gerardo?– dijo.

Problema térmico

Mantenía la cabeza fría y el corazón ardiente. Su cuello estaba estiradísimo por el esfuerzo. 

Traslados y reemplazos 1

El valiente príncipe conduce a la tropa y enfrenta a sus enemigos. La batalla se inclina a su favor hasta que, inexplicablemente, él desaparece para sus soldados. Ellos, consternados, ceden terreno. Pero pronto el príncipe vuelve.  Ahora son los soldados los que han cambiado y van perdiendo una contienda que transcurre en otro lugar y otro tiempo. Sin embargo, el príncipe los arenga, la tropa lo reconoce y, jubilosamente, gana la batalla.