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Minificción de los jueves: Orlando Romano

Orlando Romano | Foto: Cortesía

Orlando Romano | Foto: Cortesía

Argentina, 1972. Narrador, periodista. Ana María Shua dice que la narrativa de Romano tiene como objeto conseguir la felicidad del lector. Ha publicado varias novelas, libros de entrevistas a escritores y tres libros de minificción: "Cuentos de un minuto” (1999), “Cápsulas mínimas” (2008) y “La ciudad de los amores breves” (2012)

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Un viaje para olvidar

Desde la muerte de la madre, ocurrida pocos meses atrás, el niño había perdido el gusto por los avioncitos, los autos, esa pelota de colores tan chillones que adoraba… Pero como los niños viven para la luz y no para la sombra, poco a poco fue reconquistando la alegría y las estrellas volvieron a fulgurar en sus ojos.

Una mañana jugaba con sus canicas mientras el padre, con la cara abatida y la mirada como dos pozos, preparaba las maletas. El niño quiso saber cómo se llamaba ese país a donde se dirigían. El hombre se lo dijo. El pequeño preguntó por qué se iban. Entonces su padre lo abrazó, explicándole que todas las cosas allí le recordaban a la esposa perdida, causándole una pena interminable, que ya no soportaba tanto dolor, y que lo mejor era irse lejos; algún día, con los años, él lo entendería. Tras escucharlo, el niño murmuró:

–Y en ese lugar a donde nos vamos, ¿un día vos también te vas a morir, papá?

 

Los Maestros de Dah

Me habían dicho que si deseaba escribir el cuento perfecto la única forma era consultar con los Maestros de Dah, al noroeste del poblado de Khalsi, en la India. El extenuante camino fue una larga y lenta nube de tierra, y en dos ocasiones estuve a punto de ser devorado por monos y zorros. Al llegar divisé, muy arriba, la aldea incrustada entre las rocas. A sus pocos habitantes se les conoce como Drokpas o Brokpas: ‘gente que vive en las montañas’.

Alguien me señaló un toldo de plástico donde vivían los Maestros. Encontré a dos ancianos que comían unas frutas mientras jugaban cartas. Uno trazó una serie de letras y números en la tierra, comentando que ese juego ya lo había aburrido. Desaparecieron los naipes y surgió un tablero de ajedrez. El otro trazó unos signos y apareció una jarra con vino y un pollo asado en una bandeja, que comenzaron a comer de inmediato.

–¿Deseas tener una mujer sensata, hermosa e hijos que te amen? –me preguntaron.

Les dije que yo solo anhelaba la capacidad de escribir el cuento perfecto.

–Lo que pides no tiene la menor utilidad en la vida de un ser humano. Mejor desaparece, o te haremos desaparecer.

Les dije que no podía desaparecer porque yo era una obra de Dios y no producto de la magia.

–Siendo así, ve a importunar a tu dios con insensateces. A veces uno se encuentra en el sitio equivocado –dijo uno y desaparecieron, y toda la aldea de Dah con ellos.

 

La Mujer

1370 a.C. Menvil, indomable guerrero y señor de un clan celta en el territorio de la actual Turquía, fue a ver a un monje blanco para que le forjara la mujer más bella y pura del mundo. El monje blanco cumplió con el pedido y al instante abandonó la región.

Durante un año Menvil gozó de la mujer más encantadora que hayan podido ver ojos mortales, fue amado como esposo y tuvo un hijo que multiplicó su felicidad. Un día todo el clan fue masacrado. Lo que quedaba del cuerpo de Melvin y su primogénito eran dos trozos de carne sobre el lecho. El bebé tenía un pezón lleno de pelos en su boca. A la misma hora el monje blanco fue estropeado en la actual Bulgaria.

Las obras propias del Cielo gozan de desaciertos, para que los hombres las perfeccionen en sus mentes, en un acto de hermandad. Lo perfecto es un ejercicio del demonio.

 

Epílogo

El primer hombre en beber del Nilo.

El niño que mordió una rosa para comprobar si sabía a sangre y se llamaba Atila.

La mosca que se asentó en tu cuna y te observó con asombro durante una hora.

Las iniciales borradas hace treinta años en un banco del parque Centenario.

La luna en cuarto creciente de la noche en que Alejandro Magno soñó una tierra que se llamaría Venezuela.

La tormentosa mañana en que un clavo de la Cruz se deslizó hacia el fondo del Golfo de Omán.

El instante en que murió el último unicornio en los acantilados de Moher, en Irlanda.

El viejo que tenía diez hijas mujeres y murió de hambre en Río de Janeiro.

El grupo de niños que jugaba a perseguirse con un látigo egipcio ya deteriorado.

El invierno en que los Cruzados comieron perros y cucarachas.

El gato doméstico, blanco y obeso, que atravesó de un extremo a otro el desierto de Argelia y nunca supo que lograría algo imposible.

La muchacha que no regresó de su viaje a Buenos Aires y nadie la recordó jamás.

La tarde en que el poeta pensó que ese fin de semana escribiría uno de los poemas más tristes.

El instante en que aquella niña pobre te miró a la salida del supermercado con el deseo de que fueras su madre o su padre.

La última lluvia que miró Charles Chaplin…

Cualquier hecho, por insignificante que sea, tiene su repercusión inexorable en el futuro. El pasado no alarga su sombra hacia el porvenir (con perdón de Borges), sino que lo ilumina. El ayer es como un infinito río Tajo que salpica aquello que vendrá. Y todo lo enumerado antes aconteció, irreparablemente, para que tú leas estas líneas que nada valen.  

 

Guerra Total

Mutilaban a las mujeres más hermosas de sus enemigos para que no les aventajasen en el arte de la poesía.