• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Minificción de los jueves: Fedosy Santaella

Fedosy Santaella | Foto: Archivo

Fedosy Santaella | Foto: Archivo

(Venezuela, 1970). Cuentista, novelista, poeta, profesor universitario y cinéfilo. Ha publicado, entre otros: “Postales sub sole” (2006), “Rocanegras” (2007), “Piedras lunares” (2008), “Las peripecias inéditas de Teofilus Jones” (2009), “Ciudades que ya no existen” (2010), “En sueños matarás” (2013) y “Los escafandristas” (2014). Todas sus minificciones vienen de “Instrucciones para leer este libro” (2012)

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Lo de siempre

–Te advertí que te amaría hasta la locura –dijo A sonriente.

–Sí, hasta mi locura –respondió B y se lanzó por la ventana.

 

Breve

Él dijo tan bien.

Ella dijo tan poco.

 

De Hadaz

El príncipe irrumpió en el salón real, arrastrando de los cabellos rubios el frágil cuerpo sembrado de flechas. Ya de rodillas frente al desencajado Rey, ofreció aquel cartel con error de imprenta, el único que los emisarios no alcanzaron a sacar de circulación y en el que se podía leer: Rey busca príncipe para cazar a su hija.

 

El caso del traidor

En memoria de Julio Garmendia

El occiso fue hallado en su lugar de habitación, con cuarenta puñaladas en la espalda. No se encontró el arma asesina y no había rastros de violencia ni de robo. Por las luces encendidas se pudo determinar que había muerto de noche, quizá de madrugada. Sobre la mesa del comedor se encontró una botella de ron a medio usar, un vaso y un cenicero lleno de colillas.

El rastro de sangre indicaba que el hombre fue atacado en mitad de la sala y que, agonizante, se arrastró hasta el escritorio, seguramente a la búsqueda de una hoja y de un lápiz.

En el papel que apretaba en su mano, dejó la siguiente nota:

“Fue mi otro yo”.

 

Doblez

Era un hombre con una vida oculta, de allí que le fuese tan difícil hallarse a sí mismo.

 

Vórtices gozosos

Está bien, está bien, ciérrame la puerta del baño, no me importa. Yo me voy para otro lado, para otro baño. Saldré corriendo y llegaré primero que tú. Sí, pegaré una gran carrera, la más grande que jamás haya pegado nadie en todo el universo. No me caeré y llegaré victorioso hasta el váter, hasta la palanquita, y la bajaré, sí, la bajaré feliz de la vida y luego alzaré la tapa, y estallaré en gritos y carcajadas mientras me quedo mirando cómo gira y gira el agua allá adentro.

Y además volveré a bajar la palanca, de eso que no te quepa duda, y me reiré más fuerte todavía, y daré saltos de conejo loco. Y después, después haré lo que más temes. Sí, me inclinaré, estiraré el brazo, lo dejaré caer como una bomba y meteré la mano en el agua, hasta donde alcance, hasta bien adentro. Luego sacudiré, levantaré olas enormes, olas que me chispeen la cara, la boca, los ojos y que mojen este traje de una sola pieza, insoportable y caluroso que debo usar para dormir.

Sí, me bañaré con el agua del váter, y lo haré rápido, muy rápido, antes de que llegues y me levantes de un tirón y me laves las manos con jabón y me vuelvas a decir que con eso no se juega y me saques y cierres la puerta del baño y me pongas a jugar con cualquier juguete aburrido, un trencito, un carrito, un avión, qué sé yo…

 

Como si el loco fuera yo

Hoy en la mañana, una voz amable y correcta se me acercó bajo la lluvia.

–Hola, buenos días. Caballero, por favor, me presta su paraguas un momento, ya se lo devuelvo.

El hombre que hablaba venía con un periódico sobre la cabeza. Tendría unos cincuenta años, usaba bigotes gruesos y lentes, y también portaba una buena porción de canas. Tenía aspecto de persona seria. Pero por lo que acababa de decir, parecía no serlo. También cabía la posibilidad de que fuese un loco, de los tantos que sobran en la ciudad. Me quedé con esta última idea, y le respondí:

–Espérame ahí mismo que ya vengo.

Orgulloso de mi sagaz respuesta seguí mi camino. Por lo general, ante este tipo de situaciones, no encuentro qué decir o digo cualquier cosa y hago el ridículo. Pero esta vez yo iba con la frente en alto, y sentí que caminaba como caminaría Batman luego de propinarle una buena paliza a cinco villanos.

Media hora más tarde había terminado mi diligencia. Aún llovía afuera. Con el paraguas desplegado, regresé a la calle donde había estacionado. Era la misma calle donde el loco me había abordado. Y donde aún seguía, bajo la lluvia, muy mojado y con el periódico hecho papilla sobre su cabeza. Se hallaba en el sitio exacto donde le había dicho que esperara. Entre molesto, apenado y asustado, apresuré la caminata y me mantuve a distancia. Aun así el hombre me reconoció.

–¡Ya está de vuelta! ¡Muchas gracias! –me dijo con el gesto iluminado de beatífico agradecimiento–. ¿Ahora sí me presta el paraguas? De verdad, ya se lo devuelvo.

No le respondí, eché a correr hasta el carro, recogí el paraguas y me monté. Retrocedí, maniobré y pasé junto al hombre. Él me miraba asombrado, confundido, como si no pudiera creer lo que estaba pasando, como si el loco fuera yo.

 

Destino insostenible

El maquillaje, la cartera, la peluca, la silicona, el sostén, el hilo dental, la falda, los tacones... todo le resultaba tentador y al mismo tiempo absurdo. Tenía alma de travesti, pero había nacido mujer.