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Minificción de los jueves: Luisa Valenzuela

Luisa Valenzuela

Luisa Valenzuela

(Argentina, 1938) Luisa Valenzuela es una de las más importantes escritoras argentinas. En su narrativa, la situación social y política es vista con miradas intensas y alternas. La guerra sucia, el autoritarismo, la represión o la verdadera nacionalidad de Perón son alguno de sus temas. Es prolífica y exitosa: ha publicado ocho novelas, dieciséis libros de cuento, cuatro ensayos y todos han tenido múltiples ediciones. Ha sido traducida al inglés, portugués, alemán, italiano y serbio. Su minificción está recogida en Brevs. Microrrelatos completos hasta hoy (2004)

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Visión de Reojo

La verdá, la verdá, me plantó la mano en el culo y yo estaba ya a punto de pegarle cuatro gritos cuando el colectivo pasó frente a una iglesia y lo vi persignarse. Buen muchacho después de todo, me dije. Quizá no lo esté haciendo a propósito o quizá su mano derecha ignore lo que su izquierda hace. Traté de correrme al interior del coche -porque una cosa es justificar y otra muy distinta es dejarse manosear- pero cada vez subían más pasajeros y no había forma. Mis esguinces sólo sirvieron para que él meta mejor la mano y hasta me acaricie. Yo me movía nerviosa. Él también. Pasamos frente a otra iglesia pero ni se dio cuenta y se llevó la mano a la cara sólo para secarse el sudor. Yo lo empecé a mirar de reojo haciéndome la disimulada, no fuera a creer que me estaba gustando. Imposible correrme y eso que me sacudía. Decidí entonces tomarme la revancha y a mi vez le planté la mano en el culo a él. Pocas cuadras después una oleada de gente me sacó de su lado a empujones. Los que bajaban me arrancaron del colectivo y ahora lamento haberlo perdido así de golpe porque en su billetera sólo había 7.400 pesos de los viejos y más hubiera podido sacarle en un encuentro a solas. Parecía cariñoso. Y muy desprendido.

La Cosa

Él, que pasaremos a llamar sujeto, y quien estas líneas escribe (perteneciente al sexo femenino) que como es natural llamaremos el objeto, se encontraron una noche cualquiera y así empezó la cosa. Por un lado porque la noche es ideal para comienzos y por otro porque la cosa siempre flota en el aire y basta que dos miradas se crucen para que el puente sea tendido y los abismos franqueados.Había un mundo de gente pero ella descubrió esos ojos azules que quizá –con un poco de suerte– se detenían en ella. Ojos radiantes, ojos como alfileres que la clavaron contra la pared y la hicieron objeto –objeto de palabras abusivas, objeto del comentario crítico de los otros que notaron la velocidad con la que aceptó al desconocido. Fue ella un objeto que no objetó para nada, hay que reconocerlo, hasta el punto que pocas horas más tarde estaba en la horizontal permitiendo que la metáfora se hiciera carne en ella. Carne dentro de su carne, lo de siempre.La cosa empezó a funcionar con el movimiento de vaivén del sujeto que era de lo más proclive. El objeto asumió de inmediato –casi instantáneamente– la inobjetable actitud mal llamada pasiva que resulta ser de lo más activa, recibiente. Deslizamiento de sujeto y objeto en el mismo sentido, confundidos si se nos permite la paradoja.

Hay amores que matan

para Claude Bowald.


Ante lo sublime del paisaje él sintió la necesidad de expresar sin palabras lo que resonaba en su corazón desde que la conoció. Estaban en lo más alto del monte, a sus pies se encadenaban los lagos y frente a ellos, tras los lagos, la cordillera se erguía majestuosa y nevada.

Él busco por el suelo rocoso alguna mínima flor, no digamos ya un edelweiss, y sólo encontró una varita de plástico verde fluo, de esas que se usan para revolver el trago. Se la brindó a ella como una ofrenda: es mágica, le dijo.
Y ella, que compartía sus sentimientos, la aceptó como tal y para demostrárselo elevó la varita mágica en el aire y con gracioso gesto señaló el pico más alto que asomaba inmaculado a través de las azules transparencias pintadas por la lejanía.
Quiero una mancha roja allá, conminó.

Y ambos rieron.

Quien no pudo reír en absoluto fue el alpinista solitario que perdió pie en ese preciso instante y se desplomó sobre las afiladas aristas del barranco, poniendo una mancha roja precisamente allá, en el pico más alto.
Allá donde ni los dos enamorados ni nadie lograrían jamás verla.

 

Tres microfábulas políticas


G

Gorilas y gusanos gustan de la globalización. La gente gime, golpeada por garrotes de generales gorilas, guapos guarangos que galopan al grito de “¡Genial!”

Grandes gimnastas, los generales gorilas y gusanos se gratifican en grado gozoso, con el gaznate gárrulo. ¡Güai del gurí gay que los gaste! Son guapos, gelatinosos, gigantescos. Grandiosos gritones como guacamayas glorifican la guerra, los gladiadores, los gendarmes glaucos, los guardacárceles, y gozan del graznido de los gansos. En grupo, los muy gandules le granizan las guindas a la gente. Gobiernan con guardias y guaruras. Los gerentes les garpan grandes guarismos, pero golosos no gastan en guisos gremiales, no son gregarios, son grasientos granujas guardianes de la guillotina.

Moraleja

Un pasito a la izquierda suele mejorar la vida propia y la ajena.


P

Pingüina y Pingüino parecieron partir la Patagonia en partes proporcionales: para prevenir la piratería profana, propusieron. Pocos políticos prepotentes, pesados, paladearon la píldora: puras patrañas, protestaron, puras pavadas.

Pero personas probas piensan que el país progresó con pingüinos en el poder, paliando pecados de la propiedad privada. Los peligros prescriben porque priman las pasiones primordiales por sobre las patrimoniales. En política podemos participar paradojalmente pasando por principiantes pero practicando propuestas periféricas pacíficas y prácticas, permitiendo proposiciones populares, planteando problemas para procesarlos en profundidad.

La patria pide pista para planear por las plenitudes planetarias.

Moraleja

Suele ser más conveniente interceder desde el llano que convertirse en político.


V

Vacunos varios, variopintos y voluntariosos, vacían las vasijas de vidrio con verdadero valor. El vicio no los vuelve voraces, el vino los vivifica.

Vuelan voluptuosos los vampiros verificando la versión. Si vino el vino, vale vaciarles a los vacunos las venas. Votan volver a su vocación vertiginosa. Vislumbran victorias con virtuales visiones vitivinícolas, verdaderas vibraciones vandálicas, vikingas.

Las virginales vacas ven el vuelo de los vampiros y van con vocinglera voluntad a vacunarse con vitriolo. Verdaderos volcanes, violines violentísimos, sus vigorosas venas se vuelcan a vibrar. Ya vendrán los vampiros, a ver si son tan varones como vaticinan.

Moraleja

¡Fíate no más de las mansas manadas!