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Minificción de los jueves: Pedro Rangel Mora

Pedro Rangel Mora / Cortesía

Pedro Rangel Mora / Cortesía

(Venezuela, 1956). Abogado, narrador, novelista, ensayista. Ha publicado seis novelas –entre ellas “El Orden de los Factores” (1993), “El Enemigo” (2004) y “El Amigo Imaginario” (2012)–  y cuatro libros de relatos –entre ellos  “Coro de Gansos” (1983), “Jazz” (2006) y “El Mensajero” (2007).  Su libro de minificciones es “Del Reino del Demonio” (2010)

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El arte de la decoración

No tuve alternativa ante el inminente abandono de mi amante. La maté, la envenené. Tan grande era mi amor por ella, que decidí conservarla para siempre. Para mantener su belleza intacta, la forré en pieles frescas y la guardé en un refrigerador en mi sótano. Viajé al país vecino y por una fortuna contraté al mejor embalsamador, al mejor taxidermista. Lo traje a mi casa con la misión de mantener intacta, por siglos, su  sonrisa fresca, su belleza extraña, sin igual.

Por casi tres semanas el experto trabajó en mi sótano, con un álbum de fotografías como única referencia de su desnudez en vida. No quise presenciar la labor, hubiera sido muy doloroso para mí. Hasta que por fin me pidió que bajara a juzgar su obra.

Irene estaba dormida en la mesa, boca arriba, perfecta, hermosa, deslumbrante. Sus ojos brillaban. Los senos, el sexo, la sonrisa, eran los de mi adorada. Nada que ver con esos trabajos que hacen en las funerarias que convierten al finado en otro. Al contrario. El embalsamador era un artista. Lo abracé emocionado, agradecido.

Enseguida supe que necesitaba un cofre para guardar mi tesoro, mi diosa. Acudí a un escultor que labora con madera. Le pedí me hiciera una mesa, un rectángulo, de un metro sesenta centímetros de largo, cuarenta de ancho, cuarenta de alto. Quería el mueble hecho de palo de rosa. La parte superior del rectángulo, los lados y la tapa, llevan primero partes del mejor, más diáfano y transparente cristal, luego, pueden ser tapados por las más exquisitas láminas de palo de rosa, sencillas pero bellamente labradas. Unos tapetes tejidos por mi madre, un jarrón de cristal de Bohemia con flores, coronarían el exterior de la obra de arte.

De esta manera, Irene es hoy el centro de la sala de mi casa, de mi vida. Cuando estoy solo quito los tapetes, el jarrón que mantengo con buganvillas –sus favoritas-, quito las tapas de madera de rosa y puedo observar, disfrutar, el cuerpo canela de mi amante hechizando el ambiente.

 

Hoy viene a visitarme Ismael, el marido, el viudo de Irene –aunque no lo sabe, sospecha que ella lo dejó, se marchó con otro. Tengo un deseo inmenso de recibirlo con Irene al descubierto, a la vista…

 

Sacrificio de amor

Julián estaba en su carro, estacionado, lejos de este mundo, fascinado con la voz cristalina de la soprano acompañada solo por la oscuridad vibrante de un chelo. De repente, la maravilla de El magnificat de Bach es interrumpida por un hombre gigantesco que abre la puerta derecha y se sienta al lado, apuntándolo, hurgándolo, con un revólver negro en la mejilla. Julián se echa hacia atrás, queda recostado al vidrio lateral, asustado, sorprendido, sin comprender.

El hombre rubio da golpes al equipo de sonido con la palma de la mano derecha, hasta apagarlo, para finalmente decirle: “¡me vas a pagar todas las que me has hecho, maldito! Arranca”. Julián trata de obedecer, hace amago de prender el motor, mientras ve que hay gente en la calle que lo está mirando, que presencia el suceso, y en un arranque de desconocida valentía, se niega a encender el motor. Recuerda que los secuestrados tienen mínimas posibilidades de salir con vida del trance, y se niega a partir. El agresor trae con la mano izquierda el arma hasta su pecho y regresa violentamente para estrellar el largo cañón en la frente de Julián, que grita perdiendo el sentido por un instante, para regresar enseguida y mirar sus manos llenas de sangre, sentir su corazón saltando apresurado.

