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Minificción de los jueves: Jesús Esnaola

Jesús Esnaola | Foto Cortesía

Jesús Esnaola | Foto Cortesía

España, 1966. Narrador, solo escribe minificción. Dice que profesionalmente ha sido vendedor de enciclopedias, panadero y guardia de seguridad. Es fan de la literatura fantástica y fantasmal. Ha publicado: “Los años de lluvia” (2012)

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Insomnio

Madrugo. ¿Por qué? Qué más da.

Debo esperar, sin embargo, a que el sol ascienda en el horizonte, necesito las corrientes de aire caliente para poder alzar el vuelo.

Con las alas desplegadas, planeo hasta las montañas del Cáucaso, hasta la plataforma que como un balcón con vistas, asoma en una pared vertical. Y me poso.

Mi torpeza en el suelo lo despierta e inclino la cabeza varias veces, a modo de saludo, como cada mañana. Él, al intentar moverse, hace tintinear la cadena que lo mantiene amarrado a una roca. Me mira con más repugnancia que temor; eso duele. Su piel se muestra blanca, como un lienzo sin estrenar, no queda rastro por ningún lado de lo que ocurrió el día anterior. 

Lanzo el primer picotazo. Le arranco un buen pedazo de carne del costado y todo se tiñe de rojo. Él aprieta los labios, los ojos, y solo un gemido se le escapa. No me importa su dolor.   Lo único que me preocupa es devorarle el hígado cada día. Y meto la cabeza en su herida hasta que me lo como entero, picotazo a picotazo, sin dejar nada, sin pasión ni crueldad.

Acabo antes que el día, necesito el sol para poder volar. También él necesita la noche, porque durante el sueño   el hígado volverá a crecerle, deshará mi trabajo para que pueda volver a empezarlo al día siguiente. Regreso.

Por la mañana madrugo. ¿Por qué? No deberías hacer preguntas cuya respuesta prefieres ignorar. Madrugo. Qué más da.

 

Kind of black

Desgrana la melodía mientras deambula por el escenario apuntando la trompeta hacia la tarima, como lo haría un zahorí con su vara en busca de agua. Se detiene en un lugar concreto y comienza dibujar la improvisación, una filigrana de escalas, arpegios y acordes donde la disonancia trabaja por la coherencia. De espaldas al público, la trompeta comienza a generar un remolino que perfora el suelo y atrae al público reunido en la sala, lo succiona como un agujero negro que ni siquiera deja que escapen la luz y el tiempo. Después, durante el solo de contrabajo, las manecillas de los relojes vuelven a moverse y todo parece un mal sueño.

Por si acaso, antes de que retome el tema melódico central, todos huyen despavoridos sin darse cuenta de que ya no hay ningún lugar a dónde ir.

 

Elemental

Mientras Watson se acuclilla junto al cadáver, Holmes, envuelto en la nube de humo que sale de su pipa, examina la habitación en que se encuentran. Mientras Watson observa el puñal que la víctima tiene clavado entre los dos omoplatos, Holmes repasa las paredes desnudas sin una sola puerta o ventana, estudia el cubo perfecto de muros lisos que los rodea. Mientras Watson, seguro de que el hombre ha sido asesinado, se pregunta cómo el asesino ha podido salir de aquella trampa sin escapatoria, Holmes, confundida su silueta con el humo del tabaco, se pregunta intrigado cómo han podido, Watson y él, llegar a aquel lugar.

 

Armisticio

La Guerra de las Aves finalizó con el execrable y vil bombardeo de Olvido. Dos escuadrones de aviones salieron de la base aérea de Ciudad y soltaron sobre Olvido miles de toneladas de bombas que, como era de suponer, nunca llegaron a su objetivo. Las bombas olvidaron su destino a mitad de camino, por no hablar de que nadie en Olvido recuerda la Ley de la Gravedad. Tampoco corrieron mejor suerte las fuerzas terrestres que atravesaron Olvido ante la estupefacción de sus habitantes, atrincherados en sus casas pero ignorados como si fueran invisibles. Así que el informe del teniente general Quincoces dejó bien claro que Olvido había sido borrado del mapa y, con su exterminio, la guerra podía darse por finalizada.

Años más tarde, las pruebas de que Olvido seguía en su sitio, intacto, eran irrefutables, pero desde Ciudad nunca se reconoció esto y las autoridades siguieron comportándose como si fuera poco menos que un espejismo que engañaba los sentidos de los más románticos.

 

Diagnóstico

Dicen que Pedro es epirativo. Es como una enfermedad. Pedro no se puede estar quieto ni en clase y el profesor siempre lo castiga. Mamá, muchas veces, me dice que lo lleve al parque, que bajemos con las bicis, nos dice, que nos cansemos bien a ver si así hay quién nos aguante. Mamá siempre nos lo dice a los dos porque sabe que soy mayor y me doy cuenta de que lo hace para que Pedro no se sienta solo, enfermo y no la mire desde abajo como si no la viera. Y Pedro y yo vamos al parque, echamos unas carreras con las bicis, saltamos por los montículos y derrapamos en los charcos y, al final, vamos al mismo árbol de siempre, un poco escondido, donde Pedro se tumba mirando al cielo y, mientras caen algunas hojas sobre él, comienzan a salirle por la boca hormigas, escarabajos, arañas y alguna mariposa que yo intento cazar hasta que él, agotado, vuelve a levantarse.

 

La cena

Todos en casa se alegran de que me hayan seleccionado. Bueno, no sé mamá porque siempre llora esté triste o contenta. Y siempre se lleva a los labios el crucifijo que le cuelga del cuello y murmura para sí misma palabras ininteligibles. Así que la beso, me despido de los demás y camino hasta la casa donde me reúno con los otros once elegidos. Nos sentamos alrededor de la mesa y esperamos a que llegue Josuah.

Frugal. Algo de pan y un poco de vino. Cuando acabamos de comer y beber, colocamos alrededor de nuestros cuellos las sogas que, como aureolas, coronaban durante la cena nuestras cabezas.

 

La cigüeña negra

Desde el campanario más alto de la comarca domina los pueblos dispersos por el valle. De lejos parece una cigüeña pero sin las plumas blancas que a estas les otorgan respetabilidad y elegancia. Solo destaca en su negrura un gran pico rojo con el que crotora por la noche, tras lo cual se queda muy tiesa y escucha al valle, lo que el eco le devuelve. Después, como un oráculo que anticipa el porvenir, cierra los ojos un segundo y alza el vuelo, en busca del origen del sonido.

Su vuelo es circular, silencioso, solo la delata el batir de alas que la ayuda a frenar para posarse. Tal vez si fuera mortal prestaría más atención a las maniobras de los del pueblo que, cuando la sienten acercarse, cuando perciben la breve brisa de muerte que trae su aleteo, se encierran en sus casas y cenan reunidos, abrazan a sus hijos y los consuelan, cada uno convencido de la inocencia de sus pequeños.

Porque a la mañana siguiente, cuando los niños salen de casa para ir al colegio, a bañarse al río, o a acompañar a padre y madre a realizar las tareas del campo, la cigüeña negra los sobrevuela, encuentra al error del que el eco le habló por la noche y lo pinza con su pico por el pantalón, la camisa o los pelos si es necesario para llevárselo volando, de vuelta, al lugar de donde nunca debió salir.

Y el pueblo queda triste unos días, solo unos días, que después se pasa todo.