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Minificción de los jueves: Montague Kobbé

Montague Kobbé / Foto Cortesía

Montague Kobbé / Foto Cortesía

Narrador (Venezuela, 1980). Ha vivido en Venezuela, Anguilla, Reino Unido, España y Alemania. Es fanático del futbol y mantiene un blog sobre el tema. Publicó una novela “The Night of the Rambler” y un libro de minificción “Tales of Bed Sheets and Departure Lounges /Historias de camas y aeropuertos”, de donde provienen estos textos

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Epifanía

Su pierna izquierda rebotaba contra el suelo al son acelerado de una melodía electrónica que abarrotaba sus oídos. El ritmo que marcaba su larga extremidad (forrada en unos vaqueros oscuros) complementaba el revoloteo caótico de tres mechones de cabello que escapaban el yugo de su cintillo. Rescataba monedas de valor del mar de cobre que colmaba su monedero hasta que un anuncio en el altavoz del aeropuerto la llevó a verter un caudal de riqueza de vuelta al lugar de donde había venido.

El pronunciado campaneo de las caderas de sirena de aquella desconocida dibujó en el rostro de un espectador insospechado una sonrisa que le siguió los pasos –largos, delicados, elegantes– hasta que el corredor torció a la izquierda, haciéndose cómplice de su escape.

Más allá de la ventanilla

La luna –hinchada, menguante, ambarada– surgió del horizonte, 15.000 pies por debajo. Una nube de polvo aún la atravesaba doce segundos más tarde, cuando su recorrido sideral de izquierda a derecha la llevó fuera del alcance de la vista.

La ruptura

Amparadas tras las nubes de algodón, bajo las sombras alargadas, por el efecto doble de la distancia (mucho más adelante, mucho más abajo) las crestas afiladas de unos tales Alpes rasgaban el monótono blanco de la superficie con el brillo dorado del sol sobre la nieve.

Falsa alarma

Siete ansiosos minutos más tarde comprendo, dada la falta de reflejos en el agua, que lo que tomaba por luces de barcos en alta mar no es más que un puñado de hogares desparramados sobre la tranquilidad de la campiña.

Aliviado, puedo volver a reclinarme en mi asiento a la espera del aterrizaje.

El terrorista

El mohicano, una estrella de cinco puntas brillando (negra y amarilla) desde lo más alto de su cabeza. Rostro cubierto de piercings; orejas abarrotadas de zarcillos; cadenas de todos los tamaños que conectan lóbulos con mejilla, boca, nariz, pezones. Collar de púas alrededor del cuello; brazos cubiertos de tatuajes que surgen desde los confines de un chaleco de cuero sin mangas. Pecho hirsuto; estómago plano; piel aliñada, apareada con unos pantalones de cuero igualmente aliñado y unas botas de trenzas que alguna vez fueron negras. OZZY tallado en los nudillos de una mano; AMOR escrito en los de la otra –esto último parcialmente cubierto por el puñado de anillos de calaveras que ocupa la zona grabada.

Un punketo moderno –mezcla de sensibilidades rock, metal y hippie­– aterrorizado por un turista desinhibido que se siente inspirado por tal grado de diversidad. No, no –no tomes mi foto. Y el horror de la víctima se ve burlado por el flash de la cámara.

Así no más, la privacidad se convierte en el souvenir de un vaquero.

En la intimidad

Resguardada por la cortina de humo que cubre su rostro, fuma un buen jalón de su octavo cigarrillo. Sus piernas desnudas se extienden sobre el margen de la baranda, cruzándose en el pliegue de sus entrepiernas, donde el brillo de su piel oliva contrasta con el algodón negro de sus pequeñas bragas.

Una ráfaga de viento despeja el velo de humo, mostrando el ardor de sus pupilas clavadas en las fisuras de la luna. La colilla cae sin control, esparciendo su brillo desde el tercer piso.

De vuelta al trabajo

Obstruido por el velo de las endorfinas, apenas logro captarla mientras fuma el último jalón de su cigarrillo. El brillo de luz que atraviesa la ventana dibuja perfectamente la silueta de su cuerpo desnudo. Una bocanada de humo escapa su rostro, apuntando hacia arriba. Flexiona sus rodillas y con la mano derecha recoge su vestido de verano del suelo. Alza ambos brazos y permite que la suave tela caiga sobre su cuerpo. Sus pezones erectos detienen el paso del tejido, impidiendo que el escote asuma su lugar. Su mano izquierda acomoda el ajuste en torno a sus senos, sus nalgas desnudas se menean de lado a lado –oh, sí, conozco perfectamente ese meneo– y su vestido finalmente llega a cubrir su modestia, y una cuarta más.

Ya está del otro lado de la puerta. Justo antes de dormir me pregunto qué zapatos llevaría.

Otro cafecito

Su presencia –su sudor, sus formas– alberga un aroma de pasado en mis sábanas.

Tal vez fuera un error.

Tal vez fuera un error permitir que tomara una ducha. O si acaso pudiera untarla con un bálsamo que la impregnara de esta fragancia.

Tal vez sea un error. Aventurarse a salir con quien, al menos esta noche, durante la cena y, después, frente a una película de ocasión, no ha de ser –aunque ya lo ha sido, y volverá a serlo de nuevo– mi ex.

Una vida compartida

Una caricia, un tacto, un gesto silente revela su acuerdo tácito.

Abelardo –decrépito, anciano, acabado–, pasa su mano derecha (índice, posado sobre el resto de sus dedos, unido a su pulgar en un círculo asimétrico) por el rostro arrugado, caído, seco de su amada Eloísa. ¿Estás bien?

A pesar de lo simple, es una pregunta que ella no podría responder si él no estuviese allí, porque estar con él no es estar bien, pero bien solo puede estar si él también está.

Sin embargo, nada de esto se le pasa por la cabeza. Solo la sombra de una sonrisa que delata su bienestar.