“No importa, podemos hablar aquí, ¡hijo de puta!; no creas que te vas a burlar de mí sin sufrir las consecuencias”. Le dice el agresor. Julián trata de regular su respiración, de ordenar, de callar miles de ideas que pasan por su mente. El hombre le coloca la pistola en el pecho y le dice: “Marlene me lo contó todo, así que no te hagas el inocente”. ¿Marlene?, Marlene, Julián no entendía nada y le pregunta al hombre: “¿Cuál Marlene, de qué me está hablando?” El hombre, transpirando, mojado en sudor, lo golpea de nuevo, ahora en la boca. Al llevarse la mano a la nueva herida, Julián observa que más personas se han sumado a los curiosos que miran su martirio. Sabe que no será eterno, que la policía debe llegar. Busca el pañuelo en el bolsillo de la chaqueta y trata de secarse las heridas.

“¡Sé que te estás cogiendo a mi mujer, no creas que soy imbécil…! Allá está en la casa, sangrando como tú. No creas que me costó mucho sacarle la verdad, al segundo golpe en la cara me dio tu nombre, desgraciado”. Julián comprende todo, de repente, suma las partes de la historia y concluye para sí. Marlene, claro, Marlene, la que está saliendo con Carlos, con mi amigo Carlos. Recuerda que ella se le insinuaba, lo invitaba a salir, que era evidente que era una mujer más problemática que bonita, y la ignoró. Pero Carlos, su colega, que no llegará a viejo, no le hizo caso a su advertencia y comenzó a salir con ella, con Marlene. Ahora comprendía. El marido la golpeó para sacarle el nombre y ella le entregó, no al amante, sino a otro. Y la policía que no termina de llegar. Y el macho burlado que no entiende razones, juramentos de que él no es, que es un error, que él nunca ha salido con ninguna Marlene ni saldrá jamás. Y al marido celoso que no parece importarle que el carro esté rodeado de curiosos e insiste en que confiese, que “reconozca, hijo de puta”. Y la policía que nunca está cuando se le necesita en este país de mierda, y Julián que se pregunta –y no duda en la respuesta- si Marlene lo entregó a él para salvar a Carlos o para vengarse por no habérsela cogido, y la policía que no llega, coño…

 

Clínica de desintoxicación amorosa (Hospital de corazones rotos)

Sistema curativo ideal para abandonados, engañados, divorciados, odiados, mal queridos, ninguneados, rechazados, despechados, presos de amores imposibles, mujeres golpeadas, hombres dominados (casados con cuaimas), casadas con machistas irredentos, heterosexuales enamorados de transexuales, homosexuales o lesbianas, insatisfechos sexuales, sobre satisfechos, adictos al sexo, adictos al no sexo, masturbadores compulsivos, y un largo etcétera.

Sufre una terrible pena de amor, dígale no al suicidio (“hay demasiada belleza para renunciar”). Consúltenos.

El tratamiento garantiza a todos, libres de dolor, la oportunidad de comenzar nuevamente.

Si usted no es feliz con su pareja o parejas, grupo, mascota, búsquenos, solución garantizada.

Atención zoofílicos. Si murió su perrita, le aseguramos que más pronto de lo que imagina, amará nuevamente sin importar la raza, condición social o religión.

Olvídese de las soluciones radicales. No mate a su esposa o esposo, a la –o el– amante, evítese gastos en sicarios, defensas penales, funerales y otros problemas mayores.

Recuerde, todo amor, por muy pasional que sea, puede ser superado. (Pedófilos abstenerse –Ley de Protección del Niño y del Adolescente).

Busco socios.