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Minificción de los jueves: Lennis Rojas

Lennis Rojas / Foto tomada de su cuenta en twitter

Lennis Rojas / Foto tomada de su cuenta en twitter

(Caracas, Venezuela, 1977). Narradora, gerente cultural. Es la coordinadora del Ficción Breve Venezuela. También coordina el Premio de la Crítica literaria. Estos textos pertenecen a su libro inédito “Bestiario nocturno”

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Caballo y Dragón

El caballo es rígido, de metal fundido, pero aún así es difícil mantenerse encima de él. Salté una verja para montarlo, porque sé que es salvaje y eso me entusiasma. A pesar de que llueve y que se ha puesto resbaladizo, sigo sobre él. Lo abrazo y le froto el cuello con firmeza para que no le moleste. Dobla las patas y se tumba en el suelo para que deje de cabalgarlo. Me bajo pero no me voy. Sigo abrazada a él, hasta sentir que está más manso. Deslizo la mano por el lomo hasta los cuartos traseros, vuelve a doblar las patas y lo monto poco a poco.

La lluvia se hace más fuerte y nos interrumpe, se está inundando todo alrededor. Debo irme, quiero llevarlo conmigo, pero los caballos de hierro no corren. Me dice que me vaya. Camino por callejones de casas altas, de piedra. Escucho los ruidos detrás, sé que me persiguen. Entro a la casa y siento que se posa sobre el techo. No es una bruja de las que contaban mis abuelas, lo sé. Es distinto. Sus garras hacen ruido y se asoman por lo alto de la ventana. Contemplo sus escamas, lo arrugado de sus plantas, sus pezuñas afiladas. Enormes. Negras. Lo toco. Sé que me quiere llevar pero no puede. Entonces se levanta y vuela. Yo me quedo en la ventana, mirando sus alas y su cola de dragón alejarse por poco tiempo.

 

Serpiente

Es de noche. Estoy en la calle y es tarde. Solo llevo puesto una dormilona de algodón. Estoy a cuatro cuadras de mi casa, pero es tarde y tengo miedo. La calle tiene un movimiento inusual de gente que camina apresurada y mira a los lados. Bosquejo mi ruta a casa. Cruzaré la avenida y bajaré por la Iglesia frente a la Plaza, caminaré la cuadra del antiguo Concejo Municipal y doblaré en la esquina hasta la funeraria. Allí bajaré y antes de una cuadra habré llegado. No es lejos, pero un frío me sube desde la cadera hasta la nuca.

Voy a cruzar la avenida y lo veo venir. Sé que me hará daño e intento apartarme de su trayecto, pero no lo logro. El brillo es más rápido que yo, que apenas atino a sostener su mirada, su sonrisa de ojitos pequeños, su cicatriz en el pómulo. En el aire de la noche se dibuja una serpiente de plata. Me duele el vientre, siento el cuchillo deslizarse de izquierda a derecha. Lo saca y se va. Me quedo en medio de la avenida mirando mi dormilona rota empaparse. Abro la boca para gritar y despierto en mi cuarto. Está oscuro, pero pronto distingo las formas. Sudo. Me duele en la garganta el grito que se quedó atorado y me duele el vientre. Meto la mano bajo las sabanas y siento la sangre empapando mi dormilona rota.

 

Mariposa

El árbol de granada estaba lleno de pequeños lazos blancos hechos con pétalos de flores. Nos acercamos y vimos cómo aleteaban. El niño quiso atrapar una para hacerla volar. Le dije que “no es así. Mira cómo lo hago yo”. Puse mis dedos suavemente sobre las alas de la única mariposa verde que había. La tomé entre los dedos y se la mostré. La mariposa disfrutaba de la exhibición y mostraba sus alas de mapa de ríos.

Abrí los dedos para que volara, pero se quedó en mi mano. Sus patas se agarraban a mis dedos con minúsculos ganchos. Sacaba su lengua y probaba mi piel. Tenía que sujetarla con ambas manos, estaba creciendo y yo la acunaba mirando su carita de bebé. Alguien me empujó y se me resbaló de las manos. Pensé que se iba a quebrar, pero no. La tomo de nuevo y sus alas han cambiado. Se volvieron rígidas. Su mirada es dura. La abrazo, la beso y se va.

 

Elefante

El elefante aun pastaba cerca de las vías del metro cuando me asomé por enésima vez a la ventana. En ese tramo, el terreno a los lados se eleva en una colina que siempre, aún en los veranos más intensos, se mantiene verde. No podía creer que hubiese un elefante caminando por allí. Temía verlo resbalar y caer. Peor aún, temía verlo caer en el momento en que pasara el tren. Entonces me retiré de la ventana y comencé a contarte de un tapiz que tenía mi madre en el baño, donde había un elefante igual a aquel. El tapiz tenía una frase bordada. Crees que eres una mujer hasta que te descubres frente al dolor real.  No, no era esa la frase, digo. Pero tampoco logro recordar otra. Yo creía que era una mujer, hasta que conocí el verdadero dolor. Ahora soy un elefante suicida. No, esa tampoco es.

Miro de nuevo por la venta, me obligo. El elefante se ha caído. Está en las vías del tren. Sufre. Eso es dolor, pienso. Hay otro elefante más grande en el tapiz de mi madre, que se reproduce ahora frente a mi ventana. Va a saltar de una roca en lo alto de la colina. Se alza sobre sus patas traseras y eleva la trompa en un barrito que estremece el aire gris de la tarde. Ya que no puede hacer nada por el otro busca acompañarlo en el dolor saltando a las vías. Lo veo caer. Rodar. Sufrir. Pienso: Ahora soy un elefante suicida y entro en el tapiz para ir a buscar mi propia roca desde donde saltar.