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Papel literario

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Minificción de los jueves: Nanim Rekacz

Nanim Rekacz, “Ojos de Gato” / Foto cortesía

Argentina, 1963. Narradora y poeta. Ha publicado “Jardín Felino” (2014).

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La Conspiración

El día que se cruzaron había sido pre-configurado en el Cosmos: las constelaciones en el sitio preciso del universo, los astros alineados, y ambos sin expectativa alguna de hallar a alguien a quien amar y por quien ser amado.

Y así fue.

Pasaron inadvertidos el uno para el otro.

Uniparentalidad numerosa

Blanca, cuando caía nieve, soñaba con ser despertada por el beso de un príncipe. 

Pero en las mañanas, al abrir los ojos, sus siete hijitos hambrientos eran los únicos que estaban allí.

Borrachas de amor

Después de cierta graduación alcohólica las jovencitas perdían la memoria y la virginidad.

Por eso siempre hacían el amor por primera vez.

Vestigios

Alguna vez amó.

El agujero detrás de las costillas, un poco a la izquierda, así lo indica.

Sueños peligrosos II

Soñé que mataba al dinosaurio. 

Al despertar, la policía del tiempo estaba ahí, esperándome con una orden de detención.

Procedimiento de rutina

Al filtrarse por las hendijas de la persiana la luz se convertía en gusanos refulgentes que, reptando, se desparramaban por los cuartos. La casa se volvía inhabitable.

Entonces, papá soltaba los pájaros. 

Dormíamos un poco más.

Juego de roles

Cansado de ser salmón, se convirtió en oso.

Fue maravilloso hasta que llegaron el hombre y su fusil.

Mentiras verdaderas

Los primos jugaban una partida de truco. Uno dijo: "me voy al mazo". 

Y se fue nomás, ahora vive entre las barajas.

Buena educación 

Mamá decía: –¡Te vas a caer! –y me caía.

Papá gritaba: –¡Te vas a lastimar! –y yo me lastimaba. 

Era un hijo muy obediente y no quería defraudar a mis padres.

Paciencia

Demoró veinte años en decidir separarse de su esposo. Se decepcionó de la siguiente pareja tras solo seis meses de noviazgo. Hace diez minutos que aguarda a su nueva cita en un bar. Deja el dinero del café en la mesa y está a punto de levantarse de la silla.

Nazca enmudeciendo

El lenguaje oscuro de las hormigas transita como filigrana las praderas y los bosques.

Solo desde muy, muy, pero muy grandes alturas se percibe el mensaje.

A medida que los fumigadores avanzan, que crece el desierto y las lluvias torrenciales arrasan lo que queda,  la información acumulada desaparece y la comunicación se dificulta.

Ellos, los de muy, muy, pero muy lejos, pronto considerarán que ha acabado la vida inteligente en ese planeta e interrumpirán el contacto.

Memorias de un niño que tenía un dragón amarillo
Cuando yo era pequeño tenía un caballo larguísimo, amarillo y sin patas.

Disfrutaba mucho trepado sobre su lomo, que se deslizaba escurriéndose entre mis piernas. Pero lograba agarrarme abrazándolo con todas mis fuerzas y así recorríamos la casa. 
Éramos inseparables.

Mis papás no me dejaban salir con él al patio. Yo creo que tenían miedo de que nos alejáramos y no supiéramos regresar.

A mí me gustaba pensar que si atravesábamos la puerta y nos íbamos al parque, le crecerían alas y patas y echaría fuego por la boca. Por eso yo lo llamaba Dragón, aunque ellos le decían "Coco"; a mí ese me parecía un nombre muy tonto.

Un día me levanté y ya no estaba. Me dijeron que lo habían venido a buscar y lo habían llevado a un lugar donde había otros como él y que quizás un día podríamos visitarlo. Me sorprendí, porque yo creía que mi Dragón era único en el mundo. Eso me puso triste y me enojó. No quise ir a verlo a su nueva casa, porque, además, se había ido sin despedirse, sin darme un abrazo de esos fuertes, fuertes, que sabía darme.

Cuando comencé a ir al Jardín de Infantes y conté de mi Dragón, no me creyeron. Se rieron de mí.

Por eso desde que empecé la primaria ya no hablo más de él y trato de olvidarlo.

Tengo muchos conejos ahora y me encanta hacerlos aparecer y desaparecer en una galera; pero ya aprendí: no le cuento nada a nadie. Ni a mis papás.

Orden divino
La tarántula era amiga de la paloma, el cangrejo estrechaba pinzas con los albatros. Los lagartos de Komodo eran cómplices de las mariposas Monarca y más allá, las jirafas y las ratas compartían aventuras. No dejaban de jugar ciervitos con culebras y retozaban alegres camellos con ñandúes. Coyotes entreverados con canguros, pájaros bobos brincando detrás de pavos reales, luciérnagas fastidiando en broma a los murciélagos: toda la animalería era una maraña de saltitos, ronroneos, chillidos, aleteos y corridas divertidísimas. Entrañable era el trato entre elefantes y leones, y hasta compartían alegrías los caracoles con los ciempiés mientras los zorros eran íntimos de los cerdos. Los peces saltaban fuera del agua montados en cocodrilos y las estrellas de mar revoloteaban con las abejas. 

Luego, vino Dios a poner orden en tanto desorden, dispuso jerarquías y regímenes alimentarios diferenciados y decretó que todos sirvieran al hombre.