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Minificción de los jueves: Ginés S. Cutillas

Ginés S. Cutillas / Foto Cierta Distancia. Vida y Literatura

Ginés S. Cutillas / Foto Cierta Distancia. Vida y Literatura

(Valencia, España, 1973). Narrador, pertenece al Consejo de Redacción de Quimera. Revista de Literatura. Ha publicado: “La biblioteca de la vida” (2007); “Un koala en el armario” (2010); “La sociedad del duelo” (2013) y “Los sempiternos” (2015). Estos textos pertenecen a un libro que aparecerá próximamente

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Ahora que nuestros nombres se escriben en piedra

¡Qué raro que me llame Federico!

            Lorca

Hasta los once años me llamé Federico, a pesar de que a mis padres no les convencía mucho el nombre. No está formado, decían. Cuando se le escriba en la cara, le pondremos uno más afín. Y así fue: a los doce, con el cambio de voz, decidieron que Federico ya no correspondía con mi talante, que el mejor nombre que me podía ir para la adolescencia recién estrenada era el de Francisco, Paco para los amigos. Este nombre me duró justo hasta la noche de bodas, cuando en pleno éxtasis, mi mujer me llamó Carlos. “Me casé con Paco y me desvirgó Carlos”, era la típica broma que solía hacer a los conocidos.

Desde entonces, he cambiado de nombre en cuatro ocasiones más. A veces incluso solapando épocas: en la oficina y en el gimnasio me sentía Luis, pero el cuerpo me pedía ser Raúl para echarme los faroles en la partida de póquer de los jueves.

Mis amigos, los de toda la vida, se confundían. Para no marearlos demasiado y evitar malentendidos, consentí en colgarme al cuello una medalla bien visible con el nombre vigente grabado. Aun así les costaba, decían que no era normal, que ellos habían nacido con uno y que el mismo les habría de durar toda la vida. Yo les decía que habían tenido suerte, que sus rostros se habían amoldado a sus nombres, que los habían aceptado. Para tranquilizarlos les decía que algún día, todos nos llamaríamos igual.

 

Asuntos de familia

Siempre que saco la basura aprovecho para fumarme un cigarrillo a escondidas. A mi mujer no le gusta que lo haga delante de los niños.

A través del gran ventanal que da al jardín de la urbanización, amparado en la oscuridad, contemplo la entrañable escena de mi familia mientras prepara la mesa para la cena, lo que me hace disfrutar aún más de las caladas furtivas.

Hace unos meses estaba fuera fumando cuando, sin saber muy bien a qué venía aquello, vi a mi mujer coger el cuchillo de trinchar pavos, y primero a uno de nuestros hijos y más tarde al otro, los enganchó por detrás sin previo aviso y los degolló allí mismo, en la cocina. Cuando quise reaccionar ya era demasiado tarde para hacer nada, así que me quedé petrificado rodeado de cubos de basura apurando el pitillo y esperando a ver qué hacía después de aquella atrocidad. Como si ya lo tuviera planeado, envolvió a los niños en plásticos y los metió en la parte baja de uno de los armarios. A continuación, limpió rauda la sangre del suelo.

Yo, sin saber qué hacer, le di tiempo para que recogiera todo antes de regresar. Ella sirvió la sopa con total naturalidad.

Fue la última vez que cenamos con cuatro cubiertos sobre la mesa. Nunca más hemos vuelto a hablar de los niños a pesar de que el infecto olor de la descomposición lo ha llenado todo desde entonces.

Mi mujer sabe que fumo cuando tiro la basura. Nunca me dice nada.

 

Cupido

Los cinco divorciados lo sorprenden defecando y lo rodean para impedir que huya otra vez. Él, aterrado, avergonzado por la situación, no acierta a mostrar resistencia. Los hombres, entre risas, untan sus heces en el ridículo trapo que lleva para taparse las partes púdicas y se lo meten en la boca. A continuación, sacan una por una las flechas del carcaj y se las van clavando en zonas de su cuerpo no vitales: las dos primeras le clavan los pies al suelo, otra atraviesa el brazo derecho, otra el izquierdo; una flecha cruza de lado a lado los músculos de la pierna derecha, otra los de la izquierda; una más le atraviesa las mejillas, dos más pasan por debajo de las clavículas... Ajeno a su edad, llora como un niño: sabe que esta vez será la definitiva. El hombre más flaco le rocía las alas con gasolina, el de las gafas le aplica una cerilla. Ahora sí que grita, y parte de las heces le resbalan por la barbilla. Es el hombre más grande –quizá por pena, quizá por asco– quien se apiada de él y, cogiendo el arco con presteza en mitad del furor de la escena, le revienta la cabeza de un certero saetazo. El cuerpo sin vida se cimbrea hacia delante, sin derrumbarse. El crepitar de las alas y el olor inmundo que desprenden lo envuelve todo. Cuando dejan de jadear como perros de presa, el pelirrojo intenta justificar la barbarie que acaban de cometer alegando en voz baja que así no lo volverá a hacer. Los otros, sin aguantarle la mirada, le dan la razón.

 

Bandera roja

Ella le echa en cara que no la ha despertado para ir a la playa. Él argumenta que se ha dormido y que ir a la playa no es tan importante. Ella le amenaza diciéndole que por cosas más tontas se rompen las parejas. Él la reta a dejarlo. Ella le advierte que no se lo diga dos veces. Él se lo dice dos y tres veces.

Fuera sigue la lluvia.

 

Los cantones de mi casa

Mis padres no se entienden: mi padre habla chino y mi madre habla sueco. Nos dimos cuenta mi hermana y yo esta mañana en el desayuno, cuando ninguno de los dos comprendíamos lo que estaban diciendo. Laura se dirigió a mí en suajili, nuestra lengua secreta, para hacerme partícipe de esta observación. Yo no tardé en comentárselo a mi madre en francés, la lengua que uso exclusivamente con ella porque sé que nadie más nos entiende, ganándome ipso facto una patada por debajo de la mesa de mi hermana. Acto seguido, creo, se ha chivado a  mi padre en alemán, a sabiendas de que mi madre y yo sabemos decir guten morgen y poco más.

Al llegar al colegio les he contado todo esto a mis amigos en arameo –el idioma oficial del patio–, y también que anoche pillé a mi madre en el rellano susurrando polaco con el vecino a espaldas de mi padre. Dicen que esto no pinta bien.