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Minificción de los jueves: Gilda Manso

Gilda Manso / Foto Revista Microrrelato

Gilda Manso / Foto Revista Microrrelato

Argentina, 1983. Escritora y periodista. Ha publicado los libros de cuento: “Primitivo ramo de orquídeas” (2008), “Matrioska” (2010), “Temple” (2013), “Temporada de jabalíes” (2013), “Mal bicho” (2014) y “Flora y Fauna” (2015)

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El coleccionista

Luego de pasar los últimos veinte años de su vida viajando por el mundo en busca de objetos de muerte en desuso –tres sillas eléctricas, dos guillotinas, una docena de pistolas de duelo, la espada de algún prócer– el coleccionista murió en la comodidad del patio de su casa, tras resbalarse con una de esas bolitas que desprende el árbol tilo en otoño y golpearse la cabeza con el primer escalón de la escalera que lleva a su terraza, demostrando así que el destino puede ser un comediante cruel, un pitufo burlón, un ricachón aburrido.

 

Terminator 2

El exterminador T-800 llega a los Estados Unidos de la década de 1990 para proteger a John Connor de las intenciones homicidas de un peligroso T-1000.

Según la película, el héroe, desnudo, le roba la moto y la ropa de cuero negro a un metalero medio malvado que encontró en un bar.

Pero la historia la cuentan los que saben contar historias, y en este caso modificaron un detalle para que todo resulte más atractivo.

En la realidad, el T-800 llega desnudo –sí– y se mete en un bar hawaiano.

Roba pantalones blancos, camisa floreada y una guirnalda.

El desenlace, como imaginarán, no fue el que se conoce.

 

Espantapájaros

El día era magnífico: brisa, sol, calma. Mi pelo ondeaba, el aire me acariciaba la cara.

Entonces apareció la piba.

―¡Buen día, amable espantapájaros! Acompáñame en mi viaje y el mago de Oz te dará el cerebro que tanta falta te hace.

Miré alrededor; pensé que era una joda. No había nadie.

―¿Perdón? –le pregunté.

―¿Tú no eres el espantapájaros sin cerebro? –me preguntó ella, a modo de respuesta. Yo supuse que la chica no tenía todos los patitos en fila.

―No, yo soy el granjero. El espantapájaros está allá –dije, y señalé al espantapájaros.

―¡Oh, le pido disculpas, estimado granjero! Su cabellera al viento y su carencia de cerebro me confundieron. ¿Puedo llevarme a su espantapájaros, para que mi travesía no sea tan solitaria?

-Bueno, depende. Si vos me dejás a tu perrito para que yo lo clave en un poste a fin de espantar a los cuervos y a las adolescentes hinchapelotas, podés llevarte a mi espantapájaros.

La piba salió corriendo.

Yo seguí tomando sol.

 

Mitología

Quise crear mi propia mitología. Quise inventar mis propios dioses. Ninguno de los existentes me convencía, y me senté a diseñar divinidades según mi conveniencia. Les puse poderes y virtudes insuperables, los doté con una belleza que ningún mortal podría poseer, volqué en ellos milagros, hazañas y cualidades que nada envidiaban a las de los dioses de las otras religiones.

Luego los fabriqué. Una a una, mis deidades fueron tomando vida gracias a mi talento para la creación. Me saqué una costilla y se la di a un dios. A otro le cedí mi imaginación. A otro, mis manos. Cada uno de mis seres mitológicos tenía algo muy mío, ya que de eso dependía su supervivencia.

Cuando de mí sobraba apenas un ojo y un poco de conciencia, mis dioses quedaron terminados, listos para gobernar. En ese momento, el dios más implacable (así lo había creado yo) me miró y me dijo:

―Ninguno de nosotros cree en vos.

Entonces dejé de existir.