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Minificción de los jueves: Guillermo Samperio

Guillermo Samperio - Papel Literario

Guillermo Samperio | Foto Cortesía

(México, 1948) Hijo de músico, discípulo de Juan José Arreola; es cuentista, novelista, ensayista y poeta. Ha publicado ocho novelas, dos poemarios, cinco libros de ensayo y quince libros de cuento. Su minificción está en “Cuaderno imaginario” (1989), “La cochinilla y otras ficciones breves” (1999) y “La ficción es una catarina anaranjada” (2004), que tienen ese título porque tanto la cochinilla como la catarina son insectos muy pequeños.Su peor defecto es ser fan del Manchester United

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Se están extinguiendo, ellos.

De la polvareda de los días van surgiendo los caballos, sacudiéndose las crines lamosas. Ese humo fiel que van atravesando, como última niebla, se levanta del desierto de la desmemoria.

Así los he entrevisto en la añoranza, cuando el lechero le servía la leche a mi abuela desde botes de metal, en tanto el caballo miraba los automóviles de salpicaderas enormes de los años cincuenta. Pero tal vez sea un desconsuelo antiguo el que me empuja, antes de los caballos, surgiendo del ensueño, a punto de asomar la cabeza en la tolvanera, galopando, firmes, sin nombre, rotundos, sin prisa, como si sus cascos fueran una certeza del camino donde saltan piedrecillas a su paso, su destino en la ausencia de jinetes.

Tal vez sean potros educados más allá del humo, sin reparos ni relinchos, un galopar silencioso, como un documental de Discovery Channel sin música, sin locutor, sin Discovery Channel, discretos, la figura alargada un tanto, intuyendo la impaciencia, el sueño que los sueña, pero dignos. La crin relamida por el ventarrón histórico, al encuentro de un aire misterioso, viento de temporalidad que horadan a fin de abrir camino solitario que se cerrará de golpe apenas lo abran sus piernas sudorosas.

Quizá por ello los territorios que van dejando atrás se me ocultan. ¿Vienen de pueblos de magia, ritual, adivinación, azar, de lo embozado, o son solamente indicios de lo recóndito? Tal vez esto explique que medio cuerpo se vaya ocultando, como si galoparan, briosos, ante mi deseo y mis conjeturas, mi ridícula vergüenza. El caso es que, desde mi ventana oval de mi torreta, solo puedo ver el instante de la niebla que transita hacia mi territorio, pero detenidos, como caballos de madera. Quizá nunca llegue mi caballero. Desde aquí no distingo sus razas ni sus cabezas tamizadas por el polvo. Tal vez si me acuesto en la cama matrimonial y sueño con ellos, logren pasar el muro de la tolvanera de estos siglos.

 

Eleonora

Ahora entiendo tu pasión por la literatura y los tatuajes, Eleonora. Los sonidos de tu nombre remiten de inmediato a una novela del tipo de las de Thomas Hardy, un hacedor de caracteres. Al mismo tiempo, el nombre encarnado invita a lo literario, por ejemplo: Elenora quiere decir “El león ahora”, “Remanso de leona”, “Ahora la leona”, “La aurora en la leona”, “La hora del león”,  “Flor coroleona”, “Eliocandora”, “El ahora”… en fin, hasta solamente “Eleonora”.

Según Hardy, Eleonora tenía instinto felino; con su aspecto de súbita hermosura provocaba galvanizar la mente, fascinación, magnetizar el cuerpo, electrización, parálisis en la gente, hombre o mujer. Sabe, por instinto, que las de su especie dominan el territorio, la comarca o sólo un paraje con agua fluyendo en un vergel. Eleonora lo hace de forma discreta, con pausas, pero firme, definitiva, pero cautelosa, sin que el amante se dé cuenta.

Se le ha reconocido como uno de los caracteres más fascinantes de ese tipo de literatura, lo que la hace perdurable. Eleonora dibuja tatuajes en el agua translúcida del manantial y tatúa allí su cara, sus senos, la cintura, sus piernas. Luego los traza en el pecho de su amante, avanza el agua lenta por los tatuajes y los lleva a la otra orilla, donde se encuentra la sombra de una ceiba naciente y ahí están ya ellos, ella y su amante.

Enamorados, ella le dibuja otro tatuaje en la garganta, un hilo esbeltísimo de sangre fluye sin que el amante lo perciba o, si lo nota, lo desdeña. Eleonora sigue dibujando un largo, profundo, casi inmaterial tatuaje en ese hombre que ama y la ama, pero al que es inapelable imprimirle un tatuaje en el alma, la cual empieza a emerger y Eleonora se dibuja en ella de cuerpo entero en tanto el alma del hombre se confunde con la transparencia del ramaje de la ceiba. Llega la corriente serena y el impulso del río de las corrientes del río hacen, a su vez, un dibujo nuevo.

 

La ducha de Eréndira

Eréndira, una mujer de unos cuarenta y cinco años y un tanto obesa, pero eso sí de prematuros senos caídos, entró al baño a darse un regaderazo; hubiera querido bañarse con meticulosidad, ya que asistiría a un té canasta con las amigas de siempre, pero la siesta se le alargó y soñó que iban repavimentando su calle. Veía obreros ir, venir y una máquina con una gran rueda metálica que aplastaba las piedritas revueltas con chapopote y, por lo menos, el pavimento al frente de su casa, que no era pequeña, quedaba planito, planito, lo cual le agradó.

Tal vez porque Eréndira esperó a que terminaran de pavimentar toda la calle fue que se le alargó la siesta. El caso es que entró al baño, como siempre, con sus tres enormes toallas, aunque pensó que un regaderazo solo le ocuparía una. Bueno, pues, ni modo, se dijo. Abrió la regadera y sintió que revivía. De súbito, empezó a notar que el agua empezaba a salir grisácea y pensó que Fermín, el componelotodo de la casa, no había aseado los tinacos como ella se lo había ordenado.

El líquido empezó a oscurecerse poco a poco hasta que semejó tinta china; de pronto se hizo más denso, casi como chapopote. Sin embargo todavía se adensó mucho más como si fuera cemento coloreado de negro. Cuando Eréndira se quiso salir de la regadera sintió que no podía mover la pierna izquierda; bajó la cabeza con dificultad y vio que la pierna estaba dentro de un bloque de cemento negro. Miró su otra pierna y el inicio de otro bloque la tenía sujeta hasta el tobillo.

Con una dificultad de los mil demonios, con la mano izquierda logró cerrar las llaves de la regadera, pues la mano derecha la tenía adherida a dos de sus llantas con su buena dosis de cemento oscuro. Quiso gritar, pero también sus labios se encontraban encementados. Pensó que sería la primera vez que faltaría al té canasta y que sus supuestas amigas se la iban a comer viva. Y luego nada más pensaba con odio en el componelotodo; en cuanto apareciera en el baño lo iba a poner pinto, pero recordó que no podía hablar.

Al verse así, pensó en una escultura, pero se lamentó de no haberse encementado quince años atrás, por lo menos.