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Papel literario

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Minificción de los jueves: José Luis Zárate

José Luis Zárate / Foto imaginacionmx.tumblr.com

José Luis Zárate / Foto imaginacionmx.tumblr.com

(México. 1966) Novelista, cuentista, ensayista, tuiterato. Fundador de La langosta se ha posado, la primera revista electrónica mexicana de ciencia ficción. Ha publicado, entre muchos otros: “Cómo terminó la humanidad” (2013), “Castillos que se incendian” (2012), El tamaño del crimen” (2012), “La máscara del héroe” (2009), “En el principio fue la sangre” (2004), “La ruta de hielo y sal” (1998)

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I want to believe

La presión fue, por fin, demasiada. Buzz empezó a llorar en medio del homenaje. Había callado la verdad durante sus años dorados, durante el oscuro periodo de alcoholismo, pero ahora, rodeado de sus viejos compañeros que también habían sufrido lo mismo, no pudo soportarlo.

–Desde la Luna los astronautas tenemos otra perspectiva –decía Armstrong.

Buzz lo apartó del micrófono, y dijo:

–Todo es un montaje. Había luces, un fondo con estrellitas, un set construido apenas para dar el efecto. Mentimos. Todos mentimos: Científicos, astronautas, políticos. Todos colaboramos con el engaño. Los flashes, las cámaras, los micrófonos.

–¿Quiere decir que nunca llegamos a la Luna?

Buzz Aldrin lo miró, desconcertado. ¿Es que no entendían nada?

–Llegamos a la Luna. Desde ahí vimos el montaje. La Tierra cuelga de un hilito.

 

Space and beyond

Que difícil es ser nudista allá afuera.

 

Envueltos en fuego

Revisaba la máquina todos los viernes, lo pulía los jueves, en vacaciones reparaba la pintura, cuando no lo veíamos se sentaba frente a los controles y daba el mínimo de energía para que los diales se movieran y una voz metálica le dijera “Buenos días, Capitán”. Un buen día nos dimos cuenta de los primeros signos de herrumbre, del trabajo que le costaba reconocer las piezas, que dejaba a un lado la brocha para recuperar el aliento cada vez más seguido. Ayudamos como podíamos, pero el oxido era más persistente que todos nosotros. Los demás veían sólo un cohete, nosotros el tiempo roto de nuestro padre. Cooperamos para mantener los diales funcionando, que el sillón de capitán fuera lo más cómodo posible. Sabíamos que cuando el último led se apagara también lo haría él. Mientras, lo escuchábamos hablar de cohetes y astronautas, de motores destellando envueltos en fuego, y prometíamos teletransportarnos el siguiente sábado para traerle a los nietos.

 

 

Tiempo-relativo

Le hablaría de Ard-27 y sus cristales vivos, de la lenta migración de volcanes en Guened, del extraño color del universo cuando se acercaban a la velocidad de la luz antes de saltar al hiperespacio. De lo mucho que sentía que el tiempo se modificara en el viaje espacial, y mientras él la añoraba un día, para ella seguramente había transcurrido un mes, un año, una década. La sirena de desembarco empezó a sonar y él se preguntó que iba a decirle a la anciana que había dejado (bella, joven y resplandeciente) en el tiempo-relativo.

¿Qué se puede decir a los que uno dejó definitivamente atrás?

Traía flores, objetos, joyas, recuerdos, y todo eso no serviría para más que hacer definitivo el error que cometió al dejarla atrás en el tiempo.

Abrió la puerta de la casa para encontrar a la anciana rota y se topo con una mujer resplandeciente.
–¿Sus? –dijo él, maravillado– ¡SUS!

La tomó en sus brazos, la cubrió de besos: su aroma limpio, su maravilloso pelo, su voz:

–Bedss.

–Pero... ¿cómo?

–Embarqué en las nuevas naves, las que surgieron un par de años después de que te fuiste, fuimos a Algeron, a Nimida, a…

Ella había visitado más planetas y saltado más veces al hiperespacio. Estaba ahí un par de días antes de irse a otra galaxia.

Él sintió que el corazón se rompía de felicidad, le temblaron las piernas, tuvo que sentarse mientras ella danzaba a su lado, tomando las cosas que había traído y tratando de acomodarlas en los estantes llenos de maravillas.

Él sonreía, feliz, y no se daba cuenta de que ella no lo había besado.

Para la mujer era un desconocido de la edad de su padre.

Ella trataba de cubrir el silencio con su charla, pero sabía que tarde o temprano debería decirle que era momento que él se marchara, esta vez para siempre, pero no encontraba la frase, la palabra inicial, porque, después de todo ¿qué se puede decir a los que uno dejó definitivamente atrás?

 

Pena

Viajeros temporales, DNAutas, embajadores intergalácticos, exploradores virtuales… sus compañeros dejaban a sus padres presentarse a la clase, mientras él se maravillaba de tantas labores distintas, tantas, y debía admitir que su padre no era más que un mísero astronauta.

 

Maldita Luna

¡Vive el sueño! ¡Vive en la Luna!

Pero nadie le comentó sobre el maldito aire embotellado, la permanente claustrofobia, las multitudes envasadas, la falta de intimidad, el aislamiento, la soledad, el desánimo, la depresión, que un sexto de gravedad implica que todo suicida tiene más tiempo para caer, para asustarse, para intentar inútilmente detenerlo todo…

Maldita Luna.

 

Oxidado

Con que entusiasmo sentía al futuro llevarme consigo, con qué alegría él y yo veíamos cada día, pero los años pasan y uno empieza a apreciar cosas como las horas lentas y el simple sol calentando los huesos. Acompañé a mi nieto al parque y me quedé mirando el oxidado horizonte, escuchando jugar a los niños con los plásticos olvidados y las máquinas muertas y no escucho un solo sonido artificial. Suspiro. ¿Por qué no te fuiste al mañana, al espacio a donde fuera que deberías ir? ¿Por qué te quedaste conmigo que hablo de nostalgia y ayer como hacen todos los viejos? ¿Por qué no me abandonaste, futuro?