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Minificción de los jueves: Pu Sung-Ling

Po Songling / Foto www.bookofdaystales.com

Po Songling / Foto www.bookofdaystales.com

(China, 1640-1715) También llamado Po Songling. Utilizaba el seudónimo literario de “El creyente budista de la fuente del sauce”. Fue uno de los escritores más importantes de la dinastía Qing. Escribió libros clásicos de la literatura china, como “Registro de lo extraño durante conversaciones ociosas en un estudio” o  “Liao Zhai Zhi Yi”, colección de 431 cuentos, algunos muy cortos. Los textos que presentamos a continuación provienen del libro “Extrañas minificciones” que fue publicada en el 2007 por la editorial El perro y la rana. Para este libro, el escritor venezolano Wilfredo Carrizales realizó la selección y traducción directa del chino clásico

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El carretillero

Un carretillero empujaba montaña arriba una carretilla cargada al máximo. Cuando alcanzó la mitad de la altura, en el instante que necesitaba hacer mayor acopio de fuerza, llegó un lobo a la carrera y le clavó los dientes en una nalga. El hombre no podía desprenderse de las varas de la carretilla y ahuyentar al lobo. De hacerlo, la carretilla recularía, las mercancías que transportaba se dañarían y él mismo podría sufrir perjuicio. No le quedó más opción que continuar empujando hacia arriba, soportando el dolor. A pocos pasos de la cima, pensó que muy pronto se libraría del lobo. Sin embargo, el lobo escapó con un trozo de carne en el hocico.

(El lobo le robó un trozo de carne al hombre, al sacar provecho de su impotencia. ¡Ese lobo, además de ladino, era bromista!).

 

Los ratones actores

Se decía que en el mercado de la ciudad de Chang An había un hombre vendedor de ratones que sabían actuar. Así el hombre se ganaba la vida. El hombre siempre cargaba una bolsa a la espalda donde ocultaba a más de diez ratones pequeños.

Cuando estaba en medio de la gente, extraía una pequeña tabla de madera y se la fijaba detrás de los hombros, como si fuese una tarima. Después, se ponía a tocar un tambor y canturreaba la melodía de alguna antigua pieza teatral. A los primeros redobles del tambor, los ratones emergían de la bolsa, disfrazados con máscaras y vistiendo atuendos variados. Los ratones se le subían a la espalda y luego se instalaban en la tarima. Allí, afirmados en las patas traseras, daban una función teatral en la cual exteriorizaban emociones de dicha y aflicción, como si fueran actores humanos.

 

Almejas

En el Mar Oriental había unas almejas que al tener hambre llegaban hasta la playa. Unos cangrejos diminutos enlazados a las almejas por unos finos hilos rojos, emergían desde dentro de las valvas, se alejaban a unas cuantas pulgadas, conseguían alimento y comían hasta quedar satisfechos. Luego, los cangrejos regresaban al interior de las almejas y estas cerraban las valvas. Si se rompía el hilo morían los dos. Es una extraña ley natural.

 

Yang, el de la cicatriz sobre el ojo

Una noche un cazador permanecía oculto en la montaña, cuando observó a un enano que no sobrepasaba dos cuartas de altura y que se desplazaba solo por la orilla de un riachuelo. De pronto, otro enano se le juntó y le preguntó adónde se dirigía.

–A visitar a Yang, el de la cicatriz sobre el ojo, –contestó el interpelado. Su aspecto misterioso me infunde pavor.

El cazador entendió que no se trataba de seres humanos. Gritó y los dos enanos se esfumaron. Esa noche, el cazador atrapó a un zorro que tenía una cicatriz en la ceja izquierda, grande como una moneda.

 

El dragón sin ojos

Una gran lluvia se desató sobre el río I. De pronto, cayó un dragón. Carecía de ambos ojos. Su vaho cubrió hasta más allá del distrito. El jefe del distrito le ofreció ochenta banquetes, pero no pudo lograr que se marchase. Entonces, celebró un sacrificio al descampado. Repetidas veces la cola del dragón golpeó la tierra y el estruendo se escuchó así por todo el territorio.

 

La mantis religiosa que capturó a una serpiente

Un hombre de apellido Chang ocasionalmente paseaba por el riachuelo de un valle. Sobre el precipicio escuchó un fuerte sonido. Buscó un camino y trepó para mirar a escondidas. Vio a una enorme serpiente contraída como un tazón. Se agitaba en medio de la espesura. Con su cola golpeaba los sauces y resquebrajaba sus ramas. Dio la vuelta, se ladeó y cayó. Parecía como si un animal la hubiese atrapado. Así, el hombre la observó con detenimiento y no vio nada extraordinario. Pero, tuvo una gran duda. Poco a poco se acercó hasta donde estaba la serpiente. Descubrió a una mantis religiosa alojada sobre la cima de la cabeza y sus tenazas la apretaban, haciéndosela bajar e impidiéndole huir. Largo tiempo después, la serpiente finalmente murió. Al mirar su chata nariz, observó que la piel y la carne ya se habían rajado.

 

Yin Yungnien

Yin Yungnien de Liyin tenía ochenta y dos años y carecía de hijos. Su anciana esposa tenía setenta y ocho años y se sentía sumamente desesperada. De improviso, un espíritu le dijo en sueños al anciano: Este año te concederé sin duda un heredero. Recuerda que tú eres un comerciante ordinario. Te otorgaré un hijo. Cuando despertó se lo comunicó a la anciana. La anciana dijo: Esto, verdaderamente, es una vana esperanza. Los dos estamos secos por completo. ¿Cómo vamos a engendrar un hijo? Un poco después, la anciana sintió un temblor en el vientre. A los diez meses ya cargaba un hijo varón.

 

Costumbres de Cheng

Los habitantes de Cheng poseen la costumbre de transformarse en animales pequeños y salir a los patios en procura de comida. Un hombre observó en una ocasión a numerosos ratones cuando se introducían en una de las vasijas grandes ubicadas en la hospedería donde estaba alojado. Después de asegurarse que todos los ratones estaban en el interior, tapó la vasija y la llenó de agua. Los ratones se ahogaron. Toda la familia del dueño de la hospedería, menos un hijo, falleció de súbito. Al hijo sobreviviente se le llevó a juicio. Pero, después de concluidas las investigaciones, el juez lo exoneró de culpa.

 

El Dios de la Literatura

Chang Yi-iu de Yuncheng estaba acostado, pero no dormía. De pronto, vio una claridad que llenaba el dormitorio. Asustado, miró. Observó a un espíritu que aferraba un pincel en una mano y estaba de pie. Se parecía al dios de la literatura. A toda prisa, Chang hizo una reverencia, se arrodilló y tocó el suelo con la frente. La luz se extinguió. Desde entonces, Chang alardeaba del suceso, al suponer que, en principio, el dios le había dado un augurio. Después, en definitiva, Chang cayó en la miseria y nada lograba. Su familia se sumió en la decadencia. Los parientes próximos, uno tras otro, murieron. Solo él quedó con vida.

(Este dios de la literatura, ¿por qué no trajo felicidad sino desgracia?)