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Minificción de los jueves: Igor Barreto

Igor Barreto | Foto Manuel Sardá - Archivo El Nacional

Igor Barreto | Foto Manuel Sardá - Archivo El Nacional

Poeta, ensayista, editor (Venezuela, 1952). Fundador del grupo Tráfico.  Es uno de los poetas venezolanos más importantes. Ha publicado diez libros de poesía, entre ellos: “Soy el muchacho más hermoso de esta ciudad” (1987); “Crónicas llanas” (1989); “Tierranegra” (1994); “Carama” (2000); “El Llano Ciego” (2006); “Annapurna. La montaña empírica (Fábulas de un funcionario)” (2012). Su obra completa fue publicada por la editorial Pre-textos en 2014, bajo el título “El campo/El ascensor. Poesía reunida (1983‐2013)”.El carácter fronterizo entre la poesía y la minificción ha sido estudiado desde hace tiempo. Estos textos de Igor Barreto, tomados de “Soul of Apure”, muestran como la mezcla de poesía en prosa y en verso pueden constituirse en minificciones no convencionales, pero de altísimo valor estético.

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Capillas imperfectas

A Custodio Martínez lo arrancamos de las fauces de un caimán. Eso ocurrió en El Panchero cuyas aguas lodosas desembocan en otro caño de nombre Guafita. Vadeando el cauce al llegar al cantil ribereño el caimán lo agarró por las piernas. Vi al pobre sacar apenas una mano, y luego emerger la enorme trompa del reptil sacudiendo su presa para desgarrarla. Era un caimán de cinco varas de largo y musgosa coraza amarilla. En el hervor de las aguas lo soltó. A Custodio Martínez lo trasladamos en un chinchorro, dormía bajo el sol y llevaba un hilo de sangre surcando el lóbulo de la oreja. Antes de morir se levantó como si nada hubiese ocurrido, tomó un papel y escribió este poema:

Una barca con sus bogas,

con ornamentos dorados.

Y una serpiente bebiendo

lo que resta del verano.

 

*

Francisco Hidalgo pastoreaba cien novillos blancos por los desfiladeros abismales de Río Frío, en la selva de San Camilo. La yegua que montaba era cansona, así que tuvo que apearse y caminar tras la bestia que se puso a ramonear unos yerbajos. Molesto le propinó una sonora nalgada y la yegua lo pateó en el estómago lanzándolo por el barranco a las aguas turbulentas. No se supo más y en los bolsones de su montura hallaron este poema:  

Las reses cruzan el río.

¡Tanto calor en la noche!

y aquel fulgor encendido

en unas casas distantes.

 

*

Reinaldo Durán, magnífico pintor de letras, y Saúl Ordoñez, dueño de un bar en la población de Arauca, se enviajaron a los cerros azules de Araguayuna. Les habían dicho que al llover con el agua bajaban desde las altas neblinas grandes arenales, y bastaba meter la mano en un arroyo para encontrar unas lágrimas doradas. Llevaron con ellos a una Mujer de la Vida (Ramona Contreras) para lavar y cocinar. ¡Qué infeliz destino!: a Reinaldo Durán lo mordió una serpiente y murió tras dos días de fiebre, y a Saúl, quién sabe qué fiera daría con su mala suerte. Solo la mujer fregando unos cacharros halló un diamante. Reinaldo Durán, en su delirio, atinó a decir este poema que Ramona asegura jamás olvidará:       

El presente desconcierta

porque Dios solo es futuro.

¿Qué falta habré cometido?

contra las claras esencias.

 

*

Sisto Mota y su sobrino Antonio Mota cuidaban los garseros de la Compañía Inglesa en las tierras del hato El Piñal en 1920. Tenían el campamento al borde de una laguna negra cercada de espesos guamales y arbustos de chiga donde anidaban la garza chusmita y la garza real. Muy prestos salían con la canoa para sorprender en el aire aquellas plumas de astiles entornados y abundantes y suaves barbillas blancas que lucían los sombreros de unas damas de Londres y de París. Una tarde al regresar  un tigre mató sus tres perros y luego a Sisto Mota,  el sobrino quedó en brazos de la muerte y fue a dar razón a la Compañía. «Mi vida ha terminado» dijo el joven Antonio Mota al llegar a su casa y guardó de puño y letra de su tío, este poema:

Levantan su drapería

dos veleros en el puerto.

Yo fui tasador de plumas

de garzas que no eran mías.

 

*

El cuatrero Lázaro Ojeda pasó desnudo con el cuero de res a manera de capa pudriéndose en sus espaldas. Dos soldados con carabinas lo custodiaban y una corneta iba delante: taratará-taratará, por las calles principales de San Fernando. Lo sorprendieron cerca de un caño llamado El Rosario: la res desollada y un pozo de sangre asolado de moscas. Una vez en la cárcel mandaron cortar cincuenta varas de tamarindo y lo azotaron, al día siguiente el Guardia Nacional encontró en su bolsillo izquierdo este poema:  

Cunaguaro, pueblo pobre:

cinco casas, dos gallinas,

el macadán de tu calle

y una herida de familia.

 

*

José Solano estaba preso del cinismo del coronel Luis María Lobo. Supo que esa noche iba a morir porque el oficial lo había engrillado. Afuera relucían los adoquines del amplio patio central del cuartel y más allá un muro junto al río indetenible. Allí, en ese patio, amordazados, Luis María Lobo tasajeaba a los presos a punta de espadín para luego lanzar brazos y piernas a los caimanes. Y a la mañana siguiente: ¡Se fugaron los presos! ¡Se fugaron los presos! Era, digamos, un hábito tanto para el coronel como para aquellos saurios enormes. Aun no se sabe cómo pudo José Solano hacerle llegar a su padre este poema:    

Maquillaban a la muerte

para ocultar sus heridas.

La apariencia era más fuerte

que la propia realidad

 

*

Construir una catedral no es cosa fácil, ese fue el caso del párroco Rafael María Vargas. En persona se encargó del traslado de la sólida estructura de hierro traída desde Liverpool hasta las bruñidas escalinatas del puerto de San Fernando, como el frío y único tripulante del vapor Nuevo Mara. Demolió la antigua capilla a fin de procurarse del ripio necesario para la preparación de la argamasa. Padeció el paludismo y la anquilostomiasis mientras veía pasar la tropa con su grito de ¡Viva la revolución!, al cual ripostaba alzándose los faldones de la sotana: ¡Vive la différence! Solo un rito devocional practicaba todos los miércoles a las 10 am; eran los cuidados presbiteriales que le prodigaba a la señorita María Cristina Núñez. Culminaron los trabajos en caoba y cedro en los altos del coro de la nave mayor, el enlozado de pisos y aceras aledañas, el campanario, la torre y el reloj. Y justo un día miércoles los albañiles hallaron su cuerpo. En San Fernando solamente lo recuerdan por una hierba menuda y tierna que sembró en vida al pie del zócalo de las aceras: «La paja Vargas», y por este poema:     

Bajo una estepa de nubes

siempre doblan las campanas

ofician mis honras fúnebres

y alguien barre la plaza.

 

*

Por los lados del polvo de la sala me viene el recuerdo de Francisco Contreras, patrón de un bongo de toldilla llamado El Gallo de Oro. En vida recorrió el camino de agua que va desde San Fernando a la hacienda El Polvero. Era un bongo de cuatro bogas y Contreras en la popa con la vara larga del timón bajo el brazo. Salía del puerto de San Fernando sobre el río Apure con un gallito de hojalata dorada punteando la proa de la nave amanera de mínimo mascarón, y luego caía al Boquerone (un río clemente de aguas oscuras), después el Agua Verde y el Atamaica, más tarde El Picachón, de ahí al Rodeo (pura vueltas) y Río Claro (un río de corales como flores envejecidas en el fondo). Cuando la nave enfrentaba a un remolino le oías decir: ¡Qué no caiga!, ¡Meta esa palanca por aquí!  (y no escuchabas sino el clamor). Guarden silencio. De Francisco Contreras no tuve más noticias, desapareció. En su lugar dejó este poema:       

El verano borró el río

la luz se fue con el viento

tantas vueltas dio el destino

que calló mis sentimientos.