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Minificción de los jueves: Miguel Maldonado

Miguel Maldonado / Foto tomada de Facebook

Miguel Maldonado / Foto tomada de Facebook

México, 1976. Poeta, ensayista, narrador.  Ha publicado: “Poesía Magia Corriente” (2004), “La carne propia” (2006), “Ciudadela” (2008), “Los buenos oficios” (2010), “S'attarder aux détails” (2011), “Una gota” (2012), “Lobos” (2012), “420 golpes” (2012), “Octavio Paz. Hommage et profanation” (2014), “El libro de los oficios tristes” (2014) y “Bestiario” (2015), de donde proceden estos textos 

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El ajolote

Xolotl, el Dios ajolote, fue la parte de diablo de Quetzalcóatl, su doble endemoniado que lo arrastró al vicio. Su símbolo: los gemelos enamorados, la ambigüedad inquebrantable. En los lagos de México, el ajolote no cumple su metamorfosis, se reproduce en estado larvario: niño erotómano.

Giorgio Agamben ilustra la condición humana en la naturaleza del ajolote, ambos tienen una carrera trunca, y gracias a ella, reproducen. El hombre es un niño eterno: prueban su larga niñez que al crecer no tupe en vello ni despliega cola como su pariente el simio. Vive en eterno estado de imaginación y creatividad. Niño Dios que se inventa algo cada día. Lenguaje y poesía son sus lúdicas creaciones. Pero el mismo Agamben ha callado sobre el ajolote gemelo: el infante terrible, causante de nuestra hiena. Querubines monstruosos y bellas almas que lo mismo abonamos una causa que nos hacemos los atroces.

 

Del tigre

No se proclama rey en la Tierra. Sus dominios están en otros feudos. Allá donde administra la convivencia entre bestias geniales: danubinas, pírcidas, forincas; allá donde legisla el destino de algunas hecatombes.

Qué más da si otras bestias se asumen reyes terrenales: reyes-suelos, qué importa la milagrería que ejercen los vivos en este terruño, cuando él resuelve abalorios cósmicos, ecuaciones que si fallan se colapsan las eras.

Anda con su mente en otra parte, pero convive en el campo con cenagosos y zumbones; con rapaces que en su patria serían la medida del colibrí. La tabla de equivalencias entre los animales de su terrible mundo y el nuestro se reduce a un rústico teorema: águila a tucán lo que tarántula a mariquita.

El tigre no se conserva en estado de tigre cuando está en su patria. ¿Qué hace en su mundo? ¿Es dueño del trueno o un dragón? No, el suplicio como una de las bellas artes. ¿Y el tigre de allá, qué sería si estuviera aquí?

El tigre mundano, gobernante en la tierra, tigre cardinal admirado por Borges, se extinguió. Solo sobrevive este, el de las calibraciones siderales. Jamás lo verán repantigarse como el león seguro de controlar a sus cercanos. Otra gimnasia ocupa a este jornalero estelar.

 

Del gato

No lleva prisa, supone que tiene todo a su favor. Anda sobrado, practica las apariencias de no faltarle nada. Pero sabemos que está jodido, lleva días sin hembra ni alimento.

De querer dudoso, nada desmiente que anda con nosotros por pura conveniencia. También nosotros: en realidad veneramos a la pantera, nos han cautivado sus carbones lustrosos. Hacemos al gato nuestro amigo porque tiene buenas relaciones.

 

Del águila

Solo el águila de Zeus se abstiene de la carne. Las demás, semidiosas de bustos acuñados en monedas, hieráticos perfiles en estandartes y banderas, andan muertas de hambre. Sí, señores, el águila reina también padece mal de ojo y hurga en los tiraderos de basura. Cuando no puede con el hambre de sus crías, se siente cuervo remojado y rasga en soledad los metales hasta sangrarse. Demasiado humana, se diría. Quizá por ello Claudio Eliano, antiguo historiador de los animales, describe el amor de un águila por el recién nacido Gílgamo, quien destronara a su abuelo Sevocoro, reinando a los babilonios. Fue con águilas que asimiló el arte de la guerra sigilosa. Odio que aguarda con sosiego la hora de picotear hígados.

La del vuelo de ballet, la cirujana asesina, la  solemne suspensa antes del crimen, desgarradoramente llora: no hay roedores cien kilómetros a la redonda. De pronto, avista un salchichón en la parrilla de un jardín. Da vuelta de reconocimiento, la empresa parece sencilla, no habrá que dar muerte por opresión ni arrojar desde lo alto. Alista alerones, aguza vista, perfila cuerpo. Agarra y libera al tacto: no creía que las brazas pudieran corromper el ímpetu de sus zarpazos. Se retira en clara desesperación. Vuelve a las manías de azotarse contra los promontorios, a rasgar lozas y enloquecer ante el insidioso lloriqueo de sus crías. Envidia al águila de Zeus, ¡esa semidiosa advenediza!

Humana, demasiada humana.

 

Del cuervo

En Kenia los hay de pecho blanco, igual que zebras rayas amarillas. Estas peculiaridades endémicas acercan la posibilidad de elefantes rosas, así como a dar por cierta la existencia del hipopótamo azul a las orillas del lago Tanganika, búsqueda milenaria que llevó al naufragio a Sir Rudolph Leakey y que se ha vuelto una obsesión enfermiza para corsarios y cazadores del común.

El detalle del cuervo blanco quizás anime al artesano de la porcelana y sustituya a la bucólica paloma en las escenas escultóricas que adornan los esquineros de los hogares. Aunque no podrán captar su fuerza en la mirada, menos ese graznido de espanto. ¿Por qué tan angustioso grito? Sufre de fiebre aviar, el delirio de las aves. Hitchcock tuvo en escena solo aves enfermas, las locas del reino, únicas concientes que los altos vuelos son vanas esperanzas. Guardan la sabiduría antigua de Ícaro, cura contra la hybris.

No habrá de excluirse otro motivo: se escucha en los córvidos tal desasosiego como para conformarse con causas mitológicas. ¿Será que tienen vocación de águila y sufren falta de garra? Como si a ellos les fuera vivir la pesadilla que horroriza a los felinos: que amanecen un día con patas de ganso, que son tigres con pies de pato. Padecen mal de ornitorrinco: no encajan en sus partes. Han inspirado la valentía sin gracia: golpes de goma de valentones que a cada arremetida cierran la ventana en sus picos. Tiernos bravucones a los que la vida les sale siempre ganando.

Proclive a las consejas de la hiena: “conserva los algodones de la paloma y el bramido del león. Que se finque en tu inconexo la virtud de lo ambiguo. Júntate más con el coyote, vuélvete íntimo de anfibios. Aprende el canto de los camaleones, sus sabias elegías tiresianas, comparte en abrazos su pesar, el instante en que revelan los misterios de volver en gracia una ambigüedad.”