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Papel literario

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Minificción de los jueves: Manuel Moya

Manuel Moya | Foto Cortesía

Manuel Moya | Foto Cortesía

(España, 1960). Poeta, cuentista, novelista, ensayista. Es traductor al español de varios escritores portugueses, entre ellos Fernando Pessoa y José Saramago. Ha publicado más de veinte libros de poesía y nueve de narrativa. Tiene una heterónima: Violeta C. Rangel. En minificción ha publicado “Caza Mayor” (2014), de donde provienen estos textos

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La misma fecha

Fue la misma fecha en la que Pablo te amenazó con que si delatabas a aquellos polis verías su corazón ante tu puerta. La misma fecha en la que aparecieron los tipos con la moto y amenazaron con incendiar tu casa si seguías en tus trece. La misma fecha en la que yo te dije, chica, lo mejor es que te olvides de todo y te vengas conmigo y tú me respondiste, aguantaré, aguantaré, aunque sea lo último que haga en mi vida, y yo te contesté casi en broma, no, si va a ser verdad que será a mí a quien le toque enterrarte. La misma fecha, ¿recuerdas?, y ya ves lo sutil y preciso que ha acabado siendo el destino.

 

Paraíso

Lo pasé fatal en el paraíso. Todo el rato desconfiando de todo y de todos. No quería que me pasase lo que a ese tal Adán. Cuando mi mujer decidió dejar de hablarme por no prestarme a sus jueguitos, yo, créanme, no saben cuánto se lo agradecí. Todos se pusieron de su lado, perdí peso y el galeno me recetó ampollas de ésas, que acabaron por provocarme unas arritmias insoportables, pero nadie me hizo caer en la pueril trampa de la manzana. El día que me fugué, todos se quedaron admirados, creyendo que me había vuelto a dar una ventolera. Me hice un adosado a las afueras y aquí vivo, divinamente. A veces me veo en secreto con Caín. Tenemos nuestros planes.

 

Carta a Los Reyes Magos

Queridos Reyes Magos

[...]

Acabaron por confesar. Mis papás, quiero decir. Qué bien me vino el libro “Métodos de tortura”, que el año pasado pedí para mi abuela. No sabéis el partido que le estoy sacando.

 

Razones

 “Por lo que más quieras, lávate bien esas manos antes de acostarte”. Esta es mamá, que venía de dos separaciones, de no sé cuántos despidos y de una condena por intento de asesinato y ahora trabajaba para un canal nocturno, de vidente. Y era raro porque fuera de casa no daba una. De hecho no sé cómo pudo adivinar que acababa de echar matarratas en su tazón de leche.

 

Intrusa

Es raro que llamen a la puerta a las cinco de la mañana. Más raro aún que pronuncien mi nombre y profieran amenazas. Pero, hablando de rarezas, más raro es que le contestes tú, que no estás, que no has existido... que eres fruto de mi invención, que solo existes en el papel y, coño, que sin consultar con nadie, le digas que vuelva más tarde, que el autor está escribiendo.

 

Huracanes

No, Cristina no ha llegado todavía. La arrastró un huracán ya va para tres meses y de momento no ha vuelto. No es que temamos especialmente por ella, porque se conoce bien los huracanes y estamos seguros de que cuando se canse, volverá. Lo que temo es que a este le coja afición, como le ocurrió a madre, que después de irse con todos los que pasaban por aquí, ya de mayor, se largó con uno y nunca más quiso saber de nosotras. A mí, que siempre he sido una incomprendida, me dio por los hombres y ya ve usted, aquí me tiene, en el Texaco Girl´s y esperando a Cristina, que, como le digo, tiene que estar al llegar.

 

Caza Mayor

Estaba preparado cuando apareció el oso. Era exactamente el que nos había descrito aquella misma mañana el monitor en el pueblo. Tomé el rifle, adelanté el pie y me dispuse a poner su corazón justo en el punto de mira de la telescópica. Están bien empleados los 10.000 euros, pensé mientras apretaba el gatillo. Marqué el número justamente cuando el animal aún se debatía sobre la hojarasca. Se puso mi hijo y, emocionado, le narré cómo había matado yo solo al oso y añadí que acaso en ese instante aún le quedase un pálpito de vida. Mi hijo guardó silencio. Luego, tras pensarlo, me dijo: papá, cuando vuelvas, quiero que mates a mi maestra.

 

El diluvio, qué diluvio

De pronto, del cielo comenzaron a caer avestruces, gansos, garrapatas, jirafas, chuchos, hienas y otros cientos de animales de los que no había noticia. Al caer, unos se fracturaban las patas, otros se desnucaban por aquellas peñas o reventaban, flop, y todo lo que alcanzaba la vista lo dejaron perdido de vísceras y sangre. El tipo de las barbas mosaicas tuvo más suerte y cayó sobre unas retamas, pero la caída debió trastornarlo porque se jactaba de haber salido indemne de no sé qué diluvio y luego relataba la historia de una paloma que llevaba en el pico nada menos que una rama de olivo. Figúrese. ¿Un diluvio? ¿Qué diluvio, ni qué diluvio, si Dios había hecho que no cayera una gota durante los últimos siete años? No tenía más que ver cuánta desolación. Yo lo llamé loco e impío, pero indiferente a mis improperios, se sacudió la túnica y se alejó tan campante, silbando. Sepa que mañana, le grité alzando el puño, no quedará ni un solo bicho vivo. No tiene ni idea de cómo se la gastan por aquí los buitres. Pero, bah, no me escuchaba.