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Minificción de los jueves: Ednodio Quintero

Ednodio Quintero (Venezuela, 1947) es uno de nuestros escritores más importantes. Ha publicado diez libros de cuento, dos de ensayo, diez novelas, varias traducciones. Además es fotógrafo y confeso japonólogo. Es uno de nuestros minificcionistas más destacados y uno de los primeros venezolanos en dedicarse a este género con su libro “La muerte viaja a caballo” (1974), minificciones que reelaboró y publicó en “La línea de la vida” (1988). También tiene textos mínimos  en  “Cabeza de cabra y otros relatos” (1993) y “Combates” (2009)

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La muerte viaja a caballo

Al atardecer, sentado en la silla de cuero de becerro, el abuelo creyó ver una extraña figura, oscura, frágil y alada volando en dirección al sol. Aquel presagio le hizo recordar su propia muerte. Se levantó con calma y entró a la sala. Y con un gesto firme, en el que se adivinaba, sin embargo, cierta resignación, descolgó la escopeta.

A horcajadas en un caballo negro, por el estrecho camino paralelo al río, avanzaba la muerte en un frenético y casi ciego galopar. El abuelo, desde su mirador, reconoció la silueta del enemigo. Se atrincheró detrás de la ventana, aprontó el arma y clavó la mirada en el corazón de piedra del verdugo. Bestia y jinete cruzaron la línea imaginaria del patio. Y el abuelo, que había aguardado desde siempre este momento, disparó. El caballo se paró en seco, y el jinete, con el pecho agujereado, abrió los brazos, se dobló sobre sí mismo y cayó a tierra mordiendo el polvo acumulado en los ladrillos.

La detonación interrumpió nuestras tareas cotidianas, resonó en el viento cubriendo de zozobra nuestros corazones. Salimos al patio y, como si hubiéramos establecido un acuerdo previo, en semicírculo rodeamos al caído. Mi tío se desprendió del grupo, se despojó del sombrero, e inclinado sobre el cuerpo aún caliente de aquel desconocido, lo volteó de cara al cielo. Entonces vimos, alumbrado por los reflejos ceniza del atardecer, el rostro sereno y sin vida del abuelo.

Tatuaje

Cuando su prometido regresó del mar, se casaron. En su viaje a las islas orientales, el marido había aprendido con esmero el arte del tatuaje. La noche misma de la boda, y ante el asombro de su amada, puso en práctica sus habilidades: armado de agujas, tinta china y colorantes vegetales dibujó en el vientre de la mujer un hermoso, enigmático y afilado puñal.

La felicidad de la pareja fue intensa, y como ocurre en esos casos: breve. En el cuerpo del hombre revivió alguna extraña enfermedad contraída en las islas pantanosas del este. Y una tarde, frente al mar, con la mirada perdida en la línea vaga del horizonte, el marino emprendió el ansiado viaje a la eternidad.

En la soledad de su aposento, la mujer daba rienda suelta a su llanto, y a ratos, como si en ello encontrase algún consuelo, se acariciaba el vientre adornado por el precioso puñal.

El dolor fue intenso, y también breve. El otro, hombre de tierra firme, comenzó a rondarla. Ella, al principio esquiva y recatada, fue cediendo terreno. Concertaron una cita; y la noche convenida ella lo aguardó desnuda en la penumbra del cuarto. Y en el fragor del combate, el amante, recio e impetuoso, se le quedó muerto encima, atravesado por el puñal.

Cacería

Permanece estirado, boca arriba, sobre la estrecha cama de madera. Con los ojos apenas entreabiertos busca en las extrañas líneas del techo el comienzo de un camino que lo aleje de su perseguidor. Durante noches enteras ha soportado el acoso, atravesando praderas de hierbas venenosas, vadeando ríos de vidrio molido, cruzando puentes frágiles como galletas. Cuando el perseguidor está a punto de alcanzarlo, cuando lo siente tan cerca que su aliento le quema la nuca, se revuelca en la cama como un gallo que recibe un espuelazo en pleno corazón. Entonces el perseguidor se detiene y descansa recostado a un árbol, aguarda con paciencia que la víctima cierre los ojos para reanudar la cacería.

Owner of a lonely heart  —una canción de YES—

En una esquina se abalanzaron contra mí, y antes de que pudiera reaccionar ya me llevaban, casi a rastras, sostenido por las axilas. Los agresores eran dos individuos fornidos, armados hasta los dientes, gafas oscuras, guardianes de la ley. Subimos los escalones del Palacio de Justicia, una mole de fierro, concreto y vidrios ahumados, noventa pisos, el edificio más alto de la ciudad. Yo sabía que no habría juicio ni derecho a pataleo: me ejecutarían de un tiro en la nuca, en una celda sin ventilación. En la recepción aguardaba una multitud vociferante, celebraban un ritual carnavalesco y se disputaban los despojos de un mendigo que se creía rey. Aproveché un instante de confusión y me escabullí. Entré a un ascensor expreso que conducía al último piso, noventa segundos y ya. Corrí hasta la terraza, desde la cual se divisaba, en picada, la maldita ciudad. Yo era dueño de un corazón helado y solitario, el mío. Tomé impulso y me lancé al vacío. Ahora vuelo con las alas desplegadas, rumbo al sur. Siempre tuve sueños de halcón.

Un cuervo

Habían dejado mi ataúd a la intemperie, a merced de los pájaros carroñeros, que no eran precisamente aves caroreñas ―te acuerdas, hija mía, de la risa que nos causaba aquella confusión tuya cuando aprendías a leer―, a merced del viento sesgado e insidioso que soplaba denso, quemante y carrasposo desde las regiones infernales. Yo yacía en el fondo del ataúd, enfundado en mi mortaja de lino enchumbada de sangre, semen y sudor. Aunque hacía ya mucho tiempo que había muerto, permanecía atento a los ruidos estridentes del exterior y al silencio, y aquí sí que cabe la palabra sepulcral, de mi corazón. Mi corazón de pedernal que se había cansado de latir.

Un cuervo recién llegado desde el alto y vertiginoso cielo donde trepaban rasguñando el aire con sus sucias garras los cóndores viudos, se había posado con cierta suavidad, habrá que reconocerlo, sobre mi ataúd de cedro de la montaña, que un ebrio carpintero tallara un día de lluvia mientras tarareaba una y otra vez una canción de despecho. ¿Qué culpa tenía yo de que a aquel chapucero fabricante de urnas lo hubiese abandonado su mujer? Con delicadeza se posó el cuervo color carbón, apoyándose en la piel alfombrada de sus patas, procurando que sus uñas afiladas como cuchillos no rayaran la fina madera. Mas luego intentó con su pico corvo taladrar la estrecha lámina de células vegetales ya muertas, justo en el lugar que se correspondía a mi también muerta cabeza de chorlito. ¿Acaso aquel alado y horrendo animalito se creía un pájaro carpintero?

El ruido, señores míos, era de verdad insoportable, y si hubiera estado dentro del ámbito de mis posibilidades, me habría levantado de mi ataúd, reventando las tablas que me habían convertido en un prisionero, como una rata encerrada en un cajón, y ahí mismo le habría retorcido el cuello al maldito pajarraco. ¡Never more!