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Minificción de los jueves: Pía Barros

Pía Barros / Foto cortesía

Pía Barros / Foto cortesía

(Chile, 1956). Feminista, editora, narradora. Ha publicado tres novelas, seis libros de cuentos y varios libros de minificción, entre ellos: “Ropa usada” (2000), “Llamadas perdidas” (2006) y “Las tristes” (2015), de donde provienen estos textos

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Enrielados

Las muchachas tristes son codiciadas por los escritores jóvenes. Las buscan en las mesas apartadas de los cafés, en la barra del bar, en los parques de lluvia. A veces las encuentran y se dejan arrastrar por su tristeza. Dura años esa unión, hasta que los poetas compran corbatas, acuden a empleos y pagan créditos. Ellas se quedan para siempre en su papel de tristes, las greñas canosas, deambulando por plazas vacías.

Desexilios

Algunas retornan al pueblo, cuentan que con los hijos, los amores y el ruido de la felicidad, no les fue posible escuchar la memoria, olvidaron el silencio de las tristes y regresan, para poner algo de eso en una cajita y esconderla en sus casas. Saben que la soledad vendrá y añoran su corazón de muchachas tristes. Creen que la cajita las protegerá de la vejez vacía.

Redes sociales

La arquitectura de su perfil de Facebook ha sido cuidadosamente elaborada, entrecruzando gustos de princesas, corredores de Fórmula Uno, esposas de estadistas. Es así que a pesar de gustarle las caminatas y el deporte al aire libre, también el lino blanco es la textura de sus ropas veraniegas y el cashmere beige o tonos suaves es la fibra de sus inviernos. No atiborra de zapatos su closet como las  nuevas ricas, tampoco usa ropa con marcas visibles o productos que no sean amigables con el medioambiente.

El ácido glicólico y las cremas blanqueadoras se esconden en lo profundo, porque la morenidad debe mantenerse a raya.

Amenazas

De reojo vio las formas redondas ante la choza familiar y la hermana llamando niños. Con su pie apretó el acelerador del adecuado, y dijo que era tiempo, que era urgente el regreso a casa. El auto enfiló a la capital rumbo a aviones, mientras ella miraba aterrada la mano de su hermana diciendo adiós por el espejo retrovisor.

 

Su amor es un puño apretado

Su amor es algo grande que le cabe en el puño apretado y crece y se expande sobre aquello amado que lo enfrenta diciéndole que ama poco, poquito, nada, y el amor se estrella, él lo sabe, antes de que los demás comprendan que ese es el único modo de amar que conoce.

Tips de autor

Dejo el lápiz a mano para cuando venga una idea brillante y me asalte en mitad de la noche.

Hace décadas que el lápiz envejece en el velador.

Tatuaje 2

Vio el dragón dibujado sobre la mesa de aquel  asiático que se negaba a mirarla a los ojos. “Ojos verdes, mala suerte”, masculló limpiando con el trapo la mesa una y otra vez. Lo fotografió y luego mostró al tatuador la imagen en el celular. “Pero hazlo verde”, dijo, odiando como siempre las supersticiones incultas.

La espalda se veía hermosa y en su omóplato izquierdo, el dragón verde echaba chispas rojas a su paso.

La encontraron ayer, boca abajo sobre la alfombra. Algo la había corroído inexplicablemente. Tal vez una quemadura interna eléctrica, se atrevieron a decir los forenses.

En la pared, un dragón verde se aferraba al papel mural.

Tatuaje 4

En el tobillo, una flor invertida cuyo tallo crece enroscándose y sobre la rodilla, hacia el interior del muslo, una gardenia que se besa con su otro muslo donde, simétrica, otra gardenia la aguarda. En el vientre se entrelazan violetas de una cadera hacia otra. Los brazos retuercen flores de lis, margaritas y lágrimas de la virgen en delicados trazos de la muñeca hacia el codo. Ya está vieja y toma sol para sus flores con los primeros rayos de agosto. En el tobillo se oculta la cicatriz de infancia, en la cara interior de ambos muslos están las cicatrices de las sogas con que la colgaron en el pau de arare, el vientre vaciado con la cesárea espuria de los torturadores, el pecho de los cigarrillos apagados se estremece en el  recuerdo cada tanto.

¿Te dolió cuando te tatuaron? Pregunta la niña acercándose.

Me dolió menos de lo que ocultan, responde la anciana mirando hacia adentro.

Exilios

La ropa atada a la espalda, y la lengua pegada al paladar, aún duelen las plantas de los pies, pero camina, camina hasta desollarse porque más allá está la salida, la única salida lejos de su madre, de sus costumbres, de los hábitos cotidianos y la marraqueta caliente. Camina porque no entiende que jamás regresará, que contará una y mil veces lo que le hicieron sus compatriotas y nunca dejará de escocerle el alma en el recuerdo, camina porque morirá extranjero, y no lo sabe.