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Papel literario

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Minificción de los jueves: Julio Estefan

Julio Estefan / Foto cortesía

Julio Estefan / Foto cortesía

(Argentina, 1963) Narrador, editor. Ha publicado “La excepción a la regla” (2009),  “Juegos de Superhéroes” (2010), “La señal inválida” (2011) y “La torre de papel” (2013). Desde 2009 es responsable de la editorial La aguja de Buffon 

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Cuestión de tiempo

Cuando perdió el reloj (y la mano con él) estuvo seguro de que, de ahí en más, el cocodrilo no volvería a sorprenderlo, merced al tic-tac que precedía sus ataques. Lo que Garfio no había previsto es que a él se le acabaría la cuerda al mismo tiempo que al reloj.

Una segunda oportunidad

El príncipe era flaco, desgarbado, con una palidez cadavérica, acentuada por sus negras ojeras. Era, además, bastante torpe. Sin embargo, estaba allí, frente a la Bella Durmiente, sin atreverse a besarla. Cuando finalmente lo hizo y ella entreabrió sus ojos, él estaba distraído siguiendo una mariposa con la vista. Esto le permitió a la Bella Durmiente echarle una ojeada y fingir que continuaba dormida. Había decidido aguardar una segunda oportunidad.

Progreso

En la tribu de los M’jú, el brujo era también el encargado de las cuentas. Su sistema de numeración era quinario: se basaba en los cinco dedos de la mano; merced a lo cual, pronto la tribu de los M’jú comenzó a destacarse del resto.

A medida que las colecciones de objetos de la tribu aumentaban sus elementos, el brujo comenzó a utilizar ambas manos y luego ambos pies.  El progreso fue tal que a continuación se necesitaron más y más dedos.

Comenzaron así las mutilaciones, con lo cual el progreso se detuvo y la tribu de los M’jú terminó por desaparecer dejando estancado por siglos el desarrollo de la matemática.

Adiós al Ratón Pérez

Anoche escuché un ruido en el desván. Nuevamente habrán invadido las ratas, pensé, y fui en busca de una trampa.

Coloqué una porción de queso, estratégicamente en el centro, tensé el resorte y listo, la trampa quedó a la espera entre los trastos viejos.

No recordaba que a mi hija, de apenas seis años, se le habían caído dos dientes y los había puesto debajo de la almohada, esperando el consabido trueque con el Ratón Pérez. No lo recordé hasta escuchar el ruido de la trampa y el grito de mi hija.

Corrí al desván con el remordimiento pisándome los talones. Llegué a tiempo para ver a Pérez saliendo por la ventana, diciéndome adiós con el queso en la mano y el reproche en los ojos.

En mi casa, desde entonces, hemos eliminado las trampas.

Pésima puntería 

Hasta hoy nadie lo dijo: Guillermo Tell te-nía una pésima puntería.

Sucedía, en realidad, que su hijo menor poseía un ojo privilegiado. En cuanto salía la flecha del arco el niño se movía imperceptiblemente, con la rapidez del rayo, logrando que la saeta diera en el blanco.

Vivió a la sombra de su padre mientras Dios le conservó la vista.

Enojo

A Bruce Banner nadie lo invita a jugar. Los otros superhéroes coinciden en que tiene un carácter podrido. Cada vez que pierde se enfurece y se pone verde de envidia. Se queda enormemente enojado y con las ropas hecha jirones. Ya nadie lo aguanta.

La sopa de piedra

El explorador solitario Mathius Cross caminaba por una aldea africana con ojos ávidos de descubrimientos, cuando observó que los niños presentaban serios indicios de desnutrición. Observando a toda la comunidad verificó sus sospechas sobre la escasez de alimentos. Recordando aquella famosa fábula, del libro de Mary Brown, donde un hombre propone la cocción de una sopa de piedra, decidió hacer lo mismo. Puso a hervir un enorme caldero y añadió tres piedras de regular tamaño. Luego, con su mejor cara, la probó y anunció a todos los curiosos que el caldo estaba bueno, pero que convenía añadirle algo más, cualquier cosa que tuvieran a mano, para mejorar el sabor. Uno de los hombres se acercó y probó la sopa. Quitó una piedra y la estrelló en la cabeza de Mathius Cross, cayendo este fulminado junto al caldero. Después lo cocinaron a fuego lento, y así fue como aquella tribu de caníbales se salvó de morir por inanición.

El reloj de arena

Un niño juega en la playa. Cava un pozo en la arena, cada vez más profundo. De pronto golpea algo duro. Se detiene y mira: en el fondo del pozo hay una cuña de madera. Con sus tiernas manitas afloja la cuña; la quita, y la arena comienza a caer por el agujero. Luego cae el niño, la playa, el cielo, las estrellas, el Universo…

Más tarde, Alguien da vueltas el reloj de arena y entonces un niño juega en la playa.

Los unicornios

Dicen que en el claro del bosque viven los últimos unicornios. La gente está inquieta: quieren capturar uno vivo y confirmar su existencia.

Dicen que para hacerlo, una doncella debe internarse en el bosque y el unicornio, dócilmente, saltará a sus brazos.

Una a una han enviado a todas la jóvenes del pueblo y cada una ha regresado con las manos vacías.

Por no descreer de las doncellas, dicen ahora que todo era un mito y el pueblo ha vuelto a la normalidad.

En el claro del bosque continúan viviendo los últimos unicornios, sin que nadie los moleste.

Causa y efecto

Pedro muerde su bronca y se contiene. Con la cucharita crea remolinos en la taza de chocolate. El profesor de matemáticas, quien le ha devuelto el examen desaprobado, siente un leve mareo. Una mariposa revolotea por el aula. Pedro piensa qué le dirá a su madre: tiene que repetir el curso. Agita aún más el chocolate mientras el docente cae al piso y el aula y el resto de los alumnos giran incontrolablemente en su cabeza. Pedro da un sorbo a la taza, se traga la bronca y se resigna. Al profesor se lo lleva una ambulancia. Pedro todavía no conoce los misteriosos poderes que lo asisten. La mariposa ha desaparecido.