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Minificción de los jueves: Gabriela Aguilera

Gabriela Aguilera / foto cortesía

Gabriela Aguilera / foto cortesía

(Chile) Narradora, editora, antropóloga. Ha publicado tres libros de cuentos. En minificción, sus publicaciones son: “Con Pulseras en los tobillos” (2007), “Fragmentos de Espejos” (2011) y “Astillas de Hueso” (2013). Además, es autora de la micronovela “Saint Michel” (2012)

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Los jinetes negros de Iván              

Galopan, corren, tragan distancias los jinetes negros. Son hombres entrenados en la cabalgata, en el salto de obstáculos, diestros en la faena de trozar al enemigo con sus sables, mientras sujetan las bridas con la mano libre. No conocen el miedo y dicen que tampoco el dolor, porque su piel es más gruesa que la de un hombre común. Son enormes sombras pesadas recortándose en la noche. Traen consigo a la Muerte, pasajera montada en pelo.

Los jinetes de Iván, gran Zar de todas las Rusias, recorren el país sobre sus corceles pura sangre. La gente sabe que vienen, antes de que entren a un poblado. Lo saben porque los cascos de sus caballos resuenan a un tiempo y el eco retumba en las montañas. Entonces cuentan con pocos minutos para huir; porque los jinetes negros, embozados y dejando ver solo el tizón de sus pupilas, son la mano del gobernante que llega a todas partes, impidiendo así que se mueva una sola hoja sin que él lo sepa.

Los negros jinetes de Iván aún montan la noche de la estepa y la tundra. La nieve cae en plumas sobre sus cabezas. Y sin embargo, nadie ha visto el vaho de su respiración.

 

Exilio

Entonces tu olor de bosques del sur, de cordillera adentro, de mar bravío; de allá, muy lejos. Tu olor me asalta a ojos cerrados y cuando menos lo espero. Te vas y se queda conmigo, se queda en la traza de tu saliva, de los besos que me diste y los que no. Se queda en la última mordida en mi hombro, en el susurro de tu voz reconocible y única, tu olor pendiendo de las palabras en la lengua que conocemos, que me regalas cuando tu cuerpo estalla en el mío y puedo por fin beber el paisaje de mi país en tus lágrimas.

 

La tableta de Humac

La leen en desordenado cirílico y el sonido de las palabras inscritas en ochenta cartas es un susurro entrecortado. Nadie sabe exactamente cómo deben leerse ni lo que significan aquellos caracteres antiguos. Puede ser un largo agradecimiento a Mikail, señor de la lluvia, arcángel de la misericordia, por favor concedido. Tal vez sea el relato de una épica de ciudades sitiadas y luego conquistadas en la caída irrefrenable del Imperio. O quizás la voz agorera del oráculo otomano que predijo, hace más de diez siglos, que la Muerte iba a enseñorearse en aquellos parajes, humedeciendo la tierra y tiñendo las aguas con sangre para después acostarse a descansar en las fosas comunes.

Ante el horror, todos han preferido creer la primera explicación.

 

La planchadora

Las camisas enormes se amontonaban en el canasto del planchado. Pantalones, sábanas, manteles, la ropa de los niños. Uno que otro vestido. Odiaba el ritual de las noches dominicales, cuando sacaba la tabla, el asperjador y enchufaba la plancha. Maldecía entre dientes esa suerte de la puta madre que la ponía ante la montaña de ropa arrugada. Realizaba la tarea frente al televisor, esperanzada en que las noticias y los comentarios futboleros de su esposo aliviarían el tedio.

Algunas noches soñaba con el hombre que amaba, podía olerlo, sentía sus manos, su voz. La culpa la atrapó en un laberinto sin salida. Ya no había lugar para las lágrimas ni el arrepentimiento.

Por eso decidió plantarse con valentía ante el quehacer hogareño. Y hacía la limpieza, cocinaba, mantenía el orden y asistía a reuniones de colegio. Y acometía,  por sobre todos, el rito dominical del planchado, convencida de que en el tormento de sentir el vapor caliente en la cara y las piernas entumecidas por estar tanto rato de pie, purgaba el pecado de amar, irremisiblemente, a un hombre a quien jamás le plancharía las camisas.

 

Tlatelolco I

En aquel lugar del lago, lleno de montículos de arena, los indígenas fundaron la ciudad. El lago proveía de peces, algas y piedrecillas de sal y la ciudad tenía fama de poseer el mercado más grande del mundo. Las guerras y los sacrificios a los dioses mantenían el orden del mundo.

Cuando terminaba el tiempo del Quinto Sol, aquella ciudad fue el último bastión de la resistencia indígena. Allí se refugiaron los líderes y combatieron hasta que no les quedaron fuerzas ni pertrechos. Entonces, los conquistadores entraron en la ciudad y asesinaron a quien se les puso por delante en nombre de Dios y del Rey de España. Luego, ya dueños y señores, decidieron destruir y reconstruir. Las piedras que utilizaron para erigir sus edificios principales fueron las mismas que sacaron de los teocallis quemados. Estaban teñidas por la sangre de los sacrificados y la de los vencidos. Cerca de quinientos años después volvieron a humedecerse con la de los masacrados en nombre del Presidente y el Estado.

 

Historia de los castigos

Cuando nos reunimos conformamos un libro. Sí, porque en nuestros cuerpos está escrito lo que sucedió y cada uno es una página. Hay marcas, escrituras que podemos ver y otras que no. Sin embargo, podemos leernos.

Faltan páginas en este libro de nuestra historia. Unas volaron con el viento, otras fueron lanzadas al mar. Muchas fueron despedazadas, quemadas, borradas. Acaso alguna estará en un basural del desierto, intacta.

Buscamos, aún, las páginas faltantes de este libro nacional.

 

Sicario.cl

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Se notifica aumento de la demanda del servicio por ex esposas y por lo tanto, un aumento en las tarifas para tal categoría.

 

Tránsitos

Aseguró ser un buen conductor. Lo desafié esa noche a recorrer mis caminos con su lengua. Lo hizo, deteniéndose el tiempo justo en cada una de las paradas obligatorias inscritas en los lunares rojos que tapizan mi piel. Respetuoso de las leyes, no pasó por alto a ninguno de ellos.

No sabía que viajaba siguiendo las señales de un mapa que lo conducían a estrellarse de cabeza entre mis piernas.

 

El ciclo de las guerras

Los príncipes amarrados a las picas oyen el ulular del viento en la noche. Cuando amanezca serán ajusticiados. Los enemigos cortarán sus testículos y los colgarán en los tambores que llevan los símbolos de su reinado. Así terminará su estirpe y los vencedores de la guerra se convertirán en los nuevos señores de aquellos territorios. Así será durante cinco siglos. Hasta que los vencidos cobren fuerzas para el alzamiento y se levanten contra los nuevos príncipes, los combatan, los apresen y los amarren a las picas en la espera de ser ajusticiados. Cortarán sus testículos y los colgarán de los tambores que llevan los símbolos de su reinado, con la intención de terminar con su estirpe.

 

Opciones

Se dijo que quizás hubiese sido mejor el divorcio.

Pensó en eso un minuto nada más porque tenía poco tiempo para deshacerse del cuerpo.