• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Minificción de los jueves: Ildiko Nassr

Ildiko Nassr / Foto cortesía

Ildiko Nassr / Foto cortesía

(Argentina, 1976). Narradora, poeta, profesora. Ha publicado Vida de perro (1998); Reunidos al azar (1999);  La niña y el mendigo (2002) y Poemas para el olvido (2006). Sus libros de minificción son Placeres cotidianos (2007) y Animales Feroces (2011). Los textos que siguen son inéditos.

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Inés

Dobló las medias que estaban secándose al sol, se me fue la mano con la lavandina. Las escondió en un rincón del cajón y salió rápidamente del cuarto. Tenía un cuento que escribir. No sabía sobre qué. Ella era experta en decir cómo escribir pero no podía hacerlo sola, salvo transcribir párrafos de cuentos que le habían gustado. Se enfrentaba a la pantalla de su computadora y nada salía. Pero estaba segura de que su destino era ser escritora. Inés era una maestra de primaria como las que definía Abelardo Castillo: capaz de corregir toda la obra de Roberto Arlt pero incapaz de escribir media carilla como él. Ahora se enfrentaba a ese desafío y nada de lo que había estudiado le servía.

Miró las plantas marchitas y el desorden que la rodeaba. Estaba cansada para los quehaceres y el lugar donde vivían era demasiado pequeño para la cantidad de cosas que acumulaban.

–Inés, tomemos un té antes de que me vaya para el trabajo–. La voz de su marido siempre le alteraba la rutina de creación. Para él era muy fácil tomar un té, hablar de nada e irse al trabajo; en cambio, ella, Inés no tenía “trabajo” hacían cuatro meses y estaba cansada.

–Sí, mi amor, apurate que se hace tarde.

Preparó el té de frutillas con cedrón, como el que preparaba su madre.

Lo tomaron juntos, como en antiguos rituales amatorios.

Inés se despidió de su amado y ni siquiera fue capaz de escribir su propia carta de despedida. Copió un epitafio del viejo libro de poemas que él le había regalado en su cumpleaños y esa fue su escritura final.

 

Sylvia

Llamaba el coloso a su padre. Lo añoraba. Le escribía interminables poemas solo descifrables para ellos, como en íntima ceremonia. Hizo las cosas que las mujeres hacían en ese tiempo: consiguió un esposo y engendró hijos. Se quedaba a la madrugada en la cocina y lloraba.

Recibió regalos de cumpleaños. Festejó. Rió. Acaso fue feliz, a intervalos irregulares. Pero se sentía vacía. Sentía que nada era suficiente en ese universo aparentemente perfecto. Encendiéndose y apagándose.

Empezó a hablar sola. Decía que algunas voces le contestaban sus preguntas. Hablaba. Escribía. Se iba encerrando en un mundo de palabras cada vez más inmenso. Sentía las torpes lenguas del Cancerbero.

Arropó a sus hijos pequeños. Besos. Querubines. Paraíso.

Bajó a la cocina. Abrió la perilla del horno y esperó.

 

Secreto

Ella tiene un secreto que la devora por dentro: comenzó comiéndose su estómago. El secreto sigue su itinerario carnívoro pero ella disimula como fajas y prótesis las ausencias de órganos. Como las personas, en general, ven lo que quieren ver, ven en ella una mujer extraña que cambia su fisonomía constantemente. Una loquita más.

La vida transcurre entre la pelea porque nadie descubra lo que oculta y las penurias de esconder los efectos del monstruo devorador.

 

El mundo era un lugar maravilloso

(versión libre)

Mi amado enceró en la palma de su mano derecha al mundo y lo arrojó contra la frente de otros dioses que lo injuriaban. Quise evitar la destrucción total de ese mundo que era un lugar maravilloso.

Lloré como nunca antes, casi formando una laguna con esas lágrimas, como Alicia, y él no se conmovió.

Le imploré, sacudiendo sus ropas y él no se conmovió.

Pedí piedad, misericordia y él hizo caso omiso.

Le prometí que ellos lo adorarían como a un padre todo poderoso.

Tuvimos que celebrar, entonces.

Y ese día, en el mundo llovieron panes y peces.