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Minificción de los jueves: Clara Obligado

Clara Obligado / Cortesía

Clara Obligado / Cortesía

(Argentina, 1950, vive en Madrid desde 1976). Narradora, ensayista, editora y coordinadora de talleres literarios. Ha publicado cantidad de libros, entre ellos Una mujer en la cama y otros cuentos. (1990); La hija de Marx. (1996), Si un hombre vivo te hace llorar (1998) Las otras vidas. (2006),  No le digas que lo quieres. (2002), Salsa (2002),  El libro de los viajes equivocados (2011). En su obra tienen lugar primordial el humor, el amor, las mujeres y el erotismo. Estos textos pertenecen al libro inédito  La muerte juega a los datos, de próxima aparición

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El Miedo

Para Juana Canevari y Teresa Videla.

La monja enana vive en la cornisa del patio del colegio, donde anidan los murciélagos, debajo del reloj. Cuando murió, la pusieron en un féretro sin tapa, la toca almidonada, los labios entreabiertos y el aire escapándose como de un globo al final de una fiesta. Entre las ramas de la glicina, la monja enana asoma la cabeza y sonríe, los dientecillos afilados. 

Yo la quise cuando estaba viva: me acariciaba la cabeza, escondía las sobras de mi plato. Ahora zumba con sus bracitos de élitro, se relame el polen, liba entre los racimos, serpentea como un avioncito de papel. Cuando salgo del colegio me persigue flotando en una algarabía de velos y faldas negras, salta a la comba con el rosario. Entonces mira hacia abajo, tuerce el gesto y silabea: ya-te-mor-de-ré.     

 

La Divina Proporción

Para David Roas, obviamente.

En la habitación 201 viven dos mujercitas siamesas, unidas por los pezones con un pespunte de carne. No miden más de treinta centímetros, pero son de una belleza sobrehumana. Si está de servicio en el pueblo, el detective O´ Brien ocupa la habitación. Cuando lo oyen llegar, las siamesas se esconden tras las cortinas, en cuanto se va, se trepan a la cama. El detective sueña con sorprenderlas, con descifrar qué produce ese revuelo de carcajadas que, cuando cierra la puerta,  rebota por el pasillo. Ha intentado pillarlas desprevenidas, pero las siamesas no se dejan. A veces, como por descuido, le permiten atraparlas al final del trance sudoroso, los ojos de borrachas, los senos en cascada. Si una tiene las piernas abiertas, el hombre espía los rubíes del pubis. El detective está casado. Ama a su esposa, le gusta su rutina. Pero, cuando vuelve a casa, sueña que decrece, cruza el pespunte de carne y se deja arrullar por el sándwich de siamesas, que lo encierra en una algarabía de abrazos y piernas locas. Entonces estira la mano y acaricia a su esposa, los senos tibios a su alcance, el frustrante deseo en su proporción humana.

 

La Sangre

Para Andrés Neuman.

En el principio un viento sopló sobre la tierra y el verbo se hizo sangre, savia en las plantas, rojo hemoglobina en los peces, el aparato circulatorio y su complejo tejido, la vida pujando hasta salir del agua para ascender a la violencia de los mamíferos, a este Adán ya nada mitológico que agoniza con un tiro en la sien y sus miles de millones de hematíes locos, neutrófilos alerta, trombocitos que intentan reparar el desastre de capilares rotos, el sistema de coagulación en estado de urgencia, un líquido que emerge por el orificio, el agujero de la bala que obliga a la sangre a detener esa alegría de río eterno, de gema victoriosa y convertirse en barro coagulado viscoso que fluye por venas y arterias, emerge en una catarata de maravillas fisiológicas, se hace costra para cerrar la boca de la herida, retrotrae ese perpetuo sistema pulsátil que contradice las teorías de Newton y mana libre hasta manchar la roja alfombra persa de una biblioteca en Buenos Aires, los apretados arabescos anudados por alguna mujer descalza incapaz de soñar el destino de esos dibujos que ahora recogen el líquido que mana del agujero en la sien, una nómade nacida cien años atrás que no podía concebir a ese hombre tendido como si nadara, una artesana que entregó su obra a los mercaderes para que la subieran a lomos de un camello en esa larga caravana que atravesó el desierto superando días de sed y repostó, por fin, en una ciudad hecha de barro donde la alfombra fue izada a un carro arrastrado por bueyes que aguijoneaba un anciano, a un tren y a un barco inmenso donde brazos tatuados de porteadores con la piel tatuada la cargarían sobre sus violentas espaldas para llevarla hasta una tienda en el centro de Londres y allí sería exhibida ante las miradas atónitas de los tasadores, de los marchantes para que, en un remate, sin sopesar siquiera en el precio, una mujer muy hermosa con mirada triste, una extranjera riquísima de pelo color azafrán con la mano alzada entre la multitud nerviosa, guante blanco de cabritilla dijera yo, yo, aquí, y pagaría una fortuna que hubiera servido, quizá, para alimentar a todo un pueblo de nómades durante años, y la mujer hermosa ordenaría que se la enviaran directamente al barco donde silenciosos criados de un lejano país la desplegaran blandamente sobre el suelo lustrado de una biblioteca y el intrincado dibujo luciría suntuoso y útil para cumplir con su destino de silenciar los pasos y aplacar el violento derrumbe de un hombre vestido con un elegante frac recién estrenado en la ópera, el cuerpo tendido como si nadara, el revólver antiguo con empuñadura de marfil junto a su mano, el cañón del arma en una torsión imposible, el prodigio de la sangre huyendo de la cabeza que mira hacia la ventana como si sospechara algo, como si pudiera adivinar que, pocos segundos más tarde, la ópera, la alfombra, la tejedora persa, el viejo con su carro, los porteadores, la casa de remates y la hermosa dama de mirada triste escaparían, para siempre, de su cabeza reventada.