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Minificción de los jueves: Eugenio Mandrini

Eugenio Mandrini / Foto Poetas Siglo Veintiuno

Eugenio Mandrini / Foto Poetas Siglo Veintiuno

Buenos Aires, Argentina, 1936. Poeta, narrador y académico titular de la Academia nacional del Tango. Ha publicado tres libros de poesía, dos de ensayo. En minificción, sus libros son: “Criaturas de los bosques de papel” (1987); “Las otras criaturas” (2013) y “La vida repentina” (2014)

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De la oftalmología

Él era uno de esos predestinados que ven más allá. No desde el balcón de los dioses, sino desde aquí, desde este lugar común llamado Tierra.

Él, por ejemplo, veía el dolor (para ser más preciso: el temblor) del bosque cuando al amanecer los pájaros lo abandonan para entrar en el aire.

También, al encenderse la luz, el veía cómo las sombras se contorsionaban (en realidad, se resistían) en ese fugaz y fulminante instante antes de desaparecer.

Y si, por caso, en el horizonte aparecía una veladura, él, de una sola mirada, sabía si aquello era un remolino de niebla, la polvareda de una estampida, una invasión enemiga o un espejismo.

Hasta llegó a ver, cierta vez, frente al espejo, el lento trazado de un lápiz invisible, o dicho de otro modo, el nacimiento de una arruga.

Y sin embargo no vio llegar al dulce animal amargo del amor, y eso que este animal, antes de dar el salto y atraparlo, lo miró hondo a los ojos.

 

Metas

Se detuvo agitado, aguardando a que llegara el hombre que venía detrás de él, y cuando lo tuvo a su lado, le preguntó si era él quien desde siempre lo perseguía sin tregua. El otro asintió en silencio y durante un largo momento permanecieron frente a frente, como leyéndose la historia, inmóviles y sin pronunciar palabra, ni sílaba o letra, hasta que el miedo de terminar así, como petrificados en el tiempo, les hizo iniciar una misteriosa amistad que se arraigó de manera tan profunda y se diría tan encarnada, que parecieron fundirse entre sí, olvidando desde entonces, como mandato de amnesia, la meta que les hiciera encabritar la sangre y latir el corazón con estrépito mientras fueron uno, el perseguido, y el otro, el perseguidor. Murieron sin apuro. También sin dicha, sin asombro y sin luz. Secos.

 

Parpadeos

Solo hay tres clases de ciegos, ¿o tres no es el número perfecto? Está ese al que no hay explosión ni asamblea de luciérnagas que lo saquen de la sombra profunda. Está el otro, el que aún ciego, conserva un esbozo de penumbra y al resplandor de un fósforo queda de pronto en éxtasis y bajo la luz furiosa del medio día cree que los ojos le vuelven. Y finalmente está aquel, el ciego que palpa afanoso los contornos y las grietas, los movimientos y temblores de los breves mundos. Ese, el tercero, es el amante. 

 

Amantes

A diferencia del ojo lujurioso de los Cíclopes y de las acometidas insaciables de los Centauros, la leyenda de los amores del Ogro y la Ogra nos relata que en los momentos de vitalidad y estruendo sanguíneo, ellos comienzan a devorarse entre sí, a dentelladas él, a mordiscos ella, a mordiscos él, a dentelladas ella (sin detallar aquí los recovecos de uno y otro donde más se deleitan, pues ello haría despertar a los caballos muertos y enardecer a las estatuas), hasta que por último del gran festín quedan indemnes solo sus lenguas chasqueando en el vacío ante la ausencia de los cuerpos.

Dicha leyenda nos revela, por un lado, el por qué de la desaparición de los Ogros y, por el otro, nos advierte que ellos ocupan el sitial más elevado entre las grandes parejas de amantes de la historia romántica universal, por ser los únicos seres que devorando y dejándose devorar, alcanzaron la suprema y monstruosa belleza del deseo carnal practicado hasta el fin.

Gloria a los Ogros.

 

Primeros goteos de la desilusión

De un pisotón el niño aplastó a la hormiga que corría por el patio. “¿Estás feliz, ahora?”, dijo la madre, sin necesidad de zamarrearlo. “¿Y si de pronto apareciera un gigante de cien metros e hiciera lo mismo contigo?”, insistió.

Aterrado, el niño se puso a llorar, mientras se quitaba el zapato en cuya suela la hormiga aún se movía o temblaba. Acercó la cara a ella y con tibios soplos de suspiro fue dándole aire, al tiempo que con un dedo, afanosamente, trataba de armar los restos.

Un diluvio de lágrimas ahogó a la hormiga o produjo su definitiva quietud.

Después el niño se quitó el otro zapato y permaneció descalzo el resto del día.

 

Prueba de alta sensibilidad

Esos ruidos que sueltan los papeles estrujados –tan parecidos a huesitos que crujen–, y los patéticos esfuerzos con que luego se mueven para recuperar la lisura perdida, lo conmovían hasta el llanto.

 

La galera que murió al amanecer

La historia dice así: En represalia por haber seducido a una dama de bruñido apellido y belleza intolerable, el mago Sésamo fue condenado a presenciar la ejecución de su galera de crear, la que al dejar de existir produjo, simultáneamente, la muerte de conejos y palomas, campos enteros de conejos, cielos enteros de palomas, y la muerte de una cacatúa acostumbrada a proferir palabras terribles e insólitas en varios idiomas, y hasta la muerte de un mico que chillaba graciosamente al compás de célebres arias de óperas de Verdi, todo lo cual hizo que el mago se volviera ciego, calvo, loco y finalmente muerto.

A la historia se la conoce con el nombre de “El día de la masacre”.