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Minificción de los jueves: Patricia Nasello

Patricia Nasello | Foto cortesía

Patricia Nasello | Foto cortesía

(Argentina, 1959). Es Contadora Pública y se dedica al cuento, especialmente al brevísimo. Ha publicado “El manuscrito” (2001) 

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Los motivos del hijo

En cuanto se ocultaba el sol salíamos de cacería. Las mujeres son bestias tan previsibles que siempre cobrábamos alguna por ronda, así que hasta ahí todo iba bien. Mi problema comenzaba apenas regresábamos cuando mi padre, todavía ahíto de sangre, se ponía a porfiar a los gritos, “los vampiros somos buenos poetas”.

Sus versos abordaban cualquier tema, el atardecer, las calles, los vestidos de las chicas. Versos con los que ostentaba recitándolos en voz alta y encima, aludiendo a ese supuesto plus genético derivado de nuestras costumbres del que solo él tenía noticias, pretendía que yo también escribiese.

Nunca pude. La definición de las cosas no coordina con mi pensamiento. Por ejemplo, eso que los otros llaman calle, yo lo nombro huida, grito dilatado. O sea que para que pudiesen entenderme primero tendría que haber escrito un diccionario. En ese diccionario las palabras no habrían estado ordenadas alfabéticamente sino por secuencias lógicas, antes de grito, seducción; después de grito, agonía, después nada. Definición de nada: lo que permanece debajo del vestido.

Si mi padre pudo darse el lujo de versear fue solo porque su visión del mundo coincidió con el mundo y no como el creía, no existe ninguna relación entre la sangre derramada y la literatura.

 

Cuarto menguante

Él y la luna discuten. Enfurecido, hiere con su puño ese cuerpo redondo que de pronto detesta.

Durante días la ve sangrar blancura, reducirse.

–Va a morir –piensa complacido

–Va a morir –piensa la luna, que ahora es una garra.

 

Pereza

Se sienta frente al escritorio, falto de voluntad para sostener su propio cuerpo deja caer los brazos, inclina el tronco y apoya la cabeza sobre una pila de libros que jamás escribió. Sin energía para retenerla siente cómo la imaginación, que tiempo atrás surcaba sus venas, aflora a través de la punta de sus dedos laxos, resbala, cae en forma de gotas espesas y desaparece. Desde esa nada  se levanta un pistolero, protagonista de cierta novela que pertenece a la pila de libros sobre la cual apoya la cabeza.

Mira con tranquilidad hacia el revólver que lo apunta.

Crisis cardiogénica irreversible, dirá el certificado de defunción. Será su esposa quien, luego de varios días, descubra ese inexplicable orificio de bala en la pared.

 

El lector

Un dragón chiquitito, que cargaba con aparente facilidad un libro pesado sobre el lomo, las vio tiradas en el río. Con infinita paciencia sacó estrella por estrella y las puso a secar sobre la hierba. Deseaba con ansias conservar ese tesoro entre las hojas de su libro sin embargo, conociendo la actitud agresiva y voraz de sus hermanos, decidió evitar el riesgo. Así fue como, al tiempo que se secaban, las fue echando a volar.

 

Víspera

–Cambio pianos viejos por nuevos –anuncia el mercader.

En la clara luz de este sol que aún no abriga el día, la descomunal bolsa de gasa que dobla al mercader en dos bajo su peso es un espectáculo extraño y hermoso. De acuerdo al ángulo de visión, bajo esa gasa o tenue tul que los contiene, algunos pianos se distinguen claramente, otros se adivinan.

–Elija, niña –dice dirigiéndose a la joven a cuya humilde puerta ha llamado—. Por su sonoridad de bombo legüero, el vertical de la izquierda es el más indicado para interpretar mazurcas. Si, pese al invierno, le agrada la vida al aire libre, le sugiero el blanco más pequeño, suena como un cuerno de caza. El negro de media cola en cambio…

Unos maullidos insistentes interrumpen la exposición que se proponía detallada.

–¿Qué ocurre, Aladina? –pregunta la joven con preocupado afecto, confía en el instinto del animal y es evidente que a su gata le desagrada el extraño. Comprende entonces que, aunque por algunos minutos se atreviera a soñar algo distinto, deberá atenerse al plan previsto: iniciar los estudios en ese piano desvencijado, de incierto origen, que pertenece a su familia desde siempre y en el cual, si se atiene a lo que conoce o recuerda, nunca tocó nadie.

 

El placer de la carne

Descorre el cerrojo y se dirige al desfile.

–Qué buen disfraz de leona  –exclaman quienes pasan junto a ella.

La noche de carnaval ya casi es día cuando, ahíta de hombres, regresa a su jaula y pone traba.


Montería

Nuestra tragedia comenzó tres meses atrás, el día del santo patrono, cuando las jaurías aumentaron su ferocidad. Antes solo debíamos cuidar a los niños, dejarlos en la calle sin custodia era exponerlos a una amenaza fatal, pero ahora solo los adultos jóvenes y sanos pueden aventurarse fuera de sus hogares, en grupo y armados. Llevamos noventa y cuatro días de un espanto al que nadie sabe cómo nombrar. 

Nuestras bajas son numerosas, tanto por enfrentamiento directo como por el colapso del sistema: es difícil conseguir remedios y pronto comenzará a matarnos el hambre. Nosotros también matamos, pero allí donde cae uno de ellos, parece que dos, cinco, diez, brotaran en su lugar.

Los más viejos afirman que hubo un tiempo en que las dos especies convivimos en paz. Flaco consuelo nos ofrece el conocimiento.

Este sitio nos ha debilitado hasta ponernos al borde del exterminio. El enemigo, cada vez más numeroso, patrulla nuestras calles sin descanso. 

Moscas en boca cerrada

Creíste que callándote la boca mantendrías en equilibrio los acuerdos preexistentes, que huir de la lucha era más razonable que pelear a muerte.

Desconocías la cualidad inflamable del silencio viejo: genera una llama pequeña.

El incendio miserable que alumbra tu destrucción, deviene consuelo amargo para  quienes hubiesen muerto jurando que, algún día, ibas a brillar.


La pelea

–Basta –suplica, aturdido por la discusión de sus padres. Airados como siempre y sordos al ruego, la bestia y el Otro continúan su eterna disputa. Falto de respuesta, el hombre se extingue.