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Minificción de los jueves: Henry Ficher

Henry Ficher / Foto Revista Microrelatos

Henry Ficher / Foto Revista Microrelatos

Estados Unidos, 1960. Vivió muchos años en Colombia, ahora reside en Israel). Minicuentista, traductor, antólogo. Fue junto a Guillermo Bustamante Zamudio y Harold Kremer el fundador y director de Ekuóreo, una de las primeras revistas latinoamericanas dedicadas a la minificción. Ahora es forma parte de la versión digital de la revista. Ha publicado “Historias plausibles” (2015)

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No hay hombres en esta tierra

Las hijas de Lot no encontraron hombres con quien casarse. Los sodomitas, incluso los que no habían sido en vida unos degenerados, ya no eran sino vapor en la conflagración divina. Los demás seres humanos, al parecer, también eran inalcanzables, no menos que los ángeles de Yahvé, de fulminante mirada.

Por tanto, las hijas de Lot decidieron emborrachar a su padre, hombre justo entre justos, y acostarse con él. La árida madre, con el horror eternizado en su mirada, ya nada podría decir.

 

Arbóreo

Los árboles nada debían a una divinidad que había resuelto que la sangre es vida, no la savia. Cuando Yahvé ordenó a Noé que construyera el arca y decretó el fin de toda la carne, la arbórea sabiduría ya tenía previsto qué hacer. Días antes del diluvio, las semillas de toda la vegetación terrestre se depositaron en un tronco hueco, de proporciones bíblicas, en cuyo cálido interior sobrevivieron la catástrofe. Al bajar las aguas, salió del tronco una semilla aerófila, de una especie parecida a la amapola, pero se quedó volando en el viento y no retornó. Tiempo después, del tronco surgió otra semilla, pero el suelo todavía estaba empantanado y no germinó. Finalmente, el tronco encalló en un promontorio y muchas semillas se esparcieron y echaron raíces. Fue ahí donde creció, siglos después, el árbol sagrado del Bodhi, bajo el cual Sidarta Gautama despertó de sus meditaciones como el iluminado, el Buda.

 

El árbol de la vida

El mandamiento de nuestro dios es irrefutable: carne con su sangre, no comeréis. La derramaréis en la tierra, porque la sangre es vida.

Durante miles de siglos hemos cumplido la ley, derramando la sangre de los sacrificios en un campo.

Pero en años recientes ocurrió algo que no previeron los profetas. En medio del campo de sangre creció un árbol de tronco blanco, ramas como serpientes, hojas rosadas y frutos carnívoros, que devora toda infortunada criatura que se acerca demasiado.

Nuestros teólogos aseguran que todo proviene del dios, que su sabiduría es infinita y sus designios inescrutables, y que el árbol es una manifestación de su grandeza.

Pero ya son muchos los sacerdotes que se niegan a seguir alimentando al monstruo.

 

Acéldama

La Legio X Fretensis marchó todo el día y llegando la tarde se aproximaba al cuartel en el valle de Hinón.

Los rebeldes, dispersos entre los sicómoros, maldijeron en silencio el estandarte del jabalí, pero los dejaron pasar hasta que el último soldado desfiló bajo la higuera señalada. Simón Kefa y sus sicarios cerraron el paso, mientras que los zelotas, al mando de Juan y Jacobo, los Hijos del Trueno, empujaban por el flanco. Cercados entre el monte y el precipicio, los romanos no pudieron maniobrar.

“¡Muerte a los cerdos!”, arengaba Jesús Barrabás. “¡Muerte a los diablos! ¡Echen esos espíritus malignos por el precipicio!”.

 

Rastros de los hijos de Dios

Ibrahim levantó una piedra a la orilla del wadi. La observó con curiosidad unos instantes y luego la lanzó contra una roca, perdiéndola para siempre en el inmenso desierto. Allí quedó, abierta en dos, con una punta de flecha incrustada en el centro. Nunca nadie supo que estaba compuesta de una aleación de metales desconocidos.