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Papel literario

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Minificción de los jueves: Guillermo Bustamante Zamudio

Fotografía tomada de Internet

Fotografía tomada de Internet

(Colombia, 1958) Narrador, psicoanalista, profesor universitario. No sólo es un estupendo escritor de minificción, sino que escribió una página de la historia del género al fundar junto a Harold Kremer la mítica revista “Ekuóreo”, la primera dedicada a la minificción. Ha publicado “Antología del cuento corto colombiano” (1994 y 2004), “Los minicuentos de Ekuóreo” (2003), “Oficios de Noé” (2005), “Roles” (2007) y “Ekuóreo: un capítulo del minicuento en Colombia” (2008). 

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Rocas (o del amor)

Al despeñarse, las rocas van esculpiendo figuras multiformes que se perfeccionan a cada roce, que se pulen a cada golpe mutuo: esculturas humanas, poliedros exactos, brillantes esferas, columnas esbeltas, réplicas colosales de animales inmóviles; imágenes macizas, fantasías petrificadas que parecen haber constituido la esencia de las rocas. Al caer definitivamente, quedan hechas pedazos, listas para empezar a derrumbarse de nuevo.

Surtidora

Aunque no había flores –terminaba el invierno–, Eva pintó paisajes florecidos. El arribo prematuro de la primavera la hizo recelar. Movida por la curiosidad, fue a revisar el lienzo y lo encontró vacío. El juego desenvuelto de los gatos pintados días antes afianzó su sospecha: ¿acaso con sus pinceles urdía el universo? Acudió con sobresalto a sus innumerables obras. Encontró la ausencia de las frutas que en tantas ocasiones pintara como ejercicio y que atiborraron las plazas de mercado. Tampoco estaba la guerra que años atrás había asolado al mundo, ni la plaga infinita de sus fantasías que la humanidad, horrorizada, se negaba a creer. Sólo ahora se enteraba. ¡Cuántos seres incompletos por haber hecho tantos bosquejos!

Recordó que había pensado dibujar su muerte; los esfuerzos desmesurados por evitarlo resultaron infructuosos.

Pinturas nunca pudo traer al mundo.

Sínodo

Yavé dio la orden a Noé. Pero otros dioses se mostraron en desacuerdo con el alcance de la medida:

—Castiga a tus criaturas, si así lo consideras, pero sin perjudicar a nuestros seguidores –dijo uno.

—No intentes ir más allá de los que creen en ti o de quienes se declaran increyentes en relación contigo –acotó otro–. Nuestros prosélitos practican ritos distintos, tienen otros estilos de pecar y de creer.

Yavé era todopoderoso, pero esa cualidad la poseían los otros dioses, y la usaban para disuadirse unos a otros. No valía la pena disputar, entre otras porque no era necesario modificar las órdenes a Noé, ni el aparente alcance de las decisiones: cada pueblo se supone único, y cree que su dios no tiene par. De tal forma, hizo llover e inundar la tierra hasta donde iba el campo visual de ese pueblo eterno pero efímero, universal pero localizado.

Más allá reinaba la voluntad de otras divinidades.

Genética

Ante la orden de su Señor, Noé imaginó la escogencia de los animales, el acopio de alimentos, el mantenimiento durante la travesía... Era un cuadro abrumador.

Según entendía, los seres vivos tienen en común una parte de su árbol genealógico, y sus diferencias provienen de pequeñas variaciones en la información de un mismo haz genético. De tal forma, optó por no introducir animal alguno al arca, pues en él mismo habitaba el principio creador de todas las especies posibles.

Con sus células, se dio a la tarea de hacer modificaciones genéticas. Sin embargo, se excedió un poco en sus funciones y del arca también salieron sirenas, unicornios, centauros, arpías...

Dios destruyó todas estas criaturas, por no haber formado parte del arsenal inicial que Él había creado y ordenado salvar. No obstante, la literatura alcanzó a dejar testimonio de ellas.

El narrador

La vida moderna le alejaba los feligreses: poco frecuentaban el servicio religioso, ya se ilusionaban con mundos virtuales y, para religarse, sólo usaban instrumentos técnicos. El párroco se tornaba apesadumbrado, a medida que el ánimo lo abandonaba.

Alertados por este cuadro, un grupo de fieles, conocedor de un pasado no menos insaboro pero que, por contraste, le lucía añorable, se propuso darle nuevo resplandor a la congregación. Sin llevar una vida especialmente disipada, inventaban pecados tradicionales y los iban confesando en dosis crecientes. El cura empezó a tocar más duro las campanas, a fruncir el entrecejo, a regañar con ahínco, a denunciar la lujuria y el vicio, el desenfreno y el libertinaje.

Sus homilías recuperaron el estilo y sus frases volvieron a tener el ímpetu que otrora había transmitido. Los parroquianos regresaron poco a poco a la iglesia, temerosos, y la vida en la congregación volvió a su normalidad.

Una vez más, la creatividad narrativa había superado la realidad.

El noctámbulo

El carro frena en la esquina trasnochera. Los hombres –cabeza rapada, ropas negras– se bajan a hacer limpieza. El travesti no les muestra temor. Lo desafían con palabras que no querrían ver dirigidas a ellos mismos, apuntan con su ceño, con sus armas. Él no se arredra. Entonces comienzan a golpearlo. Una y otra vez descargan una furia que él sabe no haber causado.

Lo dejan maltrecho, con las marcas en el suelo, en la ropa, en la carne... y en el alma, pues cuando la estampida del carro ya es recuerdo, él piensa: “Gracias, Dios, que hiciste a estos justicieros, o si no ¿cómo podría pasar un masoquista una noche inolvidable?”.

Magnum opus

Quería escribir la mejor obra literaria. Invocar las musas no produjo la inspiración: el desuso de ese antiguo recurso lo ha vuelto infecundo. Hizo cálculos y entendió que era demasiado el trabajo que habría sido necesario para conquistar lo que quería. Entonces le vendió el alma al Diablo.

Sin embargo, la fama le fue esquiva y los galardones no llegaron. Ante su reclamo, el ángel de las tinieblas explicó:

—No es mi culpa: tu obra es la mejor, pero hoy los editores publican con criterio comercial, las distinciones están asignadas con antelación y los lectores sólo buscan la quietud en las páginas literarias.

Misión indeleble

Mi tarea es escribir.

La pila de papel disponible a mi izquierda, sobre el escritorio, disminuye a medida que crece, poco a poco, la de hojas pautadas a mi derecha. Solamente me asignaron esa cantidad de papel. De manera que, cuando se acaba, volteo el arrume y lo paso al lado izquierdo. Las primeras hojas siempre están ya blancas, y las demás lo estarán cuando les toque su turno, pues aprendí a fabricar una tinta que se va borrando lentamente.

Usted pensará que se han perdido muchos textos. Yo le replicaré que se ha salvado la escritura.