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Papel literario

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Minificción de los jueves: Fabián Vique

Fabián Vique en El Living sin Tiempo / Foto YouTube

Fabián Vique en El Living sin Tiempo / Foto YouTube

Argentina, 1966. Narrador y editor dedicado a la minificción. Ha publicado, entre otros, “La vida misma y otras microficciones” (2010), “Variaciones sobre el sueño de Chuang Tzu” (2009), “Los suicidas se divierten” (2012) y “Peces” (2015). Su blog es: www.delasavesquevuelan.blogspot.com

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Niño

Desde la cima viene creciendo y avanzando la bola de nieve. Arrasa las cinco viviendas de la base con todos sus ocupantes.

El único sobreviviente es un niño que rezaba en el bosque.

Al ver el desastre, el niño levanta la mirada hacia el cielo, y exclama:

–¡Gracias Señor por cumplir mi deseo!

 

Acuario

El barbo de Sumatra mira al tiburón albino. No hay mensaje, no hay emisor ni receptor. Solo lo mira. Si el tiburón albino no estuviera allí, el barbo de Sumatra no sería quien es. El día en que el tiburón muera o lo saquen de su pecera, el barbo, desde la suya, se moverá del mismo modo, no cambiará nada de su comportamiento, pero ya no será el mismo. Él no lo sabe. El tiburón albino no lo sabe. Los ictiólogos no lo saben. Todo es incomunicación.

 

Monólogo de la flecha

No hay vuelta atrás. La suerte está echada y yace en algún lugar que ya no importa. Te tocó estar ahí y a mí me toca ir. Tu mirada parece buscar una respuesta. Lo único que quisiera decirte es que también es mi final, mi hora. Que si alguien escribió este desenlace para vos también lo hizo para mí. Que desconozco los motivos. Que allá voy, directo a tu corazón. Que no voy a fallar.

 

La espera

Vendió todo, compró un taxi resplandeciente y se ubicó en la esquina de Yatay y Carlos Pellegrini. Al principio, gente de la zona y trabajadores subían o le hacían señas y él los rechazaba amablemente con la misma frase: “estoy esperando a una pasajera”.

Pasaron los años, las décadas. Ya nadie se acercaba a ese auto atemporal. Una tarde, una mujer añosa se sentó en diagonal al conductor y saludó, a través del espejo retrovisor, con una leve inclinación de cabeza.

El anciano acarició su larga barba, giró la llave y el auto arrancó.

 

¿Dónde está usted?

Si usted va caminando y pisa una mina y estalla por el aire en miles de pedazos, trozos o partes, ¿dónde está usted? ¿En la suma de los innumerables fragmentos? ¿En la unidad inmanente? ¿En la pléyade del yo? ¿En el alma ajena a los avatares de la guerra y sus secuelas? ¿En la comodidad del rol lector o del pronombre? ¿En la platea? ¿En la escena? ¿En la complicidad con el imaginario comediante? ¿En la protesta por la existencia de campos minados donde debería haber versos y flores? ¿En la pulsión de persistir? ¿En la certeza de no ser? ¿En la presunción de no saber, de no creer, de no pensar, de ser autor, alcornoque, triza en la corteza, vacío, duda?

 

Asamblea

¿Quiénes mandan? –pregunta el pez gato.

–Los que tienen piernas –responde la coridora.

El cíclido niega.

–Los alados –aventura el guppy.

–Tampoco –contesta el pez globo.

–¿Los que reptan?

–Imposible.

–Los que tiran bombas –sugiere, entre los corales, el pez ángel.

–No creo.

–¿Los millonarios?

–No.

–¿Y entonces quiénes? –barbota el barbo.

El hipocampo mira hacia el cielo imaginario, alza los brazos inexistentes, y exclama:

–¡Los que tienen la palabra, camaradas, los que tienen la palabra!