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Minificción de los jueves: Lilian Elphick

Ha sido incluida en las siguientes antologías dedicadas al género: “Con pocas palabras”, “Microquijotes”, y “Porotos granados. Antología del cuento breve chileno contemporáneo”, entre otros. Mantiene el blog Ojo Travieso

Ha sido incluida en las siguientes antologías dedicadas al género: “Con pocas palabras”, “Microquijotes”, y “Porotos granados. Antología del cuento breve chileno contemporáneo”, entre otros. Mantiene el blog Ojo Travieso

Lilian Elphick (Chile, 1959) es una magnífica escritora chilena, cuya obra se debate entre la narración poética y la intertextualidad. Narradora, presidenta de la Corporación Letras de Chile y editora de su portal web www.letrasdechile.cl. Ha publicado: “La última canción de Maggie Alcázar” (cuentos, 1990); “El otro afuera” (cuentos, 2002); “Ojo Travieso” (minificción, 2007); “Bellas de sangre contraria” (minificción, 2009); “Diálogo de tigres” (minificción, 2011), “Confesiones de una chica de rojo” (minificción, 2013) y “K” (minificción, 2014). Su obra ha sido incluida en numerosas antologías en varios países. Sus textos han sido traducidos al inglés, alemán, francés, italiano y húngaro.Estos textos son inéditos, con la excepción del último, perteneciente a “K”, su homenaje a Franz Kafka

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Veinte siglos después

Arriba de su Lamborghini descapotable blanco, Julio César Avendaño Avendaño recibe los vítores del pueblo. ¡Viva Julito!, gritan las mujeres; ¡gracias, compañero!, vocean los hombres. Una lluvia de papeles de colores se posa en las hombreras de su saco Armani.

Julio César Avendaño Avendaño infla su pecho de un orgullo desconocido; hace unos años era un pobre traficante y ahora es un gran, grandísimo mercader que vuelve a su pueblo, hundido en la miseria. Lanza monedas de oro a la multitud enfervorizada.

—Recuerda que eres mortal –le susurra una mujercilla, casi una sombra.

—¿Eres tú, mamá? –pregunta Julio César.

Antes de que la mujer conteste que sí, Julito, soy tu mamá, vayámonos a casa y yo te daré cerdo a las brasas; bueno, no te vas a dar ni cuenta de la diferencia, el fuego arregla todo, mal que mal el gato estaba lleno de pulgas y de un solo guadañazo lo destripé; antes de que diga pío la flaca pelá, una bala loca entra por el bolsillo superior izquierdo del Armani, descosiendo el borde pespunteado en seda y tiñendo de rojo el clavel tan varonil de Julio César Avendaño Avendaño.

Hombre bueno

Ulises Eugenio Pérez Bonifacio nació y murió en el pasaje Ítaca 444, en el país de nombre pronunciable, pero prohibido. Si el desocupado lector mira el globo terráqueo podrá discernir que no se trata del fin del mundo. La zona no “cuelga” como ropa tendida, los barcos no zozobran en el estrecho pasadizo entre un mar y otro. Ulises Eugenio Pérez Bonifacio se crió con esa certeza. Fue un hombre bueno, el mejor: navegó de sindicato en sindicato señalando injusticias, malos tratos, atropellos, engaños. Alentaba a sus compañeros a preferir la igualdad y no el oscuro pensamiento del prejuicio; la lucha mano a mano y boca a boca y no la palabra inútil, esa obscenidad a veces llamada demagogia.

No lo detuvieron las balas ni el gran carro lanzaguas; no temió a los monstruos acorazados ni a los gases. Marchó junto con otros miles de Ulises por los puertos, los campos, las selvas, los intrincados caminos de la libertad.

Su casa, en el pasaje Ítaca 444, fue el refugio de los que huían, fue el pan de los hambrientos, fue, también, la rabia y el centro de la historia.

Lo mataron cuando ayudaba a su mujer a ovillar la lana recién cardada. Por la espalda vinieron los perros a morderle los huesos.

Lo vi todo en mis sueños y lloré al océano que me vio nacer y que recibió a Ulises Eugenio Pérez Bonifacio con la más calmada de sus aguas.

Bajo tierra

Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga lava las ropas en el río de piedras de canto rodado. Restriega y estruja. Coloca las prendas en la arena de la orilla, y entona una historia de manchas que no salen. Luego, irá a cosechar uvas, higos y papayas. No para en todo el día, ni siquiera para respirar y pensar que en 1889 yo entré al mundo con el mismo nombre.

No sabe leer ni escribir esta Lucila, de padre golpeador y madre muerta. Pero, ha sabido ganarse los laberintos del valle. Lavandera, temporera y prostituta cuando el sol desaparece detrás de los cerros.

Doy fe que aquí es oscuro. Nadie transita por mis huesos. Ella está arriba y yo abajo. A veces, me saluda. Algún día voy a leerte, le susurra a mi figura inmóvil, y desaparece por las angostas callejuelas de mi pueblo.

El ojo de vidrio

Jonás Nepomuceno, de alias El Tuerto, nacido en las espesuras de una gran ciudad, de cuyo nombre olvido por conveniencia, era un jaguar para ver de noche. Hacía su recorrido habitual de fechorías: robaba billeteras a borrachos y collares de perlas a damas solas. La cacería comenzaba pasadas las once, a la salida de los cines y restaurantes. Con el dinero obtenido, Jonás Nepomuceno, compraba comida y otros menesteres para los de su barrio. A la señora Godoy, por ejemplo, le dio un kilo de arroz, un litro de aceite y cuatro muslos de pollo. En cambio, Don Pedro, el jubilado, recibió fruta de la estación, café de grano y los pesos necesarios para pagar el alquiler. Todos estaban contentos hasta que vino la desgracia: fue detenido por un policía que le propinó una paliza tan atroz que Jonás perdió el ojo izquierdo. El barrio, como pudo, junto un dinerillo y le compró un ojo de vidrio. Cada vez que robaba, se le caía el ojo falso. Por este motivo, prefirió sacárselo y ser El Tuerto, sin más ni más. Cuando llegaba a casa, se ponía el ojo y no se le caía. Pero, un solo paso en la calle y el adminículo rodaba con alegría inusitada, pestañeando. Una noche, el ojo habló y Jonás le encontró toda la razón. Tenía que cambiar de rubro.

Un año después, el barrio le obsequió un perro guía, de nombre Blinky.

Fuga IV

“Suponía que el personal del ferrocarril quedaría aterrado con esa tos; pero ya la conocían; la llamaban tos de lobo. Desde entonces empecé a identificar los aullidos en mi voz”. 

“Recuerdo del tren de Kalda”, en Diarios, de Franz Kafka

Mi padre dijo que quien se acuesta con perros, amanece con pulgas, pero yo era un lobo tuberculoso que hacía temblar la estación de trenes con su tos. Los otros funcionarios me construyeron una caseta acolchada para que pudiera toser a mis anchas, sin molestar a nadie. Me dejaban niñas, abuelas y cazadores que yo devoraba con fruición. Botaba los restos para que los lobos verdaderos, que huían de los cuentos de hadas, pudiesen alimentarse.