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Minificción de los jueves: Fernando Sorrentino

Fernando Sorrentino / Foto Instituto Literario de Veracruz

Fernando Sorrentino / Foto Instituto Literario de Veracruz

(Buenos Aires, Argentina, 1942). Narrador y Profesor de Lengua y Literatura. Ha publicado, entre otros: “Imperios y servidumbres” (1972); “Siete conversaciones con Jorge Luis Borges” (1974); “El mejor de los mundos posibles” (1976); “En defensa propia” (1982); “Siete conversaciones con Adolfo Bioy Casares” (1992); “El rigor de las desdichas” (1994); “Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza” (2005); “El regreso” (2005); “Costumbres del alcaucil” (2008); “El crimen de san Alberto” (2008); “El centro de la telaraña” (2008); “Paraguas, supersticiones y cocodrilos” (2013)  

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Causas de la extinción de los basiliscos

La simple observación parece indicar, sin ningún género de dudas, que la especie de los basiliscos está extinguiéndose. De los estudios realizados se desprende que este hecho no se debe tanto a la persecución que de ellos hacen los nativos –llevados de sus supersticiones–, sino más bien a la lentitud con que estos animales realizan su ciclo reproductivo y a los obstáculos que en él encuentran.

En efecto, no es cierto que los basiliscos puedan matar con su sola mirada. Suelen, en cambio, lanzar por los ojos sendos chorritos de sangre. Esta sangre produce en la piel afectada una suerte de úlceras o pústulas, en las que se forma una materia orgánica de la que nace un gusano conocido científicamente como Vermis basilisci (Boitus). Tales gusanos se desarrollan en el cuerpo humano como parásitos y van lentamente devorando el sistema nervioso, hasta que terminan, en su fase final, por vaciar la cavidad craneana. Este proceso puede durar entre treinta y cinco y cuarenta años. El enfermo gradualmente va perdiendo el dominio de sus miembros y de sus sentidos, y puede, inclusive, morir prematuramente. Pero el vermis no abandona el cuerpo hasta no haber terminado por completo con la masa encefálica. Entonces, convertido en una especie de pequeña culebra –nunca mayor de veinte centímetros–, abandona el cadáver e inicia una lenta migración hacia las zonas pantanosas. Pocas, en realidad, llegan a destino, pues, en el frecuentemente largo trayecto, mueren de hambre o son devoradas por cuervos o búhos, y también por pequeños mamíferos carniceros, tales como la marta, el hurón y el armiño. Las escasas culebras que logran sobrevivir completan su metamorfosis entre el calor y la humedad de los pantanos, de donde, al cabo de un período que oscila entre cinco y seis semanas, salen transformadas ya en basiliscos. Pero no es cierto que estos animales puedan matar con su sola mirada.

El régimen alimenticio de los caballos

Tampoco es cierto que los caballos sean animales excluyentemente herbívoros. El doctor Ludwig Boitus ha probado que fueron los hombres de primitivas civilizaciones quienes los acostumbraron a ese régimen: así lo aconsejaban razones de economía y, sobre todo, de seguridad.

El hecho es que en todo caballo está latente un temible instinto carnicero. Más aún, los caballos son los únicos animales primigeniamente carniceros. En efecto, si se alimenta durante solo un mes con carne cruda a un caballo, el aspecto y los hábitos del animal sufren una transformación: los inocentes ojos pardos adquieren un maligno tinte ocre; los colmillos crecen y se arquean; el andar se hace sinuoso y afelpado; los movimientos tienden a ser furtivos; las uñas, liberándose de los cascos, se convierten en garras. El caballo es ahora el más fuerte, el más grande, el más veloz y el más ágil de todos los animales carniceros.

Aquellos hombres primitivos que encauzaron hacia tareas útiles la fuerza del único animal feroz que asolaba sus poblaciones se dieron cuenta, más tarde, de que necesitaban también matizar el mundo con un tranquilo horror. Entonces, eligiendo a unos inofensivos, hermosos e inservibles animales que solían devorar sus cosechas, los acostumbraron al sabor de la carne: así surgieron los tigres y los leones, las panteras y los jaguares.

Supersticiones retributivas

Yo vivo de las supersticiones ajenas. No gano mucho y el trabajo es bastante duro.

Mi primer empleo fue en una fábrica de soda en sifones. El patrón creía, vaya a saber por qué, que uno de los millares de sifones (sí, ¿pero cuál?) alojaba la bomba atómica. Creía también que era suficiente una presencia humana para impedir que aquella terrible energía se liberase. Éramos varios los contratados, uno para cada camión. Mi tarea consistía en permanecer sentado sobre la irregular superficie de los sifones durante las seis horas diarias que duraba el reparto de soda. Una tarea ardua: el camión daba barquinazos; el asiento era incómodo, doloroso; el trayecto, aburrido; los camioneros, gente vulgar; cada tanto estallaba un sifón (no el de la bomba) y yo sufría heridas leves. Al fin, cansado, renuncié. Y el patrón se apresuró a reemplazarme por otro hombre que, con su sola presencia, impediría el estallido de la bomba atómica.

En seguida supe que una señorita solterona de Belgrano tenía un casal de tortugas y creía, vaya a saber por qué, que una de ellas (sí, ¿pero cuál?) era el demonio en forma de tortuga. Como la señorita, que vestía de negro y rezaba el rosario, no podía vigilarlas continuamente, me contrató a mí para que lo hiciese de noche. “Como todo el mundo sabe”, me explicó, “una de estas dos tortugas es el demonio. Cuando usted vea que a una de ellas le crecen dos alas de dragón, no deje de avisarme, porque esa, sin duda, es el demonio. Entonces haremos una hoguera y la quemaremos viva para terminar así con la maldad sobre la faz de la tierra”. Las primeras noches me mantuve despierto, vigilando a las tortugas: qué animales tontos y sin gracia. Luego mi celo me pareció injustificado y, apenas la solterona se acostaba, yo me envolvía las piernas en una manta y, encogido en una silla del jardín, dormía la noche entera. De manera que nunca pude averiguar cuál de las dos tortugas era el demonio. Entonces le dije a la señorita que prefería dejar ese empleo, pues me resultaba insalubre pasar las noches en vela.

Porque, además, acababa de enterarme de que en San Isidro había una vetusta casona sobre una alta barranca, y, en la casona, una estatuilla que representaba a una dulce muchacha francesa de fines del siglo xix. Los dueños –una pareja de grises ancianos– creían, vaya a saber por qué, que esa muchacha se hallaba enferma de amor y de tristeza, y que, si no se le conseguía novio, moriría a corto plazo. Me asignaron sueldo y me convertí en novio de la estatuilla. Empecé a visitarla. Los ancianos nos dejan solos, aunque sospecho que secretamente nos vigilan. La muchacha me recibe en la melancólica sala, nos sentamos en un gastado sofá, le llevo flores, bombones o libros, le escribo poesías o cartas, ella toca lánguidamente el piano, me echa suaves miradas, yo la llamo Amor mío, la beso a hurtadillas, a veces voy más allá de lo que permiten el decoro y la inocencia de una muchacha de fines del siglo xix. También Giselle me ama, baja los ojos, suspira tenuemente, me dice: “¿Cuándo nos casaremos?”. “Pronto”, le respondo. “Estoy juntando plata”. Sí, pero la fecha se difiere, pues es muy poco lo que puedo ahorrar para nuestro casamiento: como ya dije, no se gana gran cosa viviendo de las supersticiones ajenas.