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Minificción de los jueves: Las Microlocas

Fotografía de Isabel Wagemann, tomada de Internet

Fotografía de Isabel Wagemann, tomada de Internet

Las Microlocas no son sólo estupendas escritoras, sino también forman parte de un proyecto muy interesante. Estas cuatro narradoras escriben de manera colectiva, pero sin embargo personal. Clara Obligado, en el prólogo del primer libro de estas mujeres, “La aldea de F.” (2011), dice que Las Microlocas escriben a ocho manos, pero respetan la individualidad de la autoría, porque si bien cada texto es concebido particularmente, luego lo corrigen en conjunto. Las Microlocas son Eva Díaz Riobello -EDR- (España, 1980), Isabel González González -IGG- (España, 1972), Teresa Serván (España, 1974) e Isabel Wagemann (Chile 1972, vive en España). Todas han sido publicadas en distintas antologías y ahora preparan libros colectivos e individuales

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QUIMERAS (IW)

Desde la ventana, la mujer ve a una niña tumbada sobre el pedregal. Está boca arriba, con los brazos abiertos, observando el cielo e imaginando formas de animales en las nubes. Divertida, deja el plato que está lavando y mira también al cielo y cree ver una oveja. Más allá descubre un cocodrilo y luego la silueta de un elefante que, en segundos, se transforma en un camello de tres jorobas. Entonces se vuelve hacia donde está la niña. Un hilo de sangre brota de su boca, y dibuja un camello, una oveja, un cocodrilo.

 

EL HILO (IW)

Busco el pelo más largo de mi cuerpo y me lo enrosco alrededor del cuello. Subo a la silla y lo ato a la viga más alta de la casa. Salto. En un instante, me descoso. Mis párpados son ojales vacíos.

 

EL BAILE (IW)

Brillantes, cortantes, feroces descuartizadoras de telas, pelos y papeles. Tan útiles para podar hierba, uñas y trozos de pollo. Metálicas y amenazantes en manos de la peluquera. Serviciales y certeras en las de la modista. Tontas, entre folios de colores y el origami. Sin filo, como bípedos inútiles en la cocina. Óxido y olvido en un cajón del escritorio. Deformes, mutantes. Con ojos de buenas para cortar una flor y regalártela. Retorcidas, con sonrisa de zigzag, buscando acaso una lengua para perfilarla. Tétricas bailarinas de piernas de plata que inician su baile terrible. Tijeras llorando y gritando que eso no, que ellas nunca. Tijeras huyendo al costurero y cerrando la cremallera por dentro. Susurros y risas. Tijeras de piernas perfectas y rígidas, que salen deslumbrantes de su escondite. Pasitos de ballet. Golosas, doblegan a mi mano derecha y la obligan a seguirlas. Brutales, cuando hundo sus fauces, sin asco, en la manteca blanca de tu espalda.

 

LA MUJER DEL SEPULTURERO (TS)

La mujer del sepulturero aprovecha, cuando éste tiene oficio, para deslizarse en los brazos del carbonero. Le gusta ese hombre que tiñe de negros sus pechos blandos. Cuando su marido limpia el cementerio, ella deja que el campesino abone sus muslos, la pierden esas manos terrosas separando las nalgas. Y cuando su esposo visita alguna aldea, practica con el verdugo otro tipo de muerte con la soga al cuello. Solamente una vez al mes el enterrador posee lo que es suyo y, ese día, la mujer goza como ningún otro, cuando se acoplan, con el culo pegado a la piedra, mientras recibe el eco de su último suspiro.

 

CAPERUCITA FEROZ (TS)

“Abuelita, abuelita… ¡qué muslos tan grandes tienes!”. Oculto por el camisón rosa, el lobo trata de imaginar una respuesta acorde con el cuento (¿Para patearte mejor? ¿Para huir más rápido?). Mientras cavila, la niña se abalanza sobre él y, machete en mano, le desgarra una pata. Esa noche, ella y su abuela devorarán un jugoso filete, poco hecho, como le gusta a la pequeña.

 

EL NÚMERO FINAL (TS)

“Batamos todos los récords”, me dice, mientras lo ayudo a introducirse en el cañón, con los brazos bien pegados al cuerpo. “Que se queden boquiabiertos”, sentencia. En el fondo se lo está buscando. Yo sé que la pólvora sólo sirve como efecto sonoro, tal vez he puesto un poco de más. Un error lo comete cualquiera. Pero hay tanta expectación en el aire, tanta pasión en esta aldea. Fíjense ustedes en las caras del público, en la sorpresa, cuando al quemar la mecha, su cuerpo de disperse en cientos de trozos. Verdadera metralla. Lo nunca visto.

 

CAPERUCITA (EDR)

La madre puso a su hija un vestido rojo y le pidió que llevara una carta al prestamista. El hombre leyó el mensaje y sonrió a la niña. “Que dientes tan grandes tiene”, pensó ella, mientras, a sus espaldas, él trancaba la puerta.

 

LEYENDAS (EDR)

Hace mucho que el maquinista de F. no pisa una locomotora. Convertido en humilde barbero, cada día afeita bigotes y recorta flequillos mientras escucha las conversaciones de los parroquianos que, una y otra vez, vuelven al tren accidentado, aventurando las causas que pudieron hacer naufragar al gigante de metal.

Cuando le preguntan sobre aquel día, él se encoge de hombros sin interrumpir su trabajo. “Hay sucesos que sencillamente no tienen explicación”, es su única respuesta. No habla, por supuesto, de aquella voz gloriosa que surgió entre las dunas mientras el tren rodaba sin problemas por el desierto. Ese canto transparente que lo atravesó hasta el tuétano, prometiéndole placeres infinitos a cambio de su voluntad. Ya no era dueño de sus manos cuando el tren se salió́ de los raíles y se abrió́ paso a trompicones por la arena, hasta detenerse por fin.

El maquinista trepó entonces por los hierros buscando a la dueña de aquella voz sobrenatural, pero ante el sólo vio a un grupo de pájaros de aspecto monstruoso, que alzaron el vuelo entre graznidos de victoria. Desde entonces, sólo él sabe que la aldea donde vive no es más que un islote de viajeros náufragos, atrapados en un océano de sirenas hambrientas.

 

MUÑECAS (EDR)

Mi hermana mayor no me deja jugar con sus muñecas, dice que son perversas. Tiene muchísimas, todas ordenadas encima de su cama. A mí me parecen muy bonitas. Mi hermana es una egoísta, por eso las amigas no le duran mucho. Así que, de vez en cuando, me cuelo en su habitación y juego con las muñecas. Son preciosas, con su piel de porcelana y sus vestidos de colores. Las peino y hablo con ellas durante horas. Ayer me entretuve tanto que me dormí mientras jugaba. Desperté en brazos de mi hermana, que lloraba lágrimas enormes. “Te dije que no te acercaras a ellas”, gimió. Su cama me parece gigante ahora. Mamá aún me sigue buscando.

 

PLOF (IGG)

El acróbata salta de su trapecio al trapecio en que llega su compañera —ya sabéis cómo son las mujeres— tarde y espléndida.

 

EL TRAGASABLES (IGG)

Echo de menos a mi mujer y a mis hijas. Y es que mi mujer y mis hijas son insustituibles. Amanda era trapecista y las niñas se dedicaban al contorsionismo. Yo, sin embargo... Yo soy un simple tragasables. Aquella tarde, cuando llegué a casa, las encontré enfadadísimas. “¡Nosotras también queremos ser tragasables!”, exigieron. Sobra decir que traté de disuadirlas. Ellas estaban empeñadas en que, por mucho que volaran sin red o se retorcieran, nunca podrían despertar la misma fascinación que El Gran Devorador de Acero. Qué otra cosa podía hacer. Extraje las espadas de sus fundas, les di las instrucciones precisas y las hice arrodillarse sobre la alfombra.

 

TONTA TARTA TONTO (IGG)

La tonta de mi mujer dice que está preparando una tarta de aniversario. Una tarta sorpresa, dice. Y yo me lo tengo que creer. ¡Ja! Mi mujer cocina fatal y no va a cambiar ahora. ¿O sí? Lo cierto es que lleva dos días batiendo huevos, que la tarta crece y que ¡oh, Dios mío!, espero que no pretenda salir de dentro vestida de conejita celulítica. “No, cariño. Tú serás la sorpresa”, me tranquiliza, me introduce en el pastel y me hace rodar hasta el centro de la fiesta. Ha llegado el momento. La gente brinda y yo empujo la tapa. Pero la tapa no cede. Los invitados tienen hambre. Los invitados clavan sus cuchillos y me cortan en la oreja. Entonces caigo. Tengo que salir de aquí. Tengo que empujar con fuerza. Tengo que avisarles que la tonta de mi mujer ha puesto engrudo en vez de crema.