• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Minificción de los jueves: Eloi Yagüe Jarque

Eloi Yagüe Jarque | Foto: Archivo

Eloi Yagüe Jarque | Foto: Archivo

Venezolano nacido en España en 1957. Periodista, narrador, profesor universitario y experto en novela negra. Ha publicado: “El nexo vertical” (1990), “Las alfombras gastadas del gran Hotel Venezuela” (1999), “Esvástica de sangre” (2000), “Manuscrito inédito de Ramos Sucre” (2001), “Guerras no santas” (2004), “Autorretrato con Minotauro” (2005), “Cuando amar debes partir” (2006), “El nudo del diablo” (2006), “Amantes letales” (2012). Su minificción está recogida en “Balasombra” (2005)

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Conozca la fecha de su muerte

–Conozca la fecha de su muerte –dijo el individuo al peatón desprevenido.

–¿Cómo es eso? –respondió el peatón.

–Tal como le ofrezco. Por una módica suma.

–Pero, ¿para qué?

–Puede tomar previsiones.

El peatón pensó rápidamente. Le pareció una buena razón.

–Me interesa –dijo–. ¿Cuánto?

–Mil.

–Es mucho.

–Piense: ¿quién más le ofrece tanto?

El peatón pensó durante algunos segundos.

–¿Con certeza?

–Cien por ciento garantizada. Muchos clientes satisfechos.

–Está bien –dijo sacando la cartera–. ¿Cuándo moriré?

–Ya –dijo el otro sacando la pistola.

 

Autopista Regional del Centro

El samán es hermoso. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Uno pasa por aquí a tanta velocidad no tiene tiempo de mirar a los lados. Sus ramas se extienden sobre la autopista. Y eso que no está plantado tan cerca del borde. ¿Cuántos años tendrá? Debe ser por lo menos centenario. Su copa se extiende como un mar de hojas verde-esmeralda regalando frescura a todo a su alrededor. Se está fresco aquí debajo del follaje, cerca del tronco oscuro. Protege contra el sol inclemente de esta hora que parece achicharrar todo. La sombra es móvil gracias a la brisa y a las nubes que pasan, dibujan estelas en una gama de grises sobre el pavimento.

La sirena de la ambulancia rompió la placidez de la bucólica escena. Los bomberos habían llegado hacía rato. Los paramédicos se bajaron rápidamente pero el jefe de bomberos los atajó:

–Ya no hay nada que hacer. Vean cómo quedó el carro. El tipo murió. No llevaba puesto el cinturón de seguridad. Y el árbol como si nada.

 

El cono

Los habitantes del caserío, a orillas de la vieja carretera rural, subsistían tapando con tierra los huecos y pidiendo dinero a los conductores de los escasos vehículos que por allí pasaban. Pero eran pocos los que colaboraban. “Si tuviésemos un cono”, dijo la mamá de Camilo. El niño recordaba que había visto uno en la gasolinera cercana, donde paraban camioneros a descansar. Hacia allá se fue una noche. Ahí estaba el cono: detrás de una gandola gigantesca. Camilo se acercó sigilosamente. En eso el camión retrocedió y aplastó el cono con sus enormes ruedas. Camilo no lo vio venir.

 

Fugaz

El oficinista tomó el Metro aquella mañana como de costumbre. Sin pensarlo se bajó en la última estación. Buscó una calle, un hotel, pidió una habitación. Al entrar se desnudó y se tendió en el lecho buscando entre las sábanas su fragancia, el aroma de una fantasía, el vestigio de un breve encuentro. Pero ella no estaba ahí, nunca había estado ni siquiera en el más fugaz de sus sueños.

 

La llamada

¿Y si tú fueras caminando por la calle y se te ocurriera detenerte frente a un teléfono público y marcaras el número de tu casa y respondiera tu propia voz al otro extremo de la línea?

 

Flores (1)

Aquel hombre regaba todos los días una planta del balcón con el agua sobrante del vaso que dejaba sobre su mesa de noche. A las pocas semanas la mata dio flores. Las flores tenían la cara del hombre.

 

Flores (2)

Aquel hombre se cortaba las uñas apoyado en la ventana de su casa. Los pedazos caían en la tierra de una maceta donde crecía una planta que el hombre regaba todos los días. Al poco tiempo, la planta floreció. Las flores tenían uñas.

 

Los dedos de Juan

Juan contaba el tiempo con los dedos de las manos y, a veces, con los de los pies.

La cosa se complicó cuando empezaron a salirle dedos por todo el cuerpo.

–No contaba con esto –dijo Juan al verlos moviéndose en su anatomía.

Y es que cada uno de esos dedos reclamaba su parte del tiempo de Juan.

 

La mirada (1)

La mirada salió de mis ojos, reptó por el piso, subió escalones, bajo por una rampa, se deslizó por la superficie de un kiosko de periódicos, envolvió a los que comían perros calientes a la entrada de un parque, se entretuvo –brevemente, eso sí– en las piernas de una muchacha y todo eso antes de regresar a mis ojos.

 

La mirada (2)

La mirada salió volando hacia el cielo azul, revoloteó entre unas nubes, atravesó una avioneta que se disponía a aterrizar pero volvió a remontarse siguiendo una bandada de pájaros, subió y subió dejando atrás a las aves, a los cometas, a los aeroplanos y las azoteas de los rascacielos, se posó en un satélite de comunicaciones y siguió el ascenso, desvinculada por siempre de mis ojos.

 

La mirada (3)

Abrí los ojos y estabas ahí, dentro de mi mirada, imborrable.