• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Minificción de los jueves: José Urriola

José Urriola | Cortesía

José Urriola | Cortesía

(Venezuela, 1971) Graduado en Comunicación Social. Narrador. Ha publicado la novela Experimento a un perfecto extraño (2012) y el libro infantil Chupetes de luna (2013). Es nuestro nuevo maestro de la literatura de ciencia ficción

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Políticamente Correcto

Él es un hombre políticamente correcto. También, es verdad, un psicópata asesino. Pero antes que nada es un tipo políticamente correcto. Por eso es que apuñala exclusivamente con tijeras punta roma, no desuella nunca un cuerpo sin sus cuchillos planos para untar, y jamás será vaciada por él una cuenca ocular sin sus cucharitas plásticas de fiesta. De ignorantes malagradecidos está plagado este mundo infeliz, piensa pero sin decirlo.

Mira Para Abajo

Todo, absolutamente todo eso aplastado contra el suelo y que evitamos pisar, esconde una historia tragicómica. No, mentira, a veces de terror.

Mejor por Teléfono

Primera llamada. Ella está sola en casa, como siempre. Repica el teléfono. Atiende. Número equivocado. Al otro lado de la línea, él no sabe a dónde llama. Ni a quién.

Día siguiente, misma hora, segunda llamada.

– Hola

– Hola

– Qué bueno escuchar tu voz de nuevo… te he extrañado.

– Y yo a ti

– ¿Me llamas de nuevo mañana?

– Por supuesto.

– Vale. Adiós.

– Adiós.

Repetirán el mismo parlamento, idéntico, a la misma hora, todos los días por el resto de sus vidas. Ni una palabra más, ni una menos. Sin atreverse jamás a cruzar la línea de seguridad. Sin asomar siquiera la idea de quedar, de conocerse.

No fuera cosa que se arruinara todo eso que se perdieron.

Las ínfulas de la mediocridad

Desempolvó aquel viejo aparato de radio y lo enchufó convencido de que ya no serviría. Un sonido de estática inundó el ambiente. Subió el volumen. Giró la perilla a través del dial, la aguja se desplazó como la lengua de un insecto naranja sobre una cinta métrica iluminada por gases nobles. Un chasquido agudo, música mala, otro chasquido, más música mala, locutor, estática, locutor, comerciales, locutor, chasquido agudo, locutor con música mala. Se acabaron las emisoras. Recordó un juego de la infancia que nunca más había vuelto a practicar: hacer girar con todas sus fuerzas la perilla circular en un solo envión, hacer rebotar la aguja naranja en el extremo del dial, verla frenarse lentamente de regreso en cualquier estación al azar. Y condenarse a escuchar lo que fuera que sonara allí.

Entonces, cuando la aguja se detuvo en aquella estación perdida en la región más extrema del dial, allí donde nadie sintonizaba jamás, escuchó una voz metálica como de lejanas hormigas robóticas. Subió más el volumen y prestó atención pegando la oreja a la única bocina que traía incorporada el aparato. Las voces estaban dictando algo. Un dictado al que sólo interrumpían para girar una única instrucción que no podía dirigirse a nadie más excepto a él: “Anota, idiota”.

Y les hizo caso. Con disciplina de artesano se dedicó a transcribir aquellos dictados transmitidos desde la recóndita estación de las hormigas robóticas. Los organizó en un libro, los firmó con su nombre. Sus pocos lectores –incluyéndose– la consideraron una obra digna, auténtica,  íntima, seria. Esas cosas que nada significan hoy para casi nadie.

Un día quiso sintonizar de nuevo la estación fantasma para recibir su dictado. Ya no estaban. Pura estática, más chasquidos, acaso la voz que a veces se colaba de un locutor de un frecuencia próxima hablando sandeces y poniendo más música mala. Apagó la radio y entendió que ahora le tocaba a él escribir su propio libro.

Quiso imitar el estilo de las hormigas, hizo una réplica metódica de sus dictados ahora imaginarios, copió rigurosamente la estructura de sus frases, guiños y metáforas, se plagió a sí mismo (al escritor que jamás fue). Publicó su libro y resultó todo un éxito. Era una escritura vacía, estéril, hecha para complacer a otros; pero buena para engordar sus ínfulas de mediocridad pura. Se hizo famoso, ganó decenas de premios, se convirtió en best seller, hizo giras, repartió entrevistas como metralla y recibió aplausos. Esas cosas que significan tanto hoy día.

La vida del muerto

No recordaba de quién era el poema, pero le gustaba decir que era de Baudelaire o de Mallarmé, alguno de esos que citas y todos dicen qué culto, qué buen gusto, éste se nota que es de los que saben mucho. A lo mejor (seguramente) lo había inventado él mismo pero entonces ya no era tan bueno:

Y probaré de las flores de muerte,

para ausentarme de esta vida por un día o dos.

Espero al volver haberte olvidado

o que tú me hayas vuelto a querer.

Pero no fue a la poesía que dedicaría su vida sino a la botánica. O a la manipulación genética de las plantas, más bien. Creó, haciendo híbridos de plantas urticantes con insectos tóxicos y drogas sintéticas, una nueva especie de amapola a la que bautizó como Papaver Resurrectum. No eran otras que las flores del poema.

Mañana, pocos minutos antes de que estalle la última guerra y todas las especies vivas desaparezcan de este mundo sin dejar siquiera memoria, él probará sus amapolas de muerte y resurrección. Dormirá un par de días mientras todo es borrado. Cuando despierte de su letargo, y regrese del más allá, gozará el privilegio de ser el único ser viviente en este mundo. Y comprobará, qué desgracia enorme la suya, que la literatura sí que salva.

@Jsurriola 

http://joseurriola.blogspot.com/