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Minificción de los jueves: Graciela Tomassini

Graciela Tomassini / Foto Compañía de Ánimas

Graciela Tomassini / Foto Compañía de Ánimas

Argentina, 1949.  Narradora y ensayista. Es una de las primeras teóricas de la minificción y también y una de las más importantes. Ha publicado “El espejo de Cornelia” (1995)  y junto a Stella Maris Colombo: “Reconfiguraciones. Estudios críticos sobre narrativa breve hispanoamericana de fin de siglo” (1996), “Comprensión lectora y producción textual. Minificción hispanoamericana” (1998), “Juan Filloy. Libertad de palabra” (2000) y “La minificción en español y en inglés” (2009) 

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Antiguas costumbres de los daldianos

La antigua ciudad de Daldis se atisba desde las colinas del norte como si apenas emergiera de algún sueño. La cubre un velo de niebla que esconde sus villas y sus palacios, congregados alrededor del templo de Morfeo, hijo de Hipnos y Nix. Sus habitantes  aman la noche. Durante el día, cada uno se afana en sus labores, pero llegada la noche se congregan en el templo para entregarse a la celebración de un rito milenario. La ceremonia empieza cuando el sonido del aulós saluda la caída del sol en su lecho de espuma. Varios celebrantes cuentan, por turnos, sus sueños de la noche anterior. Todos saben que el transcurso de las horas es propicio a la intervención de Fantaso, también hijo de Hipnos y de Aglaea, la más joven y bella de las Gracias. Por eso, a esta parte de la ceremonia se la denomina “celebración de los cuentos”. Mientras los ocasionales celebrantes enhebran sus relatos, los fieles caen en un éxtasis profundo, en cuyo fondo oscuro o luminoso los aguarda Morfeo, en la figura del mortal más amado. Nadie sufre de insomnio en la ciudad de Daldis. Cuenta la leyenda que uno, por herético apego a las industrias diurnas de la reflexión y el análisis, acudió a la celebración munido de una tablilla para tomar nota de todo lo que allí se proclamaba. Fue conducido a las puertas de la ciudad, donde todavía mora, insomne, escribiendo febrilmente un tratado sobre el origen, naturaleza  y tipología de los sueños. Su nombre, según dicen, es Artemidoro.

 

Hierba

El Insomnio ha tejido su capullo de niebla alrededor de mi cabeza, y ya no sé si camino o repto con mi cuerpo a cuestas, como un caracol reumático pegado a la franja de sombra de la vereda. Un instinto más persistente que la conciencia astillada por el sueño me arrastra hacia la Herboristería, donde tal vez el tiempo y la oscuridad maceran el remedio para mi mal. Me abro paso a través de la espesura de hojas muertas y aromas entreverados. Alguien se acerca y me consuela con palabras que no alcanzo a comprender: me distrae la melodía de un carrillón cercano. Disfruto de una inmovilidad reparadora, aunque allá abajo, mis flamantes raíces ya buscan la humedad bajo la tierra apisonada. En la penumbra del sótano, el cedrón, el hammamelis y la pasionaria confabulan sus fragancias para la conquista de nuevos clientes que, alentados por la esperanza, acuden a la Herboristería en pos de una cura para el insomnio.

 

El visitante del insomnio

El insomnio tiene algunas horas útiles, cuando los ojos todavía resisten el trabajo que les impongo y el cerebro conserva alguna capacidad de concentración. Pero a medida que se apagan las luces de las ventanas vecinas, señalando el final de otros desvelos, el cuerpo empieza a desarmarse como un ejército diezmado en retirada, clamando por la horizontal, mientras en el interior del cráneo se despiertan los animales del caos. La noche puede convertirse en una cámara de tortuosa lucidez, atiborrada de voces que discuten a gritos sin entenderse, cada una encerrada en su propio delirio. Entonces, para bien o para mal, llega el visitante del insomnio.

Como los visitadores médicos, el visitante del insomnio trae un portafolio repleto de cajitas y frascos de colores. Cada uno de esos envases contiene una palabra, que el visitante extrae con gesto teatral, como un prestidigitador al manipular naipes o pañuelos. A veces, son palabras comunes, de entrecasa, como “puchero”, o “sandalias”. Otras veces son vocablos extraños, sonoros y enigmáticos, como “surdinamail” o “amblistoma”. Me desafía a jugar con ellas, invirtiéndolas o combinándolas en oraciones, a inventarles etimologías, o historias.

Cansada de esta actividad que el visitante me impone con férrea disciplina, termino pensando que nada de provecho puede lograrse con esos juegos inútiles, y entonces mi dómine, ofendido o desilusionado, guarda su parafernalia y se retira, porque una vez más he opuesto resistencia.

El visitante viene cada noche con una máscara diferente, para seducirme. Con persistente fe de alquimista, insiste en su empeño de convertir en oro el cascajo de mis sueños diurnos.

Es probable que alguna noche, harto de lidiar conmigo, deje de visitarme. Pero es igualmente probable que triunfe en su empeño y me lleve consigo, finalmente dormida, en ese enorme portafolio donde guarda todas sus palabras.

 

El gato de departamento

No es una especie nueva: nació con las ciudades verticales, o mejor dicho, con la soledad aérea de sus moradores, condenados a comprimir sus vidas y sus escuetas pertenencias en cubículos cuya creciente miniaturización excluye toda posibilidad de convivencia con mascotas de costumbres expansivas.

El gato de departamento es una variedad evolutiva de la rama arbórea del felix domesticus, a juzgar por su habilidad escalatoria, facilitada por el desarrollo singular de sus patas traseras, con las que se impulsa para saltar de balcón a cornisa. En el macho, de hábitos nocturnos, las garras provistas de uñas retráctiles poseen la dureza del acero, adaptación que les permite introducirse como anzuelos en las porosidades de los materiales de frente. La hembra, más sedentaria –especialmente si ha sido castrada– exhibe zarpas de extraordinaria tersura, parecidas a pequeños pies de dedos rosados, coronados por uñas planas, capaces de ser decoradas con barniz, como dicta la moda actual.

Cientos de generaciones apartan al gato de departamento de las costumbres predatorias de sus ancestros. Ignorantes del arte de la caza, se entretienen en jugar con las cucarachas, las langostas o cualquier otro insecto, sin atentar contra su integridad física. La convivencia con el humano ha modificado radicalmente los hábitos prandiales de la especie, ahora distribuidos en tres comidas principales diarias, que suelen incluir postres, fruta, infusiones estimulantes como el té y el café, vino y licores. Se han registrado casos de gatos exclusivamente vegetarianos; la mayoría opta, en cambio, por una dieta de lácteos y cereales.

El obligado confinamiento –total en las hembras, diurno en los machos– ha estimulado el desarrollo frontal del córtex en estos felinos que no solo aprenden a leer con inusitada facilidad, sino que también escriben, resuelven problemas de álgebra, ejecutan complejas partituras en diversos instrumentos musicales y se destacan por sus habilidades informáticas. Lamentablemente, la evolución no ha alcanzado aún a desarrollar sus cuerdas vocales para el uso del lenguaje articulado, pero en cambio cantan con voces melodiosas en registro de soprano o contratenor, según el género.

Algunos se han destacado en el campo de la filosofía, y no pocos han obtenido doctorados en prestigiosas universidades. Hoy en día, casi no queda claustro académico que no cuente con la participación de algún meduloso minino dedicado a la investigación o a la formación de recursos humanos; la cátedra, por el momento, no les es favorable, en virtud del impedimento verbal que sin duda, habrán de superar en un futuro no distante las próximas generaciones de gatos de departamento.