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Minificción de los jueves: David Roas

David Roas | Foto: Cortesía

David Roas | Foto: Cortesía

David Roas (España, 1965), profesor universitario, antólogo, y escritor. Ha publicado ensayos académicos, novelas, crónicas, cuentos y los libros de minificción Los dichos de un necio (1996 y 2010), Horrores cotidianos (2007; y 2009), Distorsiones (2010), e Intuiciones y delirios (2012). Es un devoto de la literatura fantástica a la que ha dedicado estudios, novelas y cuentos

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Demasiada Literatura

A Luisa Valenzuela, perseguida por los números

Cuarto día de vacaciones en Galicia y las cosas han empezado a tomar un extraño cariz. Algunos dirán que es una simple coincidencia, pero no deja de ser sorprendente que en los tres hoteles en los que hemos dormido (Ribadeo, Lugo y Muxía) nos hayan dado la habitación 201. Como queriendo quitarle importancia, Marta dice que parece una situación sacada de una novela de Paul Auster. O de Vila-Matas, apunto yo. Demasiado azar.

Decidimos pasar la cuarta noche en Santiago. Tras varias llamadas infructuosas, conseguimos una habitación en un hotel del centro. Dedicamos el día a recorrer la Costa da Morte y llegamos a nuestro destino a las diez de la noche. Sé que parecerá imposible, pero nos dan la 201. Si en las ocasiones anteriores la coincidencia nos hizo reír, ahora la casualidad resulta excesiva. E inquietante. Inventamos una tonta excusa y pedimos otra habitación. Pero –no podía ser de otra forma- ésa es la única que les queda libre. Nos miramos en silencio. Ambos sabemos que no hay otra opción: es tarde, estamos muy cansados y en estas fechas no va a ser tan fácil encontrar otro hotel. Y dormir en el coche está descartado. Aceptamos la 201. Subimos en silencio. Meto la llave en la cerradura y abro la puerta con un escalofrío. Marta aprieta mi mano. Con un rápido movimiento enciendo la luz y miro a ambos lados, esperando que suceda lo inevitable. Pero no ocurre nada. Todo es absolutamente normal. Maldita realidad.


Más Allá

Para Ana, que lo salvó

El amanecer los alcanza en plena discusión. Los ánimos están algo exaltados.

El escéptico- Sigo pensando que te lo inventas. El otro lado no existe. Son cuentos de viejas para asustar a los niños y a los imbéciles.

El creyente- Y yo te digo que los he visto. Una vez, fugazmente. Pero son horribles. Nada nos une a ellos....

El asustadizo- Basta. No quiero seguir escuchándoos. Esas son cosas con las que no hay que jugar.

El incauto- Pues yo he leído que es posible comunicarse con ellos. Podríamos probarlo...

Un ruido llega desde el pasillo. Todos se desvanecen en el aire.


Idiosincrasia Limeña I (Microrrelato en 10 planos y un instante)

1. Un tipo camina delante de mí charlando con una mujer.

2. Para esquivar una farola, se baja de la estrecha acera.

3. Sólo poner un pie sobre el asfalto, suena un terrible bocinazo y el tipo salta como un felino

4. mientras una destartalada combi pasa rugiendo a pocos milímetros de su cuerpo,

5. acompañada del berrido que le lanza el conductor: ¡Huevóóóóónnnnn!

6. Tras aterrizar de nuevo ante mí, como un gimnasta tras realizar su ejercicio,

7. el tipo me mira y dice con una enorme sonrisa:

8. Uf, casi me convierto en estadística.

9. La mujer ni se inmuta.

10. Siguen paseando.

 

Caza Mayor

Los expertos aconsejan, en caso de encuentro fortuito con un oso, no mostrar exceso ni de confianza ni de pánico. Lo que se debe hacer es mantener la calma. No es recomendable gritar ni echar a correr.

Muy fácil decirlo. Pero ¿cómo reaccionar cuando, agachado ante la rueda pinchada de tu coche, notas un aliento caliente y apestoso en tu nuca, te giras y ves un armario peludo de dos metros de alto que te mira con el mismo gesto que tu pondrías ante un plato de deliciosos percebes?

Mientras tu vida pasa rápido ante tus ojos (demasiado rápido, demasiado poco que contar, te dices, en un inesperado arranque de lucidez ante el abismo), reprimes tu confianza, controlas tu pánico, no gritas ni sales corriendo, que es lo que tu cerebro y tus piernas te están pidiendo.

Entonces, te agachas lentamente, coges la llave de tubo y, sorprendido de tu arrojo, le destrozas el cráneo al úrsido inoportuno de un rápido y certero golpe.

O eso es lo único que tu cerebro puede imaginar antes de que el oso, asustado por tus gritos de pánico y tu inútil intento de echar a correr (tu carrera sólo ha durado un paso, el que has podido dar antes de tropezar con la maldita llave de tubo), te devore.


Perfeccionismo

La gabardina reposa sobre la cama. A su lado, los calcetines blancos. En el suelo, los zapatos, pulcramente abrillantados. No necesita más. Sentado junto a la ventana, espera que llegue la hora de vestirse y salir a escena.

Las primeras veces ha sentido cierto nerviosismo y no ha quedado contento de su trabajo. Tampoco los espectadores: en algunas caras ha visto aparecer una risa inesperada (y, por ello mismo, cruel); otros, incluso han mostrado su disgusto con feos insultos, obligándole a dar por terminada su actuación.

Pero Marcos sabe que puede mejorar. Debe hacerlo. Por su arte.

Mientras se viste, experimenta la misma excitación que otras veces. Aunque en esta ocasión potenciada por el nuevo público que le espera. Sabe que está arriesgando mucho. Y eso le excita todavía más. Tras subirse hasta las rodillas los inmaculados calcetines blancos, coge un paño y da un último toque a los zapatos. Su cara se refleja risueña en el reluciente charol. Algo le dice que hoy sí triunfará.

A punto de salir a escena, Marcos desabotona su gabardina y se prepara. Su pene luce esplendoroso. Hacía tiempo que no tenía una erección así. Buena señal.

Entonces, abre la puerta de la habitación de sus padres esperando escuchar, por fin, los entusiasmados aplausos de su público.


Mitos Omitiéndose (a partir de un chiste gráfico de Scott Hillburn)

Para Violeta Rojo

Tras recibir el informe de la agencia de contactos, Midas llamó inmediatamente a Medusa y se ofreció a recogerla en su casa.

Y allí siguen, a un lado y al otro del umbral, entrechocando sus manos y mirándose a los ojos para siempre.