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Minificción de los jueves: Gabriel Jiménez Emán

Gabriel Jiménez Emán

Gabriel Jiménez Emán

(Venezuela, 1950). Narrador, ensayista, poeta, antólogo y editor. Es uno de los primeros minicuentistas venezolanos y posiblemente el más reconocido en el exterior. Ha publicado unos cuarenta libros, entre novela, cuento, poesía y antología. En minificción sus obras más importantes son: Los dientes de Raquel (1973), Los 1001 cuentos de 1 línea (1980), El hombre de los pies perdidos (2005), Había una vez…101 fábulas posmodernas (2009), Divertimentos mínimos. 100 textos escogidos con pinza (2011), Consuelo para moribundos y otros microrrelatos (2012), Cuentos y microrrelatos (2013)

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El cuadro en el estanque

Entró dormida al cuarto. Se sentó en la cama y comenzó a quitarse los zapatos, mientras miraba el cuadro que representaba a una mujer acostada a orillas de un estanque. La mujer tenía los ojos cerrados, y no se sabía si solamente tenía los ojos cerrados. A su lado había grama, florecillas e insectos grandes. Detrás del estanque se dibujaba un bosque no muy frondoso, que dejaba ver a través de su delgado ramaje unas colinas azuladas. Después de quitarse los zapatos dio un giro hacia la izquierda. La cama no emitió ningún sonido; apenas parecía que hubiese recibido un cuerpo. Como estaba muy cansada, no se quitó el vestido inmediatamente, sino que esperó a relajarse más; después, lentamente, empezó a desabotonarlo. En cierto momento el viento movió los pliegues del vestido. Las sábanas también se movieron, y las florecillas rozaron sus pies cuando justamente había comenzado a cerrar los ojos. Pero el cielo estaba claro y el viento insistía en refrescar las aguas, incitándola a despertarse. Los insectos caminaron, las florecillas dejaron caer pequeñas gotas en sus pies descalzos, y entonces sí se abrieron sus ojos. Pero la cama estaba muy blanda y esto, unido a la monotonía del techo del cuarto, casi la obligó a cerrar los ojos de nuevo. Sin embargo no los cerró, sin antes terminar de desabotonarse el vestido. Esto la relajó más, por lo que pensó en incorporarse para desvestirse; pero antes suspiró levemente, se estiró, abrió los ojos, mientras una de sus manos se movía cerca del estanque.

Después esa misma mano bajó hasta que sus dedos rozaron la superficie del agua, hecho por el cual se percató del pequeño descuido de haberse quedado dormida en una zona tan transitada. Se sentó, para incorporarse y recogió los zapatos que había dejado sobre la hierba antes de haber ido a descansar. Mientras se los colocaba y miraba el estanque, vio que el cuadro se desprendía de la pared.

 

El hombre invisible

Aquel hombre era invisible, pero nadie se percató de ello.

 

La brevedad

Me convenzo ahora de que la brevedad es una entelequia cuando leo una línea y me parece más larga que mi propia vida, y cuando después leo una novela me parece más breve que la muerte.

 

El idiota

A R. H. Moreno-Durán

Cuando el sabio señaló la luna, el idiota se quedó mirando el dedo del sabio, y vio que se trataba del índice. Era un dedo arrugado, envuelto en una epidermis desgastada, cuyo tejido anterior se hacía tan fino que el espesor de la sangre, fragmentado en pequeños puntos rojos, se dividía a su vez en forma de tabique, debido a las líneas irregulares que en grupos de cinco separaban las falanginas de las falangetas. Por la parte posterior, en la superficie de los nudillos, estas líneas eran más numerosas y parecían nervaduras de hoja, pues el sabio era tan viejo que la piel del nudillo era un pellejo de consistencia inerte, y hasta tenía ciertas marcas de los mordiscos leves que el sabio le había dado en los momentos de reflexión.

En los demás dedos del sabio había ciertos vellos, que el idiota apenas conseguía registrar con el ojo, tal era su concentración en el índice, distinto de aquellos por ser lampiño, con los poros más grandes y de una uña más pronunciada, curva y de una pátina tenue de amarillo. Su superficie se adivinaba casi tan lisa como la de un cristal, y brillaba. El contorno de la cutícula estaba perfectamente dibujado; no había en su línea cóncava ni el más mínimo desprendimiento. El nacimiento de la próxima uña, blanco y puntiagudo formaba con la cutícula un óvalo que el sabio miraba a veces, encontrando en él una especie de centro universal cuyo significado desconocía. Se detuvo por fin el idiota en la parte superior de la uña, que coincidía exactamente con el nivel de la yema, y cuyo borde se inclinaba hacia abajo. Allí el idiota vio, perfectamente reflejada y redonda, a la luna.

 

Dios

Dios mío, si creyera en ti, me dejaría llevar por ti hasta desaparecer, y me he dejado llevar y no he desaparecido porque creo en ti.

 

Pequeño cielo

Cuando muera, no quiero ir a un cielo grande, de extensión inmensa y de promesas cumplidas. No me engaño al saber que lo merezco: he sido bueno, he sacrificado mi vida por los demás y nunca he hecho mal a nadie, ni siquiera por olvido u omisión. He sido fiel a mi mujer y he creído en el Señor hoy, antes y después, por encima de todo creo en el Señor Todopoderoso, y en que alguno de mi familia ha de seguirme.

Por todo ello, pido cuando muera ir a un cielo pequeño, privado, donde vuelva a encontrarme con mi padre y mi madre y ver cómo ellos se besan y aman, y entonces yo vuelva a estar en el vientre de mi madre, chupando con fruición el pequeño cielo de mi dedo pulgar.

 

El método deductivo

Al abrir el periódico, vio que el asesino le apuntaba desde la foto. Lo cerró rápido, antes de que la bala pudiera alcanzarle en la frente. Dejó el periódico a su lado, todavía humeante.

 

Lectura final

El condenado a muerte está sentado en la litera de la celda hojeando un libro, pocos momentos antes de ser llamado a su ejecución. Rechaza a un sacerdote para hacer su confesión final; desprecia la oferta de un último deseo mundano, de un capricho, de una última voluntad para probar la tentación de un vino, un bocado, un cigarrillo. Sólo pide que le dejen terminar la novela que ha estado leyendo en las últimas horas. Está a punto de concluirla, pero siempre tiene interrupciones. Ha rechazado todo tipo de ofertas, para poder lograr la completa concentración en su objetivo. El carcelero le insiste en que tiene poco tiempo para ser conducido a la silla eléctrica, y el reo le suplica al carcelero que le deje solo unos instantes; el guardia le complace y se marcha de ahí por un momento.

El reo se concentra en la historia, se abstrae totalmente del entorno y logra introducirse por completo en el final de la obra literaria. Cuando el carcelero regresa a buscarlo, encuentra el libro abierto contra el piso y que el reo no puede ser conducido a la silla eléctrica. Ni siquiera su liviana ropa ha podido ser hallada en el pequeño espacio de la celda.