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Papel literario

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Minificción de los jueves: Javier Perucho

Javier Perucho | Foto: Cortesía

Javier Perucho | Foto: Cortesía

Narrador, ensayista, antólogo y editor mexicano. Tiene varios estudios sobre la minificción y los aforismos. Además, es sirenólogo, un experto en las sirenas de mar y las aladas. Ha publicado varios libros de ensayo sobre la literatura chicana y de inmigrantes mexicanos. En minificción sus libros son: “La música de las sirenas” (2013); “Dinosaurios de papel. El cuento brevísimo en México” (2009); “Yo no canto, Ulises, cuento. La sirena en el microrrelato mexicano” (2008) y “El cuento jíbaro. Antología del microrrelato mexicano” (2006)

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Infidencias de Humbert Humbert

Retozaba con Lolita sólo cuando su ciclo circadiano se anunciaba por los cólicos, justo en ese instante olía su cuenca, oteaba sus enaguas y, si mostraban rastros de sangre, me disponía a sorberla por la noche. Mentira que gozara de ella. Conmigo no conoció hombre. Únicamente me importaba su ninfulidad y la sangre virginal que escurría de su vértice, por eso nunca la penetré, ni la poseí por otros frentes. Sangre, virgen y nínfula: una promesa triplicada de vida: la mía. Nada más buscaba su sangre menstrual, que bebía directamente de su fuente, labios embrocados en otros labios. A ella no le gustaba –eso decía, la muy ladina, pero sus pupilas se iluminaban con lujuria gatuna en cada lengüetazo–, mas yo me afanaba hasta que dejaba de arañarme o empujarme o gritarme maldiciones en ese dialecto de carretonero para que no sorbiera más de su manantial. Al resistirse felinamente a que le chupara el líquido de su musgo, se intensificaban sus gemidos, espasmos y desmayos. Cuando terminaba su periodo –días de luna, así los llamaba Lolita– daba la espalda a esa mugrienta infanta pedorra en nuestro lecho. Yo lo único que quería era mantenerme sabio, joven y blanco sorbiendo sus fluidos. Nada más.


Zoofilias

El pastor mima a sus cabritas entre los matorrales de la cañada. Yo, a mi sirena la embroco entre las piedras musgosas del acantilado y los bramidos del mar.


Bolero

Me acordé de ti para olvidarte ahora que ya no estás conmigo. Te aviso que nadie ocupa tu lugar. Recordándote, te he olvidado. Sólo dejaste sangre, rencor y olvidos en casa. La sangre del cocinero que asesinaste por el maldito chisme de Cristina la envidiosa ahora nos persigue. El pobre sólo nos visitaba por las tardes para traernos la comida sobrante de su trabajo. Sus hermanos hierven de rencor y por su madre nos enteramos que apenas te aparezcas por la casa cobrarán esa sangre con otra sangre.

Antes de despedirnos para olvidarte, te recuerdo que aquí nos abandonaste, aquí nos dejaste. Para dejar de recordarte te cuento que, a la mañana siguiente de que apuñalaras al cocinero, llegó la policía preguntando por ti, pero nada sabíamos de la tragedia. Los gendarmes entraron a la casa sin pedirlo, revolvieron los cajones para pepenar los anillos, los aretes y las pulseras, además arramblaron con los míseros billetes que guardaba en el monedero, de esculcar en la alacena y destrozar un cuadro para arrancar tu fotografía, después se largaron azotando las puertas y gritando chingaderas por la vecindad, aunque olvidaron tu rostro desarraigado. Hasta ellos se olvidan de ti. Ahora te recuerdo que tú fuiste el único hombre que entró en mi vientre, al que le ofrendé mis senos, le abrí el compás de mis piernas y el único a quien le murmuré no mi amor, sino el deseo con tu mástil mayor entre mis labios, susurrándotelo. Si bien te va, allá estarás tú carcomiéndote en tu soledad. El olvido tú lo pagarás. Aquí nos dejaste, aquí te olvidamos.

Tu hijo cuando preguntaba por ti, se desesperaba de que no llegaras a casa por las noches. El niño ahora no tiene leche, aunque ya no pregunta dónde estás, pues cansado de esperarte ya se olvidó de ti. También tu nombre lo he tachado de mis recuerdos. Para Abuela ya no existes, para mí tampoco, así que donde te encuentres, haz lo que sabes: busca una mujer que planche tus silencios, lave tus ausencias y sazone con vinagre ese humor de perros que agüita tu carácter. Aquí nos abandonaste, aquí nos despedimos. Aquí te libero, segura de que tus penas las compurgarás en el infierno de tu desdicha. Nada sabemos de ti. Tu recuerdo descansa en la paz de un sepulcro sin nombre. Allí te dejamos, aquí te olvidamos, amor de mis ayeres.


Nostalgia del lodo

Todo en ellos delata una profunda nostalgia del lodo.

Salvador Elizondo, Ambystoma tigrinum

¡Cuántos instantes de felicidad me concedió durante mi infancia ese animal! Y algunas lágrimas. Apenas terminaba de llover, corría solo o con mis amigos hacia los charcos que se formaban en torno a la presa del Capulín. Anidaba ahí, bajo el reseco lodo, fuera de la temporada de lluvias, pero apenas se anunciaban los truenos agitaba nerviosamente su cola espermática y su cabeza glandeal se asomaba entre los terrones agrietados solicitando torrente. Yo los atrapaba con cierto temor por las palabras de Abuela: Se te meten por la planta de los pies descalzos. Y en las mujeres traspasan las enaguas. A pesar del miedo anidado, no le hacía caso y lo apresaba con la mano para depositarlo en un frasco de vidrio, que luego lucía triunfante entre mis amigos de la calle, quienes, no sin cierta envidia, me lo querían comprar, pero nunca se los ofrecí. Que ellos se descalzaran, arremangaran el pantalón para caminar entre el lodo y soportaran los fétidos olores de la cenagosa agua. Y más tarde aguantaran los gritos de Madre, ¡Ónde andabas, recabrón! Te ando buscando y nadie me cuenta tus pasos, y en caliente llegaba la cachetada, el cinturonazo o la pedrada, que dependían de la inmediatez de los utensilios o de mi cercanía. Una lágrima nomás escurría.

Ese animal se llama ajolote, así llaman a esa larva que anida entre las charcas.