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Minificción de los jueves: Giselle Aronson

Giselle Aronson / Foto El Eclipse de Gyllene Draken

Giselle Aronson / Foto El Eclipse de Gyllene Draken

Argentina, 1971. Cuentista, novelista, dramaturga. Ha publicado novelas y sus obras de teatro se han montado en Buenos Aires. En minificción ha publicado: “Cuentos para no matar y otros más inofensivos” (2011); “Poleas” (2013); “Sin ir más lejos” (2014) y “Orden del vértigo” (2014)

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Noche cerrada

Despertó en la madrugada, calculaba que serían las cuatro o las cinco. Se sobresaltó cuando notó la oscuridad absoluta a su alrededor, había olvidado dejar la luz del baño encendida, como lo hacía todas las noches. Recordó también que no había reemplazado la lamparita del velador cuando accionó la tecla y nada se encendió.

Se levantó y atravesó la puerta de su habitación, intuyendo el espacio. Cuando llegó al pasillo, su mano derecha se apoyó en la pared, así se guiaría hasta el baño y encendería esa luz. Pero la mano recorría la superficie fría y el marco nunca llegaba. Allí donde debía estar, no estaba. Creyendo estar desorientada, avanzó unos pasos más, sostenida por el tacto y el piso a sus pies. Nada cambió.

Se aseguró no estar soñando e intentó una alternativa: regresar a la cama. Se dio vuelta y rehízo el camino hacia la habitación. De nuevo, el muro se volvió interminable.
Entonces, encerrada en la negrura infinita, apoyó la espalda contra la pared, se deslizó hasta el suelo y así se quedó, abrazada a sus piernas, a esperar el día.  

 

Un método peligroso

El martes 22 de julio, a las 14:35 hs. Gabriel García llegó a su casa, activó el contestador del teléfono fijo y escuchó el siguiente mensaje:

 “Sabemos que tenés lo que buscamos. Ya tenemos tu teléfono y tu dirección. Si no lo entregás hoy mismo, mañana sos boleta”.

Luego, palabras sueltas, sin coherencia, que no entendió.

Se quedó parado junto al aparato, inmóvil durante media hora. A las 15:05 se dirigió a su habitación, sacó la pistola del cajón del ropero y se pegó un tiro.

El martes 22 de julio, a las 14:30, a Facundo Rojas se le ocurrió un pasaje para la novela policial que estaba escribiendo, mientras viajaba en colectivo. Como no tenía nada para anotar y su celular no le permitía registrar notas, acudió a un viejo método que acostumbraba a usar: Se llamó a su teléfono fijo y se dejó un mensaje, con la idea ocurrida.

A las 14:55, cuando llegó a su casa y activó el contestador, no encontró ningún mensaje. 

 

Excusa cuántica

–No te engaño, querida. Lo que sospechas es solo una superposición de dos estados posibles: un estado fiel y otro desleal –intentó explicar Schrödinger a su esposa, mientras acariciaba a su gato.

 

Smartphone

Mi celular cuenta con un sistema predictivo de escritura: cuando presiono los botones, busca en un diccionario los términos posibles. Aunque sea una simple tecnología, sospecho que algo más ocurre. 

Si yo tecleo “ansiedad”, el aparato escribe “sequedad”. Si ingreso “boca”, predice “viva”. Si intento con “piel”, refiere “pido”; escribo “horas”, el teléfono interpreta “gotas”. “Palabras” se convierte en “parajes”, “silencio” se vuelve “dolencia”. 

Pero hay algo más extraño: si escribo “cerca”, aparece tu nombre.

 

Impertérrita

No encontré un calificativo más adecuado, entonces dejé de adjetivarla y declaré que ese sería su nombre.

Impertérrita se había presentado a un concurso que elegiría al nuevo jefe de trabajos prácticos de la cátedra de Educación y Ética, de la cual yo era creadora y profesora titular.

Ya me había asombrado al leer el examen requerido para el puesto, las palabras precisas, la síntesis buscada, interpretaciones adecuadas. Sobresaliente. 

Volví a sorprenderme cuando se presentó a la entrevista personal. Impertérrita era todo lo contrario a lo que mi prejuicio había aventurado. Tenía esa clase de belleza zonza que portan las caras de rasgos perfectos. Cada cosa en su sitio y en equilibrada proporción. Iba prolijamente vestida con colores armónicos, la ropa se ajustaba a su figura elegante. El cabello, de un lacio y un color inmaculados, ni una sola mecha fuera de lugar. Sus manos lucían uñas recortadas y barnizadas de un esmalte inalterable. 

Durante la entrevista, Impertérrita contestó cada pregunta con voz clara y respuestas certeras. Dijo cada una de las cosas que los profesores presentes queríamos escuchar.

Toda mi naturaleza femenina luchó para no caer en la inevitable comparación y sin desearlo me vi despeinada, con la ropa que trabajosamente había logrado seleccionar de mi placard, mis dedos llenos de anillos y las uñas sin pintar, básicamente maquillada, con mi hablar atropellado y la risa estentórea, la punta de las botas gastadas y las raíces del pelo descoloridas.

No me acuerdo de qué pretexto me valí para dejarla fuera de carrera y elegir a otra candidata como profesora. Solo sé que tanta perfección no me pareció real. 

De todas formas, cada año, cuando me dispongo a dar la clase “Los valores y la ética en el aula”, me acuerdo de Impertérrita.