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Minificción de los jueves: Fari Rosario

Fari Rosario / Foto cortesía

Fari Rosario / Foto cortesía

(República Dominicana, 1981). Poeta, narrador, ensayista y guionista. Ha publicado: “El jabalí y otros microcuentos” (2007); “El coleccionista” (2008); “Polvo y olvido” (2009); “El discurso de la interioridad y la condición humana en Una rosa en el quinto infierno” (breve ensayo, 2009); “El columpio de los sonámbulos: Antología de microcuentos dominicanos” (2010) y “La aventura de la vaca flaca” (2013) 

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La mosca soldado

El caso de Baltazar es muy conocido por la gente. Su padre era un hombre recio, disciplinado, pero se vio obligado a desertar de la milicia porque se le acusaba de traidor. Para compensar sus horas de trabajo se dedicó a cazar y a vender la carne a sus parroquianos. Su único hijo, Baltazar, era distraído, tímido, de poco hablar. Sin embargo le agradaba observar y se daba a contar con su dedo las moscas que asolaban los residuos de carne que quedaban sobre el matadero. Con el tiempo se hizo amigo, conocedor y domador implacable de las miles y miles de moscas que visitaban la casa de su padre. Fue así como se convirtió en un hombre notorio e influyente en todo el reino. El ministro, en persona, lo invitó a cenar varias veces a su loable palacio. Y fue así como este le solicitó, formalmente, su ejército de moscas asesinas para enfrentar las fuerzas del país enemigo.

 

La mujer del forastero

Un hombre deja ir su mirada de sabueso, distingue un puente. Visualiza a una mujer que está cruzando el puente mientras unos niños duermen debajo del concreto armado. La mujer camina con pasos rápidos y grandes zancadas, va tras la sombra de un forastero que le ayudó a cargar el agua en el supermercado del pueblo.

Yo podría contar esta historia de otro modo y decir por ejemplo que tengo sed de habitar. Existen los paralelos habitados en la mente de los demonios y los arquitectos, aunque estos al fin y al cabo quizás sean una misma cosa. Le Corbusier buscaba un quinto principio, algo simple: la casa como máquina para vivir. Y yo vivo pensado en tu cuerpo, mujer de manos delicadas, en que puedo escribir algo y hacerte regresar conmigo. Vivo pensando en que puedo sembrar mi esperanza en los surcos de tu cuerpo, poblar tu alma con mis dados, con mis dedos. Todo esto puedo hacerlo, aunque primero debo deshacerme del cuerpo del forastero.

 

La promesa infinita

Hoy recuerdo al Polinomio y a los hijos de gran Polinomio, al menos recuerdo a los que vivían en el barrio de los Maestros, al igual que yo. El Polinomio tenía una hija bizca de carácter simpático y juguetón, de modo que al conocernos hicimos un trato solemne: yo prometí escribirle un poema a cambio de que ella me enseñara los juegos geométricos de las caricias celestiales en las noches largas. Con ella conocí el furor y la geometría de las pasiones. En realidad nunca aprendí matemáticas ni ecuaciones algorítmicas, pero a lo mejor sea este el esbozo del poema que le prometí.

 

Los textículos de un gran fuxilador

Querida Eva Rojo: En los mensajes anteriores me dices que estuviste de cumpleaños, que te fue bien en Marsella, que tu país está gobernado por los malditos milicos, a la cabeza el mismísimo César Augusto Maxuro. Te escribo esto mientras la canción opus poxus de Jaco Pastorius taladra mis oídos, mientras agonixo frente a la pantalla del computador, mientras escribo un cuentecito que habla de los textículos sórdidos de los milicos y sus mangos maduros que solo chupan los demonios del Sur. Solo ellos saben bailar e inventar los juexos de la muerte para que nadie hable, para que nadie duerma, para que nadie camine de lao y con ira en la retina del ojo derecho contra los animales armados, para que nadie mire al cielo y mutile las palabras, tal como ellos mutilan los sueños de la plebe.

 

La policía y la bella paradoja de la infamia

Hoy he visto un acto terriblemente bello: La señora de limpieza, con movimientos rutinarios, se quita los guantes y le limpia la barba y el antebrazo a San Judas Tadeo. La mañana está fresca y brilla el sol en Santo Domingo. El mundo es una piedra que apenas si se mueve frente al gran Palacio de la Policía Nacional.

La señora termina su trabajo y, como es natural, se va en silencio a su casa.