• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Minificción de los jueves: Juan Armando Epple

Juan Armando Epple / Foto cortesía

Juan Armando Epple / Foto cortesía

(Chile, 1946). Ensayista, cuentista, profesor universitario, es uno de los primeros y más destacados estudiosos de la minificción. Ha editado varias antologías del género, entre otras: “Para empezar. Cien microcuentos hispanoamericanos” (1990), “Brevísima relación. Nueva antología del microcuento hispanoamericano” (1999), “Cien microcuentos chilenos”  (2002) y “Microquijotes” (2005). Sus minificciones están en: “Con tinta sangre” (1999 y 2004)) y “Para leerte mejor” (2002)

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El Chacal

Analfabeto, alcohólico, vagabundo, fue detenido por asesinar a una familia campesina y conducido engrillado a la cárcel. La prensa le dio el apodo de El Chacal. En la cárcel, mientras era sometido a un juicio largo y engorroso, le cortaron el pelo, le dieron un traje de ciudad, le enseñaron a leer y escribir, estudió la Biblia con el capellán del penal, se informaba de las noticias en los periódicos que compraban los gendarmes y al poco tiempo sabia responder de manera inteligente las preguntas de los periodistas.

Cuando se hubo transformado en un ciudadano ejemplar lo fusilaron.

 

La Llamada

–Tiene derecho a una última llamada– le dijo el gendarme.

El condenado a muerte llamó a su casa y preguntó por su esposa.

–La señora salió temprano– le explicó la mucama– me dijo que iba a una boutique a comprarse un traje nuevo, luego pasará a la peluquería y me encargó que pusiera la champaña en el refrigerador.

 

Su Última Cena

–La ejecución es mañana al alba– le anunció el capellán de la prisión de Fort Worth. No olvide que tiene derecho a elegir lo que quiere comer esta  noche.

Después de pensarlo un poco, el condenado respondió:

–Por favor dígale al cocinero que para esta noche quiero huemul patagónico al horno, puré de papas moradas del Cuzco, postre de pitahaya y jugo de mangostán. Era la fruta preferida de la reina Victoria. 

 

La Buena Muerte

En la prisión de Corpus Christi, Texas, había llegado la orden de ejecutar a un sujeto condenado por matar a un guardia fronterizo. Pero la cámara de gas ya no funcionada, la silla eléctrica había carbonizado a los últimos ejecutados y el verdugo que se especializaba en la horca estaba jubilado. La inyección letal había sido prohibida en el estado luego que uno de los prisioneros había quedado en estado catatónico, y sin querer lo enterraron vivo. Los gendarmes se negaban rotundamente a participar en fusilamientos. Esa noche llegó a verlo el capellán:

–Hijo mío, te traigo una mala noticia. Estaba preparado para darte la extremaunción pero me acaban de avisar que tu ejecución se suspende indefinidamente hasta que se invente un método cristiano y a prueba de errores técnicos y humanos.