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Minificción de los jueves: Luis Barrera Linares

Luis Barrera Linares / MANUEL SARDA

Luis Barrera Linares / MANUEL SARDA

Venezuela, 1951. Narrador y ensayista. Ha publicados numerosos libros sobre teoría de la literatura, crítica literaria y lingüística, entre ellos: La negación del rostro. Apuntes para una egoteca de la narrativa masculina venezolana (2005). En su trabajo de ficción, que incluye En el bar la vida es más sabrosa (1980); Beberes de un ciudadano (1985); Para escribir desde Alicia (1990); Parto de caballeros (1991); Cuentos de humor; de locura y de suerte (1992); Sobre héroes y tombos (1999), Cuentos en-red-@-dos (2003) y La duda melódica. Crónicas malhumoradas (2013), el humor, la ironía y los juegos de palabras son una constante. Estos textos pertenecen a la sección “Breve alfabeto de Egoletrados” de su libro Breves y bravos, recientemente publicado

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Ágrafo

Su nombre  es  una leyenda en el mundillo literario.

Habla, opina, expone, dice, acepta, rechaza, aprueba, duda y murmura recurrentemente sobre el estado de la literatura local y sus escritores.

Funge de jurado severo y dicta sus veredictos inapelables.

Hace de crítico pertinaz y perdonavidas en cuanta charla participa.

Se le conoce como reseñador oral infalible.

Mienta y parlamenta luengos discursos sobre la escritura de los otros.

No queda plumista títere con cabeza en su verborrea incontenible.

Le dicen «poeta» en las historias de la literatura.

Se le cataloga de «ensayista» en los recuentos anuales.

Nadie duda de su condición de «narrador». Lo repiten los críticos, lo confirman los manuales.

Mas  suele argumentar que todas sus páginas escritas se las ha llevado un huracán, cuando no las ha sometido al yugo de la papelera o al desgarre.

Nada se conoce de sus célebres cartapacios.

Es maestro de la oralidad.

Le dicen el escritor ágrafo.

 

Oradora

La señora pasaba las noches releyendo sus libritos mediocres y soñando con entrar a la Academia de la Lengua. Rezaba y rezaba y rezaba con insistencia para que falleciera alguno de los numerarios y la incorporaran a ella en su lugar.  Al mes siguiente murió un académico. «Es mi turno» –pensó la golosa señora.  Y en efecto fue su oportunidad.

El día que ingresó y oralizaba su discurso, pomposa, sonriente, no se imaginó que acababa de incorporarse a la fila de los que andan en las oraciones de mucha gente. Varios de los supuestos futuros académicos que estaban en el público, escuchando su escritura destemplada, ya comenzaban a orar por su futura alma en pena.

 

Retador

Como todo escritor que se precie, aquel proyecto de escriba había decidido retar a Dios. Fue así como escribió un cuento en el que se desdobló en Lucifer.

A través de un oscuro y fétido túnel de perversidad, se narró a sí mismo pasando del infierno al cielo. Cuando llegó, preguntó por su supuesto contrincante y, como se le participó que no estaba, le dejó  escrito un mensaje: «¡que sea hombre y baje a enfrentarme!».

En efecto, nomás el interpelado puso los pies en la tierra, encontró a su retador  arrogante y presumido y también al imberbe que lo había creado. Ni su autor ni Lucifer tuvieron  tiempo de clavarle la espada al convidado a duelo. En apenas un segundo, Dios  fulminó a ambos con su mirada de rayos católicos.

 

Tótem-Kamon

Se siente un viejo escritor de historias conclusas; se asume honorable, parsimonioso. Es además quejoso y quejumbroso. Recurrente reclamante de sus derechos seniles. Ante cualquier evento inesperado saca a relucir sus ocho décadas de edad. Seis y media en la literatura. Tiene las neuronas blancas y exige ceremonial reverencia ante sus canas teñidas. Argumenta que debe respetarse el peso de su vasta bibliografía. Y también de su amplísima experiencia por el camino de la vida. «Ya no soy un niño y pronto estoy a la visita de una señora que alza una guadaña. Pido respeto cuando pido la palabra. Pido la paz para mis usuales rabietas  y pido que siempre se me escuche. No por viejo, porque no me siento viejo, tampoco por diablo porque vade retro». De retro viene: no atiende a nadie, no escucha a alguien, solo aspira a ser el tótem que nunca ha sido. Entre murmullos, la comidilla lo ha bautizado el tótem-kamon de la literatura nacional.

 

Urgido

Es rico de cuna y de canas. Siempre cree estar en la cima. Nunca resta, solo suma. Se pavonea y telefonea desde alguna europea residencia de verano. Desde allí mismo envía sus manuscritos (vía correo-e). Cada dos o tres horas coloca sus chatas manos sobre el teclado para chatear con su editora. Angustioso quiere cerciorarse de que ya han leído y digerido  sus últimos extensos y pesados escritos. Cuando se le dice que no, que es muy pronto, apunta y lanza el teléfono contra la mesa. Algo malcriado este ya anciano ejemplar. Siempre urgido para su éxodo, nunca ungido para el éxito.

 

Viviógrafo

Pasó la vida haciendo el trabajo para los demás. Acumuló miles de papeletas alusivas a la escritura de los otros. Buscaba igualmente que las referencias de sus volúmenes de ficheros pasaran a formar parte de otros libros que a su vez acumulaban cientos de ficheros.

Nunca supimos por qué nadie se atrevió a redactar la ficha sobre  su obituario.

 

Wagneriano

Siempre ha creído en la música de su escritura. Se asume discípulo de Wagner, aunque ignora sobre corcheas y pentagramas. Declara que sus textos son sonatas. Sin embargo, muy poco resonatean sus ecos literarios ante los oídos de los demás.

 

Xerófilo

Argumenta recurrentemente que nació para ser escritor. Y agrega que cada vez que se acerca al teclado se le reseca el cerebro